Economía de millo y papaya

La anticipación en la toma de decisiones (racionales) resulta estratégica para llevar a buen (aero)puerto a nuestro turismo en la antesala de la que se presupone temporada alta turística, la de otoño-invierno

David Morales
DAVID MORALES

Ahora que ya es ufanamente firme la decisión del presidente Sánchez de no subvencionar, en Canarias, al 100% el transporte «de lo que aquí llamamos guagua», al contrario de lo que sí hará en la península y en Baleares respecto de lo que «allí llaman trenes y/o autobuses», recordemos que el origen etimológico de uno de nuestros vocablos más representativos, 'guagua', nos hubiera venido importado de de Cuba, adonde la empresa norteamericana Washington, Walton and Company ( Wa & Wa Co.) hubiera comenzado a exportar autobuses en los inicios del siglo XX.

Dicho lo cual, para la no bonificación presidencial a los canarios del 100% (sólo al 50%) de los trayectos en guagua (ni en los del tranvía Santa Cruz-La Laguna), se escuda Sánchez, de forma lamentable, en que ello se debe a que «los canarios y las canarias ya cuentan con la bonificación del 75% de descuento de residente para sus traslados aéreos o marítimos». Mezclando churras con merinas. Y menospreciando, una vez más, a nuestro Régimen Económico y Fiscal.

No me negarán que, en nuestras islas, otro término como 'guagua' camino de trascender desde su denominación empresarial a un concepto superior que nos vertebra como canarios, es el de Binter. «Cojo un Binter, y me pongo ahí en media hora». Una asociación mental que, como canarios, nos lleva a vincular un salto (aéreo) entre islas a una compañía y medio de transporte específicos.

Si este verano han tenido la oportunidad de volar con nuestra consolidada compañía de bandera regional, seguro que, al aterrizar, les ha llamado la atención el mensaje expresado por su personal de cabina, anunciando lo de que «estimados pasajeros, en esta ocasión, Binter les presenta su nuevo producto de temporada, el snack de millo y papaya, que esperamos sea de su agrado».

Este dato que puede resultarles anecdótico, no deja de ser, en realidad, una camaleónica capacidad de adaptación de una organización a las circunstancias coetáneas del mercado y/o de la temporada.

El actual escenario económico, social, post-pandémico, -y hasta lamentablemente bélico-, visto ahora en comparativa del pasado, ha dado al traste con varias décadas de estabilidad en el devenir de nuestra región, de nuestro país y de nuestro continente. Y señala un futuro inmediato lleno de incertidumbres: inflación desbocada; sombras de recesión; dudas –lógicas- sobre los datos y evolución del paro; falta de microchips; regreso de la prima de riesgo; sectores empresariales (desde agrícolas y ganaderos, hasta comerciales o industriales) que se temen lo peor; ayudas socio-sanitarias que se eternizan en su tramitación; y, de regalo, ocurrentes leyes impuestas -sin el debido consenso con los sectores o administraciones afectadas- sacadas de la chistera. Del mago Sánchez.

Leyes, por cierto, como la de este nuevo singular Real Decreto Ley 14/2022, de 1 de agosto, «de medidas de ahorro energético», respecto a la cual, el presidente Sánchez, en interpelación directa «a toda la clase política, a todos los partidos políticos y a todas las administraciones públicas», les ha instado para que «huyan de cualquier comportamiento egoísta, unilateral e insolidario… porque la ley en España, se cumple». Igualito que en Cataluña, con la Generalitat sorteando torticeramente la sentencia que obliga a los colegios a impartir en español al menos el 25% de las clases.

Volviendo al tiesto de la economía de millo y papaya, la economía (y las organizaciones, y las administraciones públicas) inteligente es la que, con la experiencia del pasado, configura las acciones y toma las decisiones organizacionales más eficaces y eficientes de cara al futuro. Y de ahí el ejemplo del referido snack en los vuelos interinsulares de Binter.

La economía de millo y papaya es, de facto, aplicar el principio de la realidad. Como acontece ya en Alemania, en donde, conscientes de su clara fragilidad en materia de dependencia energética, plantean ahora retomar las obras del conducto gasístico del Midcat desde España y Portugal. O donde, también, el gobierno conformado por socialdemócratas, verdes y liberales, ya plantea una reducción de impuestos para depositar en el bolsillo de los alemanes en torno a unos 10.000 millones de euros, con los que hacer frente a la inflación (allí tres puntos menos que la inflación en España).

