Ultramar

Hablan, no escuchan

No aprendemos. Así se sucedan las crisis, de toda índole, y así se constate la nefasta gestión que se ha hecho de estas en casi todas ellas, a su término siempre se concluye que hay que aprender de los errores. Pero no. Ha ocurrido con la economía, la política, los temporales, los vertidos, etc, etc. Pasa el tiempo, nos enfrentamos con un nuevo episodio dramático y constatamos, una vez más, que nada se ha aprendido para solventar con eficiencia la situación adversa. Eso sí, soberbia, altanería y desfachatez no falta. Mientras, permanecemos a la espera de un mínimo de ejercicio de autocrítica y los contribuyentes siguen padeciendo.

«Vivimos en un bucle que se perpetúa mientras nadie hace nada por entenderse»

Ejemplos lo hay a mansalva, pero esta semana ha habido algunos mas que clamorosos. Ahí es nada el director general de Tráfico, Gregorio Serrano, pidiendo chulescamente disculpas a los miles de atrapados por la nieve en una autopista de peaje cuando él pasaba con su familia en Sevilla «el día de Reyes, una maravillosa ciudad donde funcionan las líneas telefónicas e internet»; y un Rodrigo Rato, exvicepresidente del Gobierno y expresidente de Bankia, banco rescatado con 22.424 millones de los ciudadanos, exonerándose de cualquier responsabilidad y escudándose ante el clamoroso fracaso de su gestión con un desafiante y jocoso: «Esto es el mercado, amigo».

Pero hay más. El varapalo del PP en Cataluña es para Rajoy un problema de comunicación. Recurrente disculpa cuando no se quieren asumir errores propios. Otro tanto le ocurre a Pablo Echenique, secretario de Organización de Podemos, para quien sus postulados no han sido refrendados por los catalanes por culpa del muro que le levantan los medios de comunicación.

Y así seguimos en este bucle en el que estamos instalados desde hace mucho y que amenaza con perpetuarse, a la vista de que nadie hace nada por entenderse. Solo interesa la confrontación. El problema catalán es el más escandaloso ejemplo. Unos con su «tenemos más votos que ustedes» y los otros con el «tenemos más escaños», mientras seguimos en un inmovilismo que nos lleva al esperpento absoluto.

Todos hablan y nadie escucha. La obsesión es el otro partido, no el ciudadano y sus problemas. Y a poco que éste se atreva a elevar las quejas por sus padeceres no solo no recibe explicaciones sino que es tachado de imprudente por conducir entre la nieve por una autopista abierta o por no entender las convulsas leyes del especulativo mercado, en el que otros jugaron con sus ahorros.

No salimos de la espiral. Tampoco en Canarias, donde estos mismos días hemos comprobado que un diálogo de sordos demora, ad eternum, la renovación del Consejo Consultivo y del Diputado del Común, y los vertidos en el mar, que no cesan, van y vienen con un uso torticero del lenguaje que solo alimenta la confusión.

Eso sí, el ciudadano que escucha constata que en la jaula de grillos en la que vivimos la corrupción sigue campando, la pérdida del poder adquisitivo creciendo, la pobreza no mengua y los pensionistas, en un sinvivir.