La arista

Franquismo y democracia

26/10/2019

De la última etapa de la historia de España lo verdaderamente importante para este país ocurrió es la transición y la llegada de la democracia. Tras salir de la dictadura y entrar en la democracia, nada, absolutamente nada, y mucho menos el Franquismo, ha cuestionado el camino emprendido.

Sólo siguen presentes las víctimas, los represaliados, y algunos nostálgicos muy minoritarios que sólo atestiguan con su presencia la muerte del Franquismo. Si las manifestaciones de ultras que vimos a las puertas del Valle de los Caídos y del cementerio Mingorrubio son testigo de los restos del franquismo podemos darlo por muerto. Franco ya no mueve a nadie en este país y lo que vimos allí no deja de ser una triste representación de una pobre y muy minoritaria conjunción de ideales trasnochados que abochorna. Insulta a la inteligencia que el golpista Tejero haya sido aclamado y vitoreado, que su hijo se ponga la estola para oficiar la misa funeral y que la familia Franco sea la esperanza de un grupo de nostálgicos.

Lo que sí nos debe preocupar es el renacer de una ultraderecha montana encarnada en Vox, pero que no tiene su origen en el Franquismo, aunque simpatice con el y lo utilice, sino al resurgimiento de movimientos populistas de derechas por todo el mundo, cuyo máximo exponente es Donal Trump.

«Esta democracia ya no tiene necesidad de justificarse en el Franquismo, sino en su propia historia y en su cuerpo constitucional»

La exhumación de Franco no ha sido un tema trascendental para la democracia española como sostiene alguno en estos días. Nuestro sistema se ha consolidado al margen del Franquismo y prueba de ello es la unanimidad con la que los partidos políticos, salvo Vox, han asumido la necesidad de reparar una anomalía histórica, el hecho del que los restos del dictador reposen en un monumento público y junto a sus víctimas. No hay que olvidar que la iniciativa, aunque impulsada por el Gobierno de Sánchez, fue aprobada por las Cortes y refrendada, punto por punto y a pesar de la resistencia de la familia franco, por el Tribunal Supremo. Los tres poderes del Estado han considerado poner punto y final al simbolismo contradictoria único en Europa.

Con la exhumación de Franco se pone punto y final a una etapa a la que le quedan flecos, como la exhumación de víctimas enterradas en cunetas, fosas comunes o arrojadas en simas. Son cuestiones necesarias, justas para las víctimas y sus familias, que contribuyen a la democracia y al recuerdo de un hecho terrible, el de la guerra y la dictadura por el que ningún español de bien quiere volver a pasar.

Lo que vivimos el jueves es sin duda un hecho para la historia, pero no el hecho histórico con la dimensión que se ha tratado de dar y la profundidad de carga para la democracia que se ha dicho tener. Esta democracia ya no tiene necesidad de justificarse en el Franquismo, sino en su propia historia y en su cuerpo constitucional, construido a lo largo de estos años, valorado e incuestionado por el mundo occidental. A esta democracia no le hace falta el Franquismo, ni la guerra, aunque sean referentes para la memoria de lo que no queremos ser. A esta democracia aún le queda mucho por hacer para serlo de verdad, sobre todo a la hora de proteger y garantizar los derechos de sus ciudadanos recogidos en la Constitución.