Psicografías

El largo invierno

11/03/2018

No generamos ocasiones, no defendemos con criterio y no sabemos a lo que jugamos. Volvimos a los riesgos suicidas, al día del Girona justo cuando todos confiábamos con reencontrar el espíritu que tuvimos contra el Barça. Así no nos mantendremos en Primera, así no, porque así no se gana ningún partido. No perdimos cinco a cero porque los delanteros del Villarreal se empeñaron en fallar goles cantados durante todo el encuentro. Y encima le quitamos la confianza a un jugador que nos demostró en Vigo que esta para jugar en Primera. Jémez eligió a Erik Expósito, un chico de la cantera que empieza y que necesita confianza para seguir creciendo, como cabeza de turco en el descanso, y la verdad es que nadie entendió los cambios, ni siquiera la lógica del fútbol, ese abecé que se entiende que conocen los entrenadores mejor que nadie. En toda la segunda mitad solo rematamos a puerta después de dos saques de esquina. Las Palmas se terminó pareciendo a cualquier equipo británico del montón de los años setenta, como si el césped fuera un barrizal, como si nuestro fútbol, de repente, nos lo hubieran cambiado de arriba abajo. Se terminó la fiesta. Se acabó el fútbol de toque, y se nos olvidó el orden táctico, el criterio, la cabeza, el repliegue, los desmarques, las paredes y, por supuesto, los remates a portería después de una jugada de equipo. Y sí, fue contra este mismo equipo contra el que marcamos aquel gol de Boateng que todos mantendremos a la memoria, el culmen de una coreografía casi poética en los días en que nuestro juego se asemejó al de nuestros mejores tiempos.

Por fin disputábamos una de nuestras muchas finales un domingo por la tarde. Y es que era una final. Había ganado el Levante y lo teníamos a cuatro puntos si perdíamos y a tres si empatábamos. Por tanto, esta vez solo nos valía la victoria. Ya van quedando menos partidos, y las matemáticas sí se convierten ahora en una espada de Damocles cuando las unimos al tiempo y a las perspectivas, y no digamos a las evidencias, a esas razones innegociables a las que no se consigue engañar con medias mentiras o con falsas verdades. Ahora que todo se ha escorado hacia el lado más peligroso, parece que nadie ha tenido la culpa de este casi hundimiento de la Unión Deportiva Las Palmas, de la marcha de Quique Setién y de todos los sueños rotos que se han ido quedando en el camino durante los últimos meses. Lo que sí tengo claro es que la afición amarilla no tiene un pelo de tonta. Nos mueve el equipo, y vamos a seguir animándolo hasta el último aliento, pero ese tiro en el pie que nos pegamos hace más o menos un año por estas mismas fechas aún retumba en las improvisaciones, el mal juego y la falta de identidad del equipo amarillo.

Todos queríamos ver a Erik Expósito en el Gran Canaria, pero todos nos preguntábamos también por qué se ha tardado tanto en darle una oportunidad, por qué se ha mercadeado con tantas mediocridades delanteras y por qué, de repente, dejamos de mirar a la cantera, a la misma cantera que ha llenado las arcas amarillas con los traspasos de Vitolo, Roque Mesa o Jonathan Viera. Los mercenarios están bien para las guerras desesperadas, pero espero que entiendan en la casa amarilla que sin cantera y sin juego de toque cada vez se alejará más gente del estadio de Gran Canaria. Quedan pocos días para la primavera, pero mucho me temo que nosotros la tendremos que mirar desde muy lejos. Nos espera un largo invierno, de esos que van helando los sueños a medida que reconocemos que la carroza rutilante se nos volvió una calabaza como la que llevábamos viendo muchos años.