Opinión

El Aquarius, una vergüenza y una oportunidad

12/06/2018

Las migraciones son tan viejas como la Humanidad. Pasamos de simios a humanos en África Oriental, y desde entonces, hace casi cuatro millones de años, el recorrido geográfico y evolutivo ha sido muy largo, pero podemos decir que los primeros ancestros biológicos de un ser humano de cualquier punto del planeta proceden inequívocamente de las montañas y las sabanas que conforman los alrededores de la región de los Grandes Lagos. Esto quiere decir que somos emigrantes por definición, pues sin las continuas migraciones y readaptaciones no habría sido posible que se llegara a los tiempos de los que tenemos datos concretos a través de los diversos tipos de expresión humana, sea pinturas o grabados rupestres o en la escritura que nace cuando las diferentes oleadas se van asentando y sedentarizando al abrigo de los orígenes de la agricultura, la ganadería y la conversión de materiales en utensilios para la vida diaria.

Por ello, da pena, vergüenza e indignación escuchar esas voces contarías a la acogida de inmigrantes en claro peligro de muerte. Lo hacen cómodamente sentados en nuestro Occidente europeo, que tiene mucho que ver con las causas de esa huída masiva de gente desesperada. Con aires de superioridad y de desprecio absoluto por la vida humana, se echan manos a la cabeza, escandalizados porque el Gobierno de España ofrece refugio humanitario a 629 personas que van a la deriva entre las islas de Sicilia y Malta, con niños, embarazadas y enfermos a bordo de un barco, el Aquarius, que carece de condiciones seguras para garantizar la travesía en un mar embravecido hasta el puerto de Valencia, aparte de que los tres o quién sabe cuántos días que necesitaría el barco para navegar esas 700 millas tal vez serían demasiado tiempo de espera para muchas personas enfermas, hambrientas y ateridas. No esperábamos nada especial de las fuerzas políticas que han alcanzado el poder en Italia, pero que hayan actuado con semejante frialdad, incluso imponiendo el criterio gubernamental sobre Nápoles, Messina, Livorno, Catania o Palermo, ciudades que han ofrecido sus puertos, es algo que sobrepasa los temores más pesimistas. La crueldad de los gobiernos de Malta e Italia –que no sé si sería materia para acusar de crimen de lesa humanidad a quienes toman estas decisiones- es tan descorazonadora que casi nos ahoga la poca esperanza que nos quedaba sobre una Europa humanista, solidaria y líder de los Derechos Humanos.

«No esperábamos nada especial de las fuerzas políticas que han alcanzado el poder en Italia, pero que hayan actuado con semejante frialdad...»

Quienes hoy se atrincheran en la poltrona de europeos que dan lecciones al mundo tal vez ignoren que la emigración es una constante milenaria. Sin ella nunca habría sido poblada La Tierra. Olvidan los italianos que, en tiempo históricamente no muy lejanos, cuando el hambre los devoraba, atravesaron dos mares para buscar una oportunidad a orillas del Hudson en Nueva York o en el Río de La Plata argentino. No se acuerdan los españoles a quienes les parece escandalosa la humanitaria decisión de nuestro gobierno que una y otra vez, cuando ha habido crisis, hambrunas o guerras despiadadas, los españoles fueron acogidos en México, Cuba, Venezuela, Uruguay o cualquier otra nación americana o europea; no es casualidad que en Argentina a los españoles los llamen gallegos y que los canarios formen parte de la historia común de naciones como Cuba y Venezuela. Todo eso olvidan quienes tienen las espaldas cubiertas y creen que son superiores por designio cósmico. Pues no, todos somos emigrantes, que viene a ser un sinónimo de humano.

Es cierto que estas migraciones actuales provienen de las guerras, el expolio y el negocio multimillonario de unos pocos en sus países de origen y otros tantos en el Occidente rico. También lo es que Europa tiene que ponerse en el sitio que le corresponde, plantarse ante los intereses que empujan desde el Este y el Oeste y actuar como una sola voz para generar desarrollo y justicia en los países del Tercer Mundo, en este caso de África, justamente el lugar de donde vinieron también emigrados nuestros más lejanos antepasados. Todo eso es verdad, y ahora mismo no parece que sea el mejor momento que atraviesa la UE. Y por eso mismo hay que hacer un esfuerzo titánico, por solidaridad, por justicia y por el propio interés de esa Europa grande y fuerte hacia la que dicen querernos llevar. Las decisiones cruciales suelen tomarse en los momentos más complicados, y es ahí donde hay que dar la talla política.

«España simplemente ha cumplido lo firmado en los foros internacionales»

No se me escapa que esta tarea, aunque se acometiera mañana (que no parece ser el caso), llevaría mucho tiempo. Alguna vez habrá que empezar. Pero eso no exime a los países europeos de su deber humanitario, y lo que han hecho los gobiernos de Italia y Malta pasa por encima de la leyes marítimas y de la más básica aplicación de la Declaración Universal de los derechos Humanos, de la Carta de los Derechos Humanos, del Tratado de Lisboa y de otros acuerdos que Italia, Malta y todos los países de la UE han firmado. El Gobierno español ha hecho lo correcto, y da igual su color, porque hay una segunda infamia, que son los comentarios sobre la utilización política de los inmigrantes. España simplemente ha cumplido lo firmado en los foros internacionales, porque la vida humana es un bien supremo. Ojalá esta enorme desgracia sirva como espoleta para que Europa despierte y empiece de una vez a andar el camino que le marca la historia. Luego, que se pongan todas las medallas que quieran, pero antes hay que salvar a esas 629 personas inmigrante, que son, además, náufragos a la deriva. Quienes critican esta acción humanitaria no tienen ética, ni corazón, ni memoria, ni vergüenza.