Vista del poblado de infraviviendas que ha crecido en El Pajar, en San Bartolomé de Tirajana, por la crisis económica derivada por la covid. / Arcadio Suárez

Gente en el camino

Gaumet Florido
GAUMET FLORIDO Las Palmas de Gran Canaria

Parece que la Unión Europea aprendió la lección y que decidió afrontar esta crisis económica derivada de la pandemia de una forma muy distinta a la anterior, a la financiera de 2008. Tomó conciencia de que, en vez de salvar o rescatar países a costa de asfixiar a sus empresas y ciudadanos, ahora tocaba hacer justo lo contrario, que los estados asumieran su responsabilidad y tirasen del carro para salvar a sus respectivos pueblos.

La melodía en la partitura suena bien, pero desafina demasiado cuando toca llevarla a escena. Tantas buenas intenciones, y tantos millones anunciados, no están llegando a la gente. A la vista está. Salvo los ERTE, que de verdad se han convertido en un escudo protector para cientos de miles de trabajadores en España, el resto de las ayudas anunciadas o tardan, o se enredan en burocracias infinitas, o exigen requisitos leoninos.

Lo cierto es que, a estas alturas del tsunami-covid, uno ya observa con desolación que han crecido los negocios cerrados en nuestras calles, que vuelven los poblados de infraviviendas o que hay más colas en las unidades de reparto de alimentos. Se está quedando demasiada gente en el camino, más de la que imaginamos. Y la solución no puede pasar por mantener un discurso triunfalista en el que siempre se ponga el foco en lo acertado del cambio de política respecto a 2008. No, ya con eso no basta.

Estoy cansado de los golpes de pecho por el cambio de rumbo, que es cierto que se ha dado. Ahora, sinceramente, creo que hay que bajar a la arena y averiguar por qué ese cambio no está llegando al pueblo. Y hay que hacerlo más pronto que tarde, antes de que el daño sea todavía mayor.