¿Los feos nunca ligan?

Casi todos los Robert Mitchum y Burt Lancaster que he conocido a lo largo de mi vida, al final no sirven hoy ni para hacer vidrio soplado

Donina Romero
DONINA ROMERO

Dicen que los únicos hombres que ligan normalmente suelen ser los guapos, lo cual supera mi capacidad de comprensión, pues además de que no suelo juzgar a nadie por su aspecto (sólo a cierta juventud descarada), a veces te llevas una grata sorpresa cuando un feo (cocorioco) te mete como amigo en su bolsillo dada su natural simpatía y su don de gente, porque está claro que con humor todo es más divertido.

Existe una máxima que camina por ahí desde que servidora era una jovencita (pipiolilla) que dice que «el feo no debe asustarse porque el tiempo lo arregla todo». Y es un pensamiento que he llegado a entender con los años, o sea, que cuando el «poco agraciado» físicamente y el «apuesto galán» llegan a mayores todo se arregla, porque el feo continúa siendo feo (un millo viejo), estamos acostumbrados a su físico de siempre y nada anormal notamos en él, a pesar de la acumulación de años y algunas arruguitas, mientras que el «lucido y agraciado perdonavidas» (pimpollo) ha dejado de serlo e incluso, con la tira de años sobre las espaldas, doblado como una alcayata, se ha quedado más feo que la culpa y por lo mismo casi desconocido, y aunque se ha oído que «el tiempo arregla muchas cosas», al «guaperas» sí que ya no lo arregla nadie, no puede disimular un hecho que es una realidad, y ya para las mujeres «a rey muerto, rey puesto». En contra del dicho que pulula por ahí, que «nacer feo es una desgracia», servidora de ustedes creo lo contrario, o sea, desgracia para el guapo cuando deja de serlo.

Y es que casi todos los Robert Mitchum y Burt Lancaster que he conocido a lo largo de mi vida, al final no sirven hoy ni para hacer vidrio soplado. Es evidente que no es servidora quien vaya a salir en favor de los guapos ligones, porque lamentablemente a los muchos de los que he conocido en mi existencia sólo han sido un bluff de brillante barniz exterior pero sin gracia ni labia para conquistar, en cambio los «no agraciados físicamente» siempre han tenido un no sé qué que es como un qué sé yo. A estos últimos les aconsejo que alejen cualquier sombra de duda y no se sumerjan (no margullen) en la tristeza, porque «querer es poder», y entrenarse en la seducción es cuestión de voluntad no de belleza, que ya lo dice el refrán, «el soldado que mejor se entrene en el campo de instrucción, será el que mejor actúe en el campo de batalla». Faltaría más.