JAULA Y ARCO IRIS

En la guagua

Voy desde Santa Catalina a la zona del parque de San Telmo en la línea 12. Son las 9 y pico de la mañana de un lunes postnavideño y, por tanto, de rebajas y de obligada vuelta a la cotidiana actividad. La guagüera, muy extrovertida y simpática, saluda con sus «buenos días» a muchos de los viajeros que van accediendo al vehículo, aconseja a una señora con dos menores cómo acomodarse y le dice una frase agradable a una persona mayor que, a consecuencia de ello, atraviesa la guagua con una enorme sonrisa.

Su actitud confirma que los pequeños detalles pueden surtir efectos muy positivos. Y, en los más variados ámbitos –desde la caja de un supermercado a la oficina de una administración pública o una entidad bancaria- nos encontramos con gente afable y dispuesta a hacer más fácil la vida de los demás. También, por supuesto, podemos tropezarnos, ocurre a veces, con algún individuo tan amargado como insufrible y que no parece tener otro objetivo existencial que descargar su malestar a diestro y siniestro.

Realicé algunas gestiones en la zona (entre ellas, por último, adquirir un bono de Global para el aeropuerto de Gran Canaria) en un día con lluvias intermitentes. En el viaje de vuelta, destino a mi casa, decido coger la línea 17. La guagua está ahora mucho más llena; supongo que por la hora, pasadas las 12, y por el hecho de que mucha gente iba a la zona comercial de Mesa y López (y a Las Arenas), a las rebajas o a descambiar regalos, como pude comprobar posteriormente con la masiva bajada de pasajeros que se produjo.

En la primera parada de la calle Luis Doreste Silva, el chofer se levanta de su asiento y mira hacia los ocupantes de la abarrotada guagua. «Parece que hay una persona atrás de pie y que utiliza un bastón. Tenemos asientos reservados para ello, que parece que están ocupados. Pero, ¿nadie puede cederle el suyo? ¿Ya no mostramos comportamientos cívicos?», dice muy serio pero sin aspavientos.

«Juro que tuve sentimientos contradictorios. Por un lado, de agradecimiento por su amabilidad. Por otro, lo reconozco, de algo más que perplejidad»

Silencio. Se producen entonces unos segundos de enorme silencio. Unos asienten con sus cabezas y otros lo rompen comentando con sus acompañantes las justificadas razones del conductor y la absoluta falta de sensibilidad de quienes no fueron capaces de ofrecer su asiento a una persona con dificultades de movilidad. Autocrítica individual y colectiva.

El rapapolvo educado del guagüero causa efecto colateral más allá del caso concreto que le llevó a la más que merecida llamada de atención al pasaje. Cerca de donde estoy, de pie como casi siempre, una treintañera se levanta y cede amablemente su asiento a una persona mayor. Efecto contagio.

Compruebo más tarde en la web de Guaguas Municipales el perfil de quienes utilizan habitualmente este transporte público. Según el Estudio de Satisfacción correspondiente al recién finalizado 2017, «es mujer, no posee vehículo propio, ronda los 40 años, posee estudios secundarios, es trabajadora por cuenta ajena y utiliza a diario alguno de los servicios de la empresa de transporte colectivo de Las Palmas de Gran Canaria».

No encaja totalmente con el mío, aunque algunas coincidencias hay. Soy hombre. Hace mucho tiempo que atravesé los cincuenta. No tengo vehículo ni carné de conducir. Poseo estudios universitarios y soy, de manera voluntaria, autónomo. En el último año, por cuestiones laborales, he reducido mi uso de la guagua; antes las utilizaba varias veces al día, fundamentalmente la 1, la 2 y, en otros momentos, la 30.

«La inteligente combinación de guagua, metro, tranvía o tren facilita la movilidad (que debe ser también sostenible) y hace posible la vida de las grandes urbes, que apuestan por ella y restringen, cada vez más, el acceso al automóvil privado».

Me muevo en transporte público en mi ciudad, Las Palmas de Gran Canaria, y cuando salgo a visitar otras comunidades y países. La inteligente combinación de guagua, metro, tranvía o tren facilita la movilidad (que debe ser también sostenible) y hace posible la vida de las grandes urbes, que apuestan por ella y restringen, cada vez más, el acceso al automóvil privado.

Además, el referido estudio de calidad «otorga a la empresa pública una puntuación de 7,76 en relación al nivel de satisfacción general de sus clientes». Entre lo más valorado por los usuarios se encuentra «la amabilidad del conductor, la proximidad y accesibilidad de las paradas y la información que se ofrece a través del aplicativo móvil».

Otros datos del estudio también me parecen interesantes: Entre ellos, que casi el 75% de los pasajeros de Guaguas Municipales no dispone de coche propio. El resto sí lo tiene pero opta por realizar el trayecto en el servicio público. Y otro, en principio más preocupante, que habría que analizar con detenimiento: se produce «un aumento significativo en la edad media del pasajero en los últimos tres años. Esto se debe al incremento en un 7% de la presencia de usuarios de 51 y más años y a que encontramos un 7% menos de jóvenes de 14 a 25 años a bordo», destaca.

Móvil. Como he señalado en diversas ocasiones, en las guaguas he podido leer muchos libros; lo que hubiese tenido francamente difícil de ser yo el conductor, aunque hay algunos que compatibilizan esa tarea, la de conducir, con la de atender una llamada telefónica o, incluso, remitir o contestar un wasap. Y durante esos viajes relativamente cortos también suelo aprovechar para dar el último repaso a aspectos de mi trabajo. Eso sí, procuro no llamar ni coger el móvil en los trayectos, por defensa de mi intimidad y, sobre todo, por no molestar al resto de pasajeros que me acompañan en el vehículo.

Llevo utilizando la guagua desde que apenas tenía 10 años. La 1 o la 2 cuatro veces al día, la jornada escolar era de mañana y tarde, para trasladarme al centro donde cursé los primeros años del Bachillerato de entonces. Y como para casi todo, hay una primera vez. En este caso me sucedió hace apenas un mes en la línea 1. Salía, de noche, de disfrutar de una actuación musical en el parque Doramas y me situé, de pie, en la parte posterior de la guagua. Entonces una joven se dirigió a mí ofreciéndome su asiento. Juro que tuve sentimientos contradictorios. Por un lado, de agradecimiento por su amabilidad. Por otro, lo reconozco, de algo más que perplejidad. ¿Tan mayor me vio? ¿Tan exhausto? ¿Tan inestable agarrado a la barra del vehículo?

Supongo que no hace falta decir que, por supuesto, no acepté la tan cordial como envenenada invitación.