El enemigo invisible

29/03/2020

El coronavirus sigue sembrando el pánico en todo el mundo. Crece vertiginosamente el número de infectados y de muertos y, en la misma medida, crece el estupor y el desconcierto de los ciudadanos. El miedo nos atrinchera en nuestras casas y la vida casi ha desaparecido de espacios públicos y privados. Vivimos un estado de shock que nos tiene con un nudo en la garganta, y casi sin palabras, cuando escuchamos cotidianamente los fríos datos sobre como va incrementándose el número de infectados y de muertos.

La incredulidad nos hipnotiza ante las imágenes de gente amontonada en los hospitales, de los espacios extraordinarios habilitados -como Ifema- o de los muertos depositados en el Palacio de Hielo de Madrid. Igualmente, quedamos mudos ante las conmovedoras imágenes que nos llegan de los centros de mayores. La imposibilidad de acompañar al familiar que requiera ser hospitalizado añade dramatismo a los afectados. Además, el desgarro que produce no poder despedir dignamente al ser querido fallecido empeora todavía más la situación.

Este virus no distingue continentes. Tampoco diferencia países. Ni regiones, ni religiones. Tampoco distingue a ricos de pobres. Ni razas. Ni regiones. El Covid-19 ha desnudado el poderío absoluto que creía tener la humanidad sobre la naturaleza. Y está por ver si después de esta trágica pesadilla que estamos viviendo las prioridades de la sociedad y sus gobernantes serán otras o, por el contrario, volvemos a despreciar el poder de la naturaleza.

«En la guerra abierta que la humanidad libra contra el coronavirus -y las que librará en el futuro- las cosas son distintas»

Hace unos días se publicaba una interesante entrevista al microbiólogo burgalés Adolfo García Sastre, director del Instituto Salud Global y Patógenos Emergentes del Hospital Monte Sinaí de Nueva York, en la que, entre otras cosas señaló lo siguiente:

«Sí, habrá otra pandemia, probablemente de gripe. Lo importante es poner ya presupuestos para frenarla. Los Gobiernos deben invertir contra las pandemias lo mismo que gastan en Defensa. Para hacer la guerra con otros países o defendernos se gasta mucho dinero en armamento, tanques, torpedos, misiles, que al final no se usan, pero se consideran necesarios en el caso de que haya un ataque. Esto es igual, es casi más probable que nos afecte más una pandemia que una guerra. Debemos tener la capacidad hospitalaria y servicios en el caso de que haya una nueva».

La reflexión de García Sastre está tan llena de lógica y de sentido común que es difícil no suscribirla. Si acaso, añadir que las guerras dependen de la voluntad del hombre. La decisión de declarar una guerra, buscar los aliados e identificar al enemigo dependen del hombre. Es el hombre quien decide qué zonas son atacadas y, en su caso, bombardeadas. También está en sus manos firmar una tregua, pactar un armisticio o dar por finalizada la guerra.

En la guerra abierta que la humanidad libra contra el coronavirus -y las que librará en el futuro- las cosas son distintas. Es una guerra desigual, en la que a un lado se reúne todo el poderío bélico de la humanidad y al otro lado un enemigo invisible que no sabe de treguas ni de armisticios. Solo la ciencia y la investigación pueden guiarnos para derrotarle.