Fotografía tomada en Moya en la década de 1950. / Fedac

Foto de familia

«Los vínculos se van disolviendo, en parte por nuestro desdén, con nuestros orígenes»

David Ojeda
DAVID OJEDA Las Palmas de Gran Canaria

Es muy probable que de una forma u otra se hayan encontrado recientemente con alguna referencia a Andrea Abreu, una joven tinerfeña de solo 24 años que se ha convertido en la novedad más refrescante del mercado editorial con 'Panza de burro'. El texto es breve e incisivo, usa su lenguaje natural, al que hizo oído en su infancia en el icodense barrio de Los Piquetes, y su verdadero desafío es contar con naturalidad el descubrimiento y desarrollo personal de cualquiera de los que compartimos partida de nacimiento en los registros del archipiélago.

La del juego de espejos es una metáfora muy trillada para hablar de literatura, pero cobra una veracidad inasible en el relato de Abreu. Para mí lo realmente fascinante es como lanza la soga para comunicarnos con ese mundo rural al que por lo general pertenecemos todos. De una manera u otra nuestra genealogía nos comunica con los pueblos y esa es una verdad a la que solemos mirar por encima del hombro.

No nos queda tan lejos ese desarrollismo de los sesenta, tiempo en el que el campo se despobló porque el camino para el progreso siempre acababa en la ciudad. Y desde esa distancia generacional hoy no es extraño encontrar a quien se avergüenza de la forma de hablar de sus abuelos. Quien considera ridículas las costumbres de su pueblo o califica de bajeza el baile al sol de los domingos.

Los vínculos se van disolviendo en parte por el desdén que sentimos por nuestros orígenes, ese simplismo con el que todo lo de fuera nos parece mejor y, sobre todo, más culto.

La historia que cuenta 'Panza de burro', como la que contaba Víctor Ramírez en 'Nos dejaron el muerto', narradas con nuestro lenguaje y situadas en nuestros barrios son tan validas como las que provienen del Maine de John Irving o el Boston de Dennis Lehane.

Aceleramos el divorcio con nuestro punto de partida, en un camuflaje identitario en el que perdemos nuestros elementos diferenciales como sociedad. Con nuestra foto de familia. Nunca conocí el Moya de la década de 1950. Aquel en el que los domingos llenaba, según he escuchado de mis abuelos, sus calles de jóvenes de distintos sexos que recorrían en direcciones contrarias las calles antes de formalizar un casto romance.

Seguro que era un pueblo con más vida que el de ahora y que con toda su miseria y pobreza a lomos todavía podría dejarnos muchas lecciones vitales que hemos dejado atrás.