Españoles en los Juegos

No se trata de alimentar las tácticas mercenarias en el deporte

Francisco Suárez Álamo
FRANCISCO SUÁREZ ÁLAMO Las Palmas de Gran Canaria

La cuenta atrás para los Juegos Olímpicos ha comenzado. Será una competición diferente, porque diferente es la vida desde la aparición del coronavirus covid-19. La ausencia de público nos colocará ante eventos deportivos en los que el rugido de las gradas no alimentarán la adrenalina de los deportistas, de manera que hay cierta expectación por ver cómo lo llevan los que compitan. En ese sentido, en la memoria de muchos están esos atletas que pedían a los espectadores que aplaudiesen para así llevarles en volandas ante su desafío deportivo. En Tokio, esos aplausos serán mentales...

España acude a estos Juegos con las miradas puestas sobre todo en los deportes de equipo: fútbol, baloncesto y balonmano están entre los llamados a competir por las medallas, pero si algo tiene de bueno la celebración de los Juegos es que siempre hay sorpresas, y agradables. Incluso en competiciones que nos parecían casi olvidadas porque no mueven masas, o no lo hacían. Un ejemplo: ¿cuántos habían visto un partido de bádminton hasta que apareció esa heroína llamada Carolina Marín (ausente, por cierto, de Tokio por una lesión en el peor momento posible)?

Entre los españoles llamados a dar la sorpresa se encuentra el atleta Mohamed Katir, que acaba de batir los récords nacionales de 1.500, 3,000 y 5.000 metros. Su origen marroquí ha llevado a algunos, incluso compañeros de deporte, a cuestionar esos éxitos y también su inclusión en el combinado español. ¿Hace falta decir que es una estupidez? Pues hay que decirlo, porque determinadas cosas no se pueden dejar pasar.

No se trata de alimentar las tácticas mercenarias en el deporte. Sabido es que hay países que sí juegan a eso y en el medallero olímpico hay algunos atletas que fueron cambiando de nación porque en la anterior se quedaban sin hueco para ir a los Juegos. Pero lo de Katir, como lo de otros muchos, es otra gente: ellos y sus familias llegaron a España y se sienten españoles, con el añadido de que la legislación les permite nacionalizarse y, por tanto, competir por el país de la bandera roja y gualda.

Esas críticas a medio camino entre la estupidez y la xenofobia, cuando no el racismo en estado puro, ya las vivimos en la reciente Eurocopa de fútbol. Para la antología del despropósito queda la rueda de prensa del futbolista Laporte en la que un periodista (así va la profesión) le preguntó si de verdad se sentía español.

Insisto: son estupideces pero hay que contarlas para que no se repitan.