Por si le interesa

Dichosas fotos de ‘hooliganismo’ político

13/02/2019

Gaumet Florido

Como un partido político de este país celebre una convención, mitin, desayuno, brunch o incluso una manifestación, da igual el contexto o el escenario, nuestros políticos, con cargo o sin cargo en puestos de responsabilidad, inundan las redes con fotitos posadas con el líder de turno. Y da igual la ideología. Ese hooliganismo idólatra no entiende de derechas ni de izquierdas. Ponen todos caras de no haber roto nunca un plato, secundan a la Pantoja y sus dientes, dientes, y arremolinan sus cabecitas a la del gerifalte que sonríe ufano, protegido, como entronizado, por esa corte de aduladores.

Los partidos políticos son hoy una especie de híbrido entre un club de fútbol y una secta religiosa

Y no digo yo que no puedan hacerse fotos con su admirado referente. Y que luego les hagan un altar en casa, que presida el salón o decore la vitrina, me da lo mismo. Allá cada cual. Lo que me parece infantil es que las blandan cual trofeo por el ágora digital. Y que encima luego se multipliquen como una plaga. Porque claro. Cada fan busca su cuota de gloria y nos replican la misma dichosa fotito en todos sus perfiles. Total, que te meriendas el posado 300 veces.

Ahora bien, más allá de que a uno le moleste o no, ¿le hacen daño a alguien? A nadie en concreto no, pero a la política sí. Para mí son un síntoma más de la degradación y banalización de uno de los pilares de la democracia. Los partidos políticos son hoy una especie de híbrido entre un club de fútbol y una secta religiosa. Imagínense la mezcla. Solo hay fanatismo, idolatría, postureo, radicalismo, clientelismo... Esas fotos dan la medida del nivel de los que nos manejan el cotarro. En el fondo, no hemos cortado tanto con el sistema caciquil que imperaba en la sociedad de los siglos XIX y parte del XX en España. Le dimos una capa de barniz democrático, pero poco más. Ahora los caciques lo son a escala nacional, visten de modernos y se mezclan más con la plebe porque viajan más, nos regalan selfis compartidos para las redes, te saludan y te hacen sentir que les importas, pero en el fondo los que los siguen en realidad les hacen seguidismo, que no es lo mismo, tienen una corte de serviles y les pasean bajo palio y sobre una alfombra roja. Y les dan la razón porque sí, porque mandan. Y punto.

Hay demasiado culto al líder. Es más, diría yo que en algunos casos se roza el mesianismo. Y hay también una galopante y muy inquietante apuesta por el simplismo en el discurso. ¿A qué se debió si no la ristra de insultos que le dedicó días atrás al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, el líder de la oposición, Pablo Casado? Quiso hablarle a las tripas de la gente, exaltar odios y rencores. Como cuando desde Podemos se habla con desprecio de PP, Ciudadanos y Vox y los llaman «trillizos reaccionarios». La política es otra cosa. Menos selfis y más diálogo, menos emoción y más cabeza.