En cuanto a nuestro motor económico, el turismo, destaca que, transcurrido el primer semestre de este 2022, Canarias ha rozado con la punta de los dedos los casi 6 millones de turistas (a poco menos de unos 800.000 visitantes respecto a los 6,6 millones del mismo período en 2019). Por lo que, en líneas generales, no es desdeñable proyectar que, a pesar de incertidumbres y nubarrones, a final del presente ejercicio podamos alcanzar una cifra de no menos de 12 millones de turistas. Si bien todo dependerá de la intensidad con que soplen los vientos de la recesión económica en Europa en general, y en nuestros principales mercados emisores (Reino Unido y Alemania), en particular.

Al igual que respecto al snack de millo y papaya, la anticipación en la toma de decisiones (racionales) resulta estratégica para llevar a buen (aero)puerto a nuestro turismo en la antesala de la que se presupone temporada alta turística, la de otoño-invierno. Decisiones, por ejemplo, como las relativas al modelo de sistema de 'tax free' (libre de impuestos) a implantar en lo que a las compras de los turistas de terceros países (de 'fuera' de la Unión Europea) se refiere.

Porque que, en términos del turismo de compras, los actuales rectores de la Hacienda canaria se estén planteando establecer un sistema funcionarial propio –y lento- para la gestión de la devolución, ¡a seis meses vista! del Igic turístico a los viajeros de, entre otros, Reino Unido, Suiza, Noruega e Islandia, en lugar de acudir a los operadores privados homologados internacionalmente (Global Exchange, Travel Tax Free, Global Blue, que operan en la base de la inmediatez -devuelven el Igic en el mismo aeropuerto, el día en que nuestros visitantes regresan a sus países-), resulta, sencillamente, incomprensible.

Máxime cuando, por una parte, nuestros destinos competidores, nacionales (Baleares, Madrid, Andalucía, Comunidad Valenciana, …) e internacionales (Turquía, Egipto,…) se apoyan en dichos operadores privados para, precisamente, ser más atractivos como destinos de compras por esa agilidad en los procesos de devolución de impuestos. Como cuando, por otra parte, hasta la mismísima Aena, dependiente del Ministerio de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana, acaba de adjudicar, precisamente a dos de los operadores antes mencionados, la gestión de hasta ocho oficinas de 'tax free' en los aeropuertos de Madrid-Barajas y de Barcelona-El Prat.

Y es que, hablando de turistas británicos y del 'tax free', según ha publicado el diario 'El Economista', «La alerta de recesión en el Reino Unido provoca un tsunami de reservas turísticas en Canarias». Basando dicha noticia en informaciones aportadas por el mayor operador turístico del mundo, TUI, cuyos máximos responsables apuntan que «los viajeros británicos decididos a disfrutar de temperaturas más altas durante el frío europeo, cambiarán a destinos menos costosos de media distancia, como el Mar Rojo y las Islas Canarias, en lugar de viajes más caros de larga distancia, como el Caribe». Si bien ello, siempre con la cautela de que la espiral inflacionista no se eleve aún más y altere la recuperación lenta, pero constante, en la generación de nuevas reservas.

Y hete ahí, en modo economía de millo y papaya, una de las claves de bóveda de nuestro futuro turístico inmediato, vinculada en este caso al ya referido 'tax free'. ¿Estamos, en Canarias, en disposición de renunciar a ser también un atractivo destino turístico para las compras –y dañar aún más a nuestros comerciantes-, por culpa de un sistema de devolución de impuestos lento y farragoso?

Justo antes de la pandemia, y en previsión de la salida del Reino Unido de la UE, la multinacional Global Blue estimaba que, considerando unos cinco millones anuales de turistas británicos en Canarias, la posibilidad de que los mismos pudieran descontarse el Igic de sus compras en las islas, podía generar no sólo un destacado impulso a nuestro sector comercial, sino, por añadidura, una aportación adicional al PIB regional de hasta 120 millones de euros anuales.

Entonces, ¿qué? ¿Economía –pragmática- de millo y papaya? ¿O populista de escaparate, ajo y agua?

David Morales. Secretario ejecutivo autonómico de Turismo del Partido Popular en Canarias