Bardinia

El reto de sobrevivir como Humanidad

19/06/2018

Estamos en vísperas del verano, y durante toda la primavera nos hemos cansado de escuchar quejas porque el frío y la lluvia se han adentrado varios meses más de lo que se consideraba habitual. Hay un clamor más que justificado sobre la incidencia de la acción humana sobre el planeta, y parece ser que las cifras certifican que está produciéndose un calentamiento del clima. Curiosamente, el invierno pasado fue de los más rigurosos que se recuerdan. Claro, a una semana del final de la primavera, ya empiezan a quejarse del calor sofocante en algunas zonas, aunque también es verdad que los medios parecen empeñados en hacer que el clima sea noticia cada día, y vemos reporteros en los puertos de montaña aguantando la ventisca para decirnos que está nevando y hace mucho frío. Y lo que es lógico, porque es pleno invierno, se convierte en una noticia recurrente.

También asistimos durante estas últimas semanas a la repetición de las voces de alarma de algo que ya sabíamos hace años: el plástico que invade los océanos y amenaza la vida animal y, por traslado en la cadena alimentaria, a la humana. Del mismo modo, sabemos hace décadas que muchas materias primas no son inagotables, y la más importante de todas, el agua, es el gran problema del futuro. De hecho lo es del presente y lo fue en el pasado, pues hace varios milenios el historiador Herodoto advertía de los problemas que la sequía estaba produciendo en el Sahara central, que antes había sido una zona en la que incluso había grandes bosques. El clima en La Tierra no ha sido constante, con grandes variaciones durante el tiempo geológico, pero incluso se puede calibrar en el tiempo histórico más reciente, que es una pequeñísima parte de la existencia del planeta e incluso de la raza humana.

Hay datos científicamente demostrados de que, en los últimos cinco mil años, que son los que conocemos como trayecto de nuestra civilización, el clima determinó la geografía, la riqueza y en cierto modo los imperios que hemos estudiado en los manuales de historia. El mítico Egipto de los faraones, aunque también estaba presidido por el Nilo, era mucho más vegetal y frondoso que lo que hoy conocemos. De otra forma no habría sido posible mantener la prosperidad y el poder de una civilización que lo hacía todo a lo grande, lo mismo que la antigua Mesopotamia (el actual Irak) no era el pelado desierto de hoy, en el que florecieron ricas sociedades e imperios fabulosos, desde los sumerios a los babilonios; o las míticas tierras de Canaán, la Tierra Prometida de La Biblia, que era entonces un territorio geográficamente menos hostil que ahora.

Sabemos también que la prosperidad del Imperios Romano se debió a una época cálida, en la que la agricultura era boyante en tierras muy al norte. Esa zona se enfrió coincidiendo con el final del Imperio, y asistimos a varios siglos en los que hubo pobreza y la población descendió. De tres siglos en tres siglos, hacia el XII hay un nuevo calentamiento que augura nueva prosperidad y aboca el final de la Edad Media con la eclosión del Renacimiento. Y así llegan otros tres siglos de frío que alcanza hasta finales del XVIII o mediados del XIX según los lugares. A partir de la Revolución Industrial empezó un nuevo calentamiento, pero esta vez más rápido, que llega hasta los años 30 y 40 del siglo pasado. Contradictoriamente, cuando hay un enorme impulso industrial y de acción humana sobre su entorno, con bombas nucleares, derroche de energía y desarrollismo a ritmo de Rock, La Tierra se enfría durante en las décadas de los 50, 60, y 70, y empieza a calentarse otra vez al filo de 1980. Y sigue. De todo esto deducimos que los períodos que duraron milenios o varios siglos se aceleraron a partir de 1850 y esto puede hacernos pensar que, en toda la historia de la Humanidad, es en estos 170 últimos años cuando la acción humana ha tenido el peso suficiente para incidir en el clima.

Estamos añadiendo esa mano humana a los peligros que el propio planeta produce, como los volcanes que envían materiales a la atmósfera y circulan empujados por los vientos, que inciden en el clima hasta el punto de que la erupción del Tambora en Indonesia en 1815 nubló el cielo del Hemisferio Norte muchos meses, y por ello el año 1816 se conoce como “el año sin verano”, con la ruina de las cosechas y las hambrunas subsiguientes en China, en Europa y en Norteamérica. Si ya el planeta tiene factores naturales que pueden hacer imposible la supervivencia, y que incluso pueden distorsionar fenómenos tan indispensables para la vida en Europa como la Corriente del Golfo, la lección que nos da la historia es que no podemos añadir elementos dañinos porque, sumado todo, sí que estamos en verdadero peligro. Hay cambio climático, siempre lo ha habido, pero no le pongamos más peso. La vida en La Tierra puede verse comprometida por la propia dinámica de la naturaleza, y eso está fuera de nuestro control, pero el reto consiste en que no seamos los humanos los que provoquemos el desastre. Feliz verano.