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Aquella Gran Marina

¿El abrazo de la ciudad con el puerto era un acuario, un parking y un taller de megayates?

Vicente Llorca Llinares
VICENTE LLORCA LLINARES

El anuncio del inminente derribo de la Casa del Doctor Apolinario, una singular edificación con balconada de madera, en la misma avenida de Las Canteras, no catalogada como protegida pese a ser una de las primeras que se levantaron sobre el emblemático paseo, junto al también señero edificio de la clínica de San José y otros igualmente singulares y con historia, ha escandalizado a no pocos y generado un debate sobre la pérdida de referentes arquitectónicos en una ciudad que no anda sobrada de ellos, más aún en la zona portuaria.

La capital grancanaria ha acostumbrado a ceder ante la piqueta y el culto al desarrollismo, en tanto en cuanto no ha habido ni autoridad ni grupos sociales capaces de hacer ciudad atinadamente. Y ahí está el resultado, un paisaje urbano desarticulado y socialmente repleto de tensiones que no solo no se corrige sino que se acentúa, como puede constatarse, otra vez, en el incipiente boom de la construcción que está cobrando forma.

Como bien dijera el profesor Fernando Martín Galán, uno de los más significados estudiosos de la evolución de esta urbe, seguimos sin definir un modelo de desarrollo que sea capaz de conciliar el crecimiento económico y el sostenimiento de los niveles de calidad ambiental con las necesarias condiciones de bienestar que han de disfrutar sus habitantes. Hasta ahora, los intereses generales no han primado sobre los de unos pocos.

Muy cerca de la Casa del Doctor Apolinario, en esa misma zona portuaria, se ideó a finales del siglo pasado lo que se dio en llamar la Gran Marina, que pretendía construir en el istmo una serie de hitos arquitectónicos de la mano de figuras mundiales. La contestación ciudadana impidió que tal proyecto prosperase con el contundente argumento de que aquellas 'emblemáticas' construcciones hipotecarían el encuentro entre el puerto y la ciudady que ese espacio debiera ser para el disfrute ciudadano, evitando colmatarlo más aún de lo que ya está y va a estar.

A día de hoy, el encuentro sigue pendiente y en lo que se quería que fuese lugar de esparcimiento y abrazo de esta ciudad de mar con su puerto sólo hay un pasarela, pomposamente llamada 'Onda del Atlántico', que nos conduce a un aparcamiento; un acuario, arquitectónicamente nada vistoso, y pronto a un taller de megayates que será un nuevo obstáculo a aquella pretensión que sedujo a la mayoría de la población capitalina y que aún la ansía.

Seguimos perdiendo ciudad.