Primera plana

Después del 10N

06/10/2019

Si se cumple la tendencia que marcan las encuestas, tras el 10N el PSOE vivirá una situación comprometida. No habrá terceros comicios y, en el último momento, el PP o un conjunto de fuerzas estarán dispuestas a una abstención técnica a favor de Pedro Sánchez a modo de mal menor y, sobre todo, evitar una nueva cita con las urnas que provocaría, como es natural, un gran rechazo ciudadano. De algún modo, el PP devolvería el favor que en su día le hizo el PSOE (el viejo PSOE según Sánchez) a Mariano Rajoy. Ya hay pretexto: una por otra. Devolver lo adeudado, aunque fuese motivo entonces para revolverse Sánchez contra los poderes fácticos y mediáticos del país. Los mismos que, al parecer, le impiden ahora entenderse con el resto de la izquierda. Y de esta forma Pablo Casado se justificaría ante Ciudadanos y Vox y no perder su propio electorado que el 10N le premiará.

«Estamos descubriendo nuevas etapas que nuestro sistema político en democracia no había experimentado nunca»

Gobernar así será un infierno político para Sánchez. Los sondeos, de confirmarse, certifican ya el error, el tremendo error, de Ferraz de forzar una repetición electoral para que diese un salto el PP a cambio de nada. La izquierda ha perdido una oportunidad histórica. Y a partir de ahora vale todo. Para empezar, para el propio electorado de izquierdas que ya mira a otras opciones ideológicas o fórmulas de gobierno; especialmente en aquellas regiones como Cataluña, País Vasco, Galicia y Canarias donde está implementado el nacionalismo. ¿Para qué votar al partido de siempre si luego este pega un giro y otro en función de las circunstancias? Si Sánchez lo ha hecho con los votos que la sociedad le ofreció, también la ciudadanía tiene derecho de actuar como estime conveniente. Quizá, sea fruto de la posmodernidad llevada hasta el último extremo.

¿Cómo se gobierna con una horquilla que podrá estar alrededor de los 120 escaños? Hay que lanzar reformas legislativas, aprobar los Presupuestos Generales del Estado y encima bajo la amenaza de que el Parlamento en cualquier instante te tumbe las iniciativas. Sánchez pudo haber gobernado desde el verano con Podemos y los nacionalismos periféricos y, por el contrario, todo indica que va a meterse en una ratonera. Por supuesto, él no dimitirá ni nadie a nivel interno le pedirá cuentas por haber llevado al PSOE a unos segundos comicios para acabar así. Es el cesarismo que se distingue por unas estructuras de partido de obediencia total y en las que entre el líder y la militancia no hay poderes intermedios ni contrapesos orgánicos reales.

El problema también lo tendrán las comunidades autónomas porque la inestabilidad que padecerá La Moncloa asimismo la sufrirán especialmente aquellas regiones donde gobierna el PSOE. Y así, como con la historia de la herencia recibida, puedes estar un tiempo pero no de manera indefinida. El comodín no sirve siempre. Esto generará tiranteces en un mapa institucional dominado por el multipartidismo que, pasado el 10N, se complicará con una inédita lógica de relaciones institucionales entre el poder central y el autonómico ya contaminado por ese mismo multipartidismo. Y, faltaría más, a la espera del rebumbio de Cataluña. Es decir, estamos descubriendo nuevas etapas que nuestro sistema político en democracia no había nunca experimentado. En fin, una dinámica político-institucional que conllevará sorpresas. Y se atisba una legislatura corta que más temprano que tarde originará otras elecciones generales.