Jaula y arco iris

Guaguas municipales, cuatro décadas

29/01/2020

Guaguas conmemoró recientemente el cuarenta aniversario de su municipalización por el primer ayuntamiento democrático de Las Palmas de Gran Canaria. Un acierto de los ediles de entonces que ha contribuido sensiblemente a la mejora de la movilidad en la ciudad. Además, estos días se han dado a conocer los excelentes resultados de la empresa en el año 2019: más de 38,5 millones de viajeros y viajeras, con una subida relativa del 9,19% con relación a 2018. El camino emprendido hace cuatro décadas, en medio de grandes dificultades legales, laborales y económicas, continúa dando frutos; y no dejan de afrontarse nuevos retos, como la metroguagua.

No fue fácil modificar en 1979 el modelo vigente en que cada guagua era de su propietario y el servicio presentaba enormes carencias en la calidad y en el mantenimiento de los propios vehículos. “No es que hubiera una empresa privada, sino que cada guagua era de su dueño y este establecía poco más o menos su horario y hasta la línea que cubría. Se trataba, sin duda, de un verdadero desastre”, esto me manifestó José Miguel Fraguela, jefe de gabinete del alcalde Manuel Bermejo, en declaraciones para mi libro sobre la Unión del Pueblo Canario (UPC).

Es justo reconocer la valentía del responsable del área en el ayuntamiento capitalino, Enrique Caro (UPC), para atreverse a tomar comprometidas decisiones en un proceso que terminaría con la municipalización de tan esencial servicio. No fue nada fácil. Con enormes problemas laborales y económicos. Y la dificultad añadida de tener que actuar con las leyes franquistas todavía vigentes.

Huelga. En octubre del 79, apenas seis meses después de aquellas elecciones que dieron la Alcaldía a la coalición nacionalista, ya se produjo una huelga que paralizó el servicio durante cinco días, en medio de las negociaciones para su municipalización. Los trabajadores, dirigidos por el abogado laboralista Carlos Suárez, conocido como el látigo negro, planteaban que el ayuntamiento se hiciera cargo de Guaguas de manera provisional mientras se resolvía definitivamente su expediente, así como otras reivindicaciones vinculadas a la estabilidad de la plantilla o a la formación de un Consejo de Dirección que incluyera representación del sector laboral.

El concejal del área tuvo que adoptar medidas drásticas, como la de meter todas las guaguas en una nave detrás de la Casa del Marino «para que allí se pudieran reparar y dejaran de ser las guaguas de cada chófer y hubiera una centralización de los talleres; era un asunto de seguridad, entre otras cosas» señala Caro. Asegura, asimismo, que el proceso de municipalización fue «democrático, transparente y unitario. Su aprobación se produjo por unanimidad. Incluso la UCD -que, inicialmente, defendía su privatización- expresó su apoyo a la medida en el Pleno».

Luego vendría otra ingente tarea: la económica. Con un ayuntamiento sin capacidad para hacer frente a la situación de la empresa, que tenía un insostenible déficit anual en sus cuentas, para lo que solicitó colaboración del Gobierno central y del Cabildo Insular de Gran Canaria. Escollos que fueron superándose y que permitieron salvar primero y modernizar después un servicio público fundamental en la ciudad más poblada del Archipiélago.

SOSTENIBLE. La movilidad sostenible es hoy una enorme preocupación. En los entornos urbanos se producen colapsos circulatorios y episodios muy graves de contaminación que perjudican gravemente la salud de sus habitantes, causando una importante mortalidad pese a la irresponsable frivolidad ante esa realidad mostrada por alguna dirigente institucional madrileña. Y se hace preciso actuar urgentemente y sin paños calientes. Evitando desplazamientos innecesarios. Y potenciando formas de moverse en las mismas que impliquen menos ocupación de espacio, menor presencia de humos y reducción del coste en combustibles.

Para ello se precisan muchos cambios. Sustituyendo el ineficiente imperio del coche por ciudades en las que tengan más peso el transporte público (guaguas, tranvías, metro, taxis...); y en donde se facilite, asimismo, la presencia de bicicletas, con una amplia red de suficientes y seguros carriles, y una mayor peatonalización. También poner en cuestión nuestros actuales horarios laborales, con ineficientes jornadas partidas, que multiplican los desplazamientos. Con ciudades al servicio de las personas, con barrios con buenas dotaciones comerciales, educativas, de salud y de ocio.

Al respecto, la Unión Europea asegura en sus documentos que viene colaborando con las ciudades y regiones que la integran «para desarrollar una política de movilidad urbana sostenible, que incluya unos sistemas de transporte público eficientes y una buena conectividad en todo el país. También se esfuerza por mejorar la calidad de vida en las ciudades favoreciendo soluciones de movilidad activa, como los desplazamientos a pie y en bicicleta, y garantizando una buena accesibilidad para los residentes y los que se desplazan a la ciudad para trabajar».

Cuando se planean y llevan a cabo estas modificaciones se producen siempre mayores o menores resistencias. Ocurrieron hace casi cuatro décadas cuando se peatonalizó Triana y se anunciaron apocalípticas consecuencias económicas para las empresas de la zona. Suceden hoy con los que siguen empeñados en urbes donde la preferencia la tenga el vehículo privado, aunque ello suponga peor calidad de vida -contaminación, ruidos, seguridad, ocupación de espacios colectivos...- para sus habitantes. Los vimos en las vísperas de las elecciones locales de mayo con las manifestaciones anti carriles bicis protagonizadas por las candidatas de las derechas. O en los intentos de impedir en los tribunales las transformaciones urbanas para la implantación de la metroguagua, afortunadamente fracasados. Una metroguagua que, sin empezar aún su funcionamiento, ya ha logrado que los ciudadanos y ciudadanas ganemos importantes espacios para el paseo en calles antes ocupadas por los coches.

Por eso, los cambios son también culturales, de hábitos. Y se precisan los máximos niveles de información y concienciación. Aunque siempre habrá gente que se oponga a estos cambios en los que salimos ganando todos y todas. Como no dejarán de existir, pese a las evidencias científicas, terraplanistas, antivacunas, contrarios al reciclaje y negacionistas del cambio climático. Los que no aman al planeta ni a los que habitamos en él. Ni tampoco, por supuesto, a los que lo heredarán en el futuro.