Voces, palabras

Entre el mito ‘guanche’ y la literatura canaria

31/05/2018

La Ciencia, fiel a su propia etimología (del latín scientia conocimiento) observa, investiga y llega a conclusiones. En el caso de los canarios anteriores a la colonización española caen hoy falsas afirmaciones trasmitidas a lo largo y ancho de los tiempos, pues ni la raza africana que comenzó a poblar las islas (siglo V a.d. Cristo) «era pacífica por naturaleza» ni sus habitantes vivían en el edén o paraíso terrenal.

Sin embargo, en algunas lecturas juveniles concluí que Canarias era la bienaventuranza, oasis de dioses y mortales. Por tanto, la convivencia entre sus habitantes rebosaba armonías, serenidades, reposos... Así lo comenté alguna vez en el aula cuando analizábamos textos literarios de Cairasco y Viana, iniciadores del tardío Renacimiento canario y, por tanto, imbuidos de las revolucionarias ideas renacentistas (una, precisamente, define a la Naturaleza como símbolo de perfección).

Cairasco, por ejemplo, se refiere a la selva de Doramas: «En ella se destila ambrosía y néctar / y respirando un céfiro suave / conserva una perpetua primavera». Y Viana justifica el nombre de «bien afortunadas» a las islas «[...] por hallarlas regaladas / de los templados y suaves aires / de tierras gruesas en labrarse fáciles».

Por suerte, la investigación científica y rigurosa sobre el tema es ya una realidad. Lo cual lleva a Luis Regueira Benítez, licenciado en Documentación y bibliotecario de El Museo Canario, a una contundente afirmación: los nuevos trabajos arqueológicos relacionados con la historia preeuropea de Gran Canaria «pueden despertar susceptibilidades» en nuestra sociedad, más unida sentimentalmente «a la imagen mítica e idílica de sus antepasados» (CANARIAS7 del pasado viernes). Lo que se va conociendo, concluye, echa por tierra «unos postulados que tienen que ver más con la mitología que con la historia».

«¿Violencia? Sí, pero en los poetas románticos canarios solo contra los invasores: se trata de defender la patria, como canta Nicolás Estévanez Murphy»

Y no le falta razón. Porque la historia es investigación y desapasionamiento; pero solo a la literatura se le permite la idealizada recreación de mundos gratos a poetas distanciados de la realidad como, por ejemplo, la plenitud sensorial del bosque moyero descrito por Cairasco (cuya extraordinaria obra voy conociendo, por cierto, con los estudios filológicos de Antonio Henríquez Jiménez, acaso uno de los más completos estudiosos con Andrés Sánchez Robayna y Ángel Sánchez Rivero).

La naturaleza que Cairasco describe es, pues, la definida por el Renacimiento. En consecuencia idealiza la realidad, y «el fuerte bárbaro» del caudillo Doramas goza entre bosques, palmas, frutas, músicas de pintados pájaros, fuentes..., como la ninfa de Garcilaso se recrea entre remansos de paz y harmonía: «En el silencio sólo se escuchaba / el susurro de abejas que sonaba». Pero en tal idealización no hay intencionados artificios ni falsedades, insisto: responde exclusivamente a un canon ya marcado desde el mundo clásico, el tópico del beatus ille (feliz aquel), canto a la vida sencilla y retirada en el campo...

La sublimación de mundo guanche (término generalizador) a través de trasmisiones orales y osados pseudohistoriadores, por tanto, creó leyendas, ficciones, quimeras y mitos absolutamente desprovistos de rigor científico, más propios de cuentistas y embaucadores ante inocencias infantiles e inculturas sociales.

Muchos años después hemos descubierto -nos han descubierto- que textos recopilados bajo el movedizo nombre de Historia de Canarias ni responden a la verdad ni tienen nada que ver con los pobladores isleños anteriores a la europeización. Gracias sean dadas, pues, a quienes desde estudios realizados en el Museo Canario encendieron la luz de los ilustrados: me refiero a la conservadora del Museo Canario, Teresa Delgado y a Javier Velasco, investigador de la Universidad de Las Palmas.

«Hay niños mayores de cinco años con fracturas en un altísimo tanto por ciento, casi la cuarta parte de las sesenta y cinco calaveras infantiles analizadas»

Sabemos por ellos que los prehispánicos grancanarios eran violentos, acaso exageradamente agresivos. Y los niños de Gran Canaria fueron víctimas propiciatorias de la brutalidad ejercida por los mayores (ajenos a las criaturas conocidas como chinijos en Lanzarote o angelitos de Dios en la tradición judeo-cristiana), pues tras los estudios realizados en cráneos infantiles concluyen algo sorprendente: hay niños mayores de cinco años con fracturas en un altísimo tanto por ciento, casi la cuarta parte de las sesenta y cinco calaveras infantiles analizadas. Además, no se trata de un fenómeno pasajero o limitado en el tiempo, en absoluto: a lo largo de los nueve siglos estudiados confirman la fuerza de los golpes... mas no todos mortales, un consuelo. (Sin embargo, Cairasco había escrito: «En las costumbres fueron los canarios / prudentes, avisados y compuestos».)

Por tanto, la violencia fue caldo de cultivo en el cual crecieron y se formaron los menores. Las características de aquella sociedad «fuertemente jerarquizada» y con específicas «condiciones biogeográficas» explican la continuada presencia de enfrentamientos entre distintos sectores, las más de las veces impulsados por desigualdades sociales y la imperiosa necesidad de buscar comida en momentos de gravísima escasez (plagas, ausencia de lluvias, limitación de los cultivos...).

También escritores canarios (segunda mitad del XIX) incorporan a su obra la poetización de personajes aborígenes –es el pálpito romántico- para exaltar el sentimiento nacionalista (o lo que es lo mismo, alejamiento de lo español) y crear héroes cargados de virtudes frente a la barbarie del conquistador, Alonso Fernández de Lugo en el poema de Antonio Zerolo, por ejemplo. Es el gaditano quien amenaza al rey guanche Bencomo con los horrores de la guerra («¡El hombre hambriento de fortuna y gloria / va sembrando la muerte en su camino!»). Y el noble indígena, cargado de entrañables sentimientos patrios, pide un segundo cataclismo para Nivaria antes de que toda ella caiga en manos de quien va a ejercer «el derecho del más fuerte».

¿Violencia? Sí, pero en los poetas románticos canarios solo contra los invasores: se trata de defender la patria, como canta Nicolás Estévanez Murphy: «Y mientras hubo un isleño / hubo resistencia brava, / pues todos dieron la vida / por la independencia patria». Los guanches que aceptaron la rendición «y en vez de clemencia castellana / sólo hallaron verdugos rencorosos».

A los aborígenes canarios, en definitiva, el Romanticismo les inventó una nueva forma de pensar y de actuar. A fin de cuentas empezaba a hablarse de nacionalismo.