El derecho a vivir en paz

El feminismo es pacifista por principio y por proyecto vital. El feminismo y, sobre todo, los derechos alcanzados para mujeres y hombres en este tiempo sin guerras en nuestro territorio es lo que querrán conculcar

Tribuna Libre
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El mantra dice que la primera víctima de una guerra es la verdad. Lamento discrepar: ante el estallido de una guerra, las primeras sacrificadas son la infancia y las mujeres. No imagino un marco más machista y contrario a la igualdad que el que manda a las mujeres a cuidar y a los hombres a matar.

Vaya división más artificial del mundo la que nos atribuye artes enfrentados, que no complementarios: uno pone en el centro la vida, otro la muerte.

Como si la cultura y el conocimiento no hubieran pasado por nuestras civilizaciones, el patriarcado retoma las riendas y ordena a las mujeres el regreso al espacio íntimo del hogar con todas sus miserias y quebrantos y a los hombres al público y bélico, con todos sus dolores y violencias.

Hay que conocer esta premisa y sus claros intereses contrarios a la igualdad entre mujeres y hombres para encajar, desde las opiniones que escuchamos en varios medios, hasta las propuestas económicas de las próximas semanas.

No es casual, ni mucho menos, que a la par que vamos incorporando en nuestro día a día la lógica de la guerra, vayamos viendo como suben los discursos políticos y mediáticos contrarios a la igualdad. Han pasado cuatro semanas y ya hay quien se atreve a cuestionar que el asesinato de hijas e hijos no son crímenes machistas, aunque les advierto que Canarias no olvida a Olivia y Anna, y por mucho que no quieran, sabemos de dolor de esa madre, de esas madres.

La lógica de la guerra es la escalada: no importan los sacrificios, lo relevante es seguir. Así que a más miedo, más armas y más muerte, más fácil será intentar restar de lo íntimo-femenino para sumar a lo público-masculino.

Este marco donde nos quieren meter cuenta con un enorme obstáculo a salvar: el hecho incontestable que la sociedad que hoy construimos y vivimos ha cambiado. Ni las mujeres vamos a abandonar nuestros espacios públicos ni los hombres van a querer salir de los íntimos.

El camino que hemos recorrido conjuntamente en igualdad y el que nos queda por recorrer nos ha brindado sociedades más felices, menos violentas y llena de oportunidades para todas las personas que en ellas habitamos.

Europa, España y Canarias no están en el momento social de principios del siglo XX. Nuestras sociedades no han olvidado las consecuencias de las guerras mundiales ni lo mucho aprendido de movimientos como el de las mujeres de negro. Nosotras no parimos para la guerra.

De hecho, ese lema insigne podría ser actualizado como 'ni parimos ni educamos para la guerra'. Esta organización nació ante la ocupación israelí y fue ampliando su trabajo a otros frentes. Yo tuve el honor de conocerlas tras la guerra de los Balcanes, cuando unieron a madres de ambos lados rotas por el mismo dolor: la pérdida de sus hijos. Es para mí imposible explicar la sabiduría y tristeza de sus miradas. La fuerza con la que salían cada jueves haciendo cadenas humanas para dejar claro lo evidente: que la muerte y el odio de las guerras la sufren las personas. Toda esa ciudadanía que sobrevive mientras en otros espacios se hacen estrategias geo-políticas del dolor.

Toda espiral tiene un fin, hasta la espiral de las guerras, en las que llega un momento que la destrucción, las enfermedades, la pobreza y el dolor de las muertes no las cubre el ancho y alto de ninguna bandera. Y de la mano se encuentran, cosidas por ese terror, quienes ya no tienen más que perder.

Las mujeres de negro crecieron como movimiento para dar cobijo, ayuda y herramientas a madres, padres y pacifistas de otras guerras. Yo no dejo de pensar en ellas desde hace 32 días que se inició esta nueva guerra que, al estar en territorio europeo, viene a querer cambiar la sociedad del bienestar y respeto de los derechos humanos que, con sus muchos defectos, hacemos cada día tras el fin de la segunda guerra mundial.

Les confieso que comencé este artículo queriendo desenmascarar las excusas que ya escuchamos para eliminar los presupuestos de igualdad que sostiene la vida con la excusa de sufragar los costes de la guerra. Pero el vergonzante cambio de postura del partido socialista ante el pueblo saharaui me ha hecho cambiar el rumbo. Si hay quien cree que la invasión rusa y la catástrofe humanitaria que está generando la guerra servirán para tapar esta traición al Sáhara, desconocen la profundidad del compromiso canario con la población saharaui.

No se puede apelar al respeto al marco internacional para atender la invasión en el norte del Europa y obviarlo para mirar las que ocurren en el sur. El paraguas de los derechos humanos no depende de la intensidad del viento en contra, sino de la fortaleza de quien lo sostiene.

Porque obviar principios tan fundamentales de la construcción del estado de bienestar surgido tras la II guerra mundial como la carta de los derechos humanos, el derecho de asilo, la libertad de los pueblos o el papel vertebrador de la ONU, parece mentira tener que decirlo, es exponernos de nuevo a la barbarie y al fascismo.

El feminismo es pacifista por principio y por proyecto vital. El feminismo