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Bardinia

Nos vemos, Morote. Gracias

Se ha ido un hombre tan sencillo que creo que en esa sencillez radicaba su gran carisma

Emilio González Déniz

Las Palmas de Gran Canaria

Lunes, 8 de julio 2024, 23:19

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La semana pasada ha sido muy triste, porque han desaparecido algunas personas fundamentales para la construcción de la sociedad en la que vivimos. Han sido el río desde se han alimentado muchos canales colectivos, y sin quererlo se convirtieron en oráculos, a quienes ya no podremos acudir. Siempre seremos deudores de esa labor abnegada y pionera que fue la semilla de algo que nos hará mejores. Uno de esas personas que se nos ha ido es la de un referente social, cultural, político y humano de nuestra tierra, y es muy duro despedirse de alguien que nunca perdía el sosiego y siempre proponía una salida por muy complicadas que estuvieran las cosas.

Se ha ido Morote, un hombre tan sencillo que creo que en esa sencillez radicaba su gran carisma. Lo mencionan las notas de prensa como el Catedrático de Historia Francisco Morote, o el activista Paco Morote, pero dejémonos de etiquetas, era Morote, el nuestro, uno de los imprescindibles que invocaba Bertolt Brecht. Supe de él antes de conocerlo, cuando, siendo yo muy joven, escuchaba hablar de él, casi siempre por segunda o tercera boca; su alumnado de entonces estaba compuesto exclusivamente por chicas, porque las aulas estaban separadas por sexos, y el Instituto Isabel de España era femenino. Pero Morote sonaba en todas partes, porque vivía la enseñanza con décadas de adelanto, y eso fascinaba a quienes tuvieron la suerte de tenerlo como profesor.

Lo que se decía entonces es que era descendiente de Luis Morote, del que sólo sabíamos que era el nombre de la calle que transitábamos cuando íbamos a nuestro centro social comunitario: la playa de Las Canteras. Y resulta que sí, que era nieto o biznieto (nunca me acordé de preguntárselo) de Luis Morote y Greus, un periodista y político valenciano que, durante los turnos de gobierno de Sagasta, ocupó en el Congreso un escaño por Gran Canaria en los albores del siglo XX. Era lo que entonces se llamaba diputado cunero; es decir, se presentaba a las elecciones por un lugar en el que no había nacido ni residía. Pero, en contra de la desidia habitual de esta figura parlamentaria, él se ocupó de la circunscripción que representaba, visitó las tres islas orientales de Canarias y obtuvo entonces el cariño de los grancanarios, que por eso impusieron su nombre a una calle de la capital, cuando murió, aún joven, sin haber alcanzado los 50 años. También escribió sobre estas islas en su obra La tierra de los Guanartemes, que hoy es un documento interesantísimo, porque nos hace una fotografía social e histórica de cómo éramos hace más de un siglo. Por cierto, Luis Morote fue alumno de Giner de los Ríos, liberal, rayano en el socialismo (que era lo más de izquierdas que se podía ser entonces) y devino en ser un destacado regeneracionista. Como periodista, viajó a Rusia y entrevistó nada menos que a Tolstoi y Gorki, ambos anunciadores de los cambios que se avecinaban. Tiendo a pensar que a nuestro querido Morote el gen de izquierdas lo empujaba al monte.

El caso es que, carambolas del destino, nuestro llorado Paco Morote fue destinado como profesor de instituto a Las Palmas de Gran Canaria cuando aún era un veinteañero. Por fin lo conocí personalmente en los años de la Transición. Sentía curiosidad, porque me lo mencionaban como una persona muy especial, ya entonces casi una leyenda, por lo que, la primera impresión que tuve fue muy confusa; no era un líder al uso, no levantaba la voz, no sentenciaba como si tuviese la única verdad posible; era lo opuesto a los «Ché Guevaras» incendiarios que entonces surgían a mansalva. Se diría que buscaba ser invisible, pero había algo en él que proyectaba autoridad moral, y ese don que poseía lo tuvo siempre al servicio de las causas colectivas. Irradiaba temple, sabiduría, confianza y firmeza. Su apariencia frágil era la guarida de una roca. No hablaba de asuntos importantes a voleo, siempre tenía un argumento que podías discutirle, pero que era muy difícil de combatir porque detrás

había muchas horas de estudio, lectura y reflexión. Y aunque hoy esa palabra empieza a ser utilizada por lo cachanchanes de la ignorancia como insulto, e incluso como burla, hay que reivindicar que Paco Morote era un INTELECTUAL con todas las de la ley, en la más noble acepción de la palabra.

Además, lo suyo no se paraba en la teoría. Podría decirse que fue también un hombre de acción, pues se sumaba a cualquier iniciativa que tuviera que ver con la justicia, la igualdad, la tolerancia, el feminismo, y, en fin, los Derechos Humanos. Y si la iniciativa necesaria no existía, él la creaba. Era de los que siempre están donde tienen que estar. Tomar un café con él o caminar un tramo de calle a su vera era siempre un aprendizaje, tenía una gran capacidad de análisis, y conocimientos para apabullar, pero solo hablaba lo justo, y nunca daba lecciones, pero inevitablemente él era una clase magistral con piernas, un hombre sabio, empático, discreto e insobornable, hasta el punto de que, cuando vio que los partidos de la supuesta izquierda finalmente eran nichos de poder (y por lo tanto una jaula de grillo), se alejó de militancia tóxicas y estuvo en el epicentro de lo que entendemos como sociedad civil. No predicaba libertad e independencia, las practicaba. A veces, cuando escucho voces que casi presumen de haber descubierto nuevos caminos, me entra la risa, porque Morote ya estaba de vuelta de dónde ellos nunca han ido. Es lo que tiene saber pensar con conocimientos en la mochila.

Y se ha ido Paco Morote, el descendiente del diputado, un canario que nació en Murcia, aunque su geografía predilecta era el ser humano. Deja un ejemplo de humanidad, largueza y empatía, y un legado que es pura generosidad, la lección teórica y práctica de un sabio. A quienes lo admiramos se nos ha apagado un faro. Se ha ido sin aspavientos, como le gustaba hacer las cosas, pero dejando una huella que nos ha marcado para bien. Decansará en paz, seguro, porque para él la paz era no tener miedo y mirar las cosas con perspectiva. Va a seguir en nuestra memoria agradecida por haberlo conocido. Nos vemos, Morote. Gracias.

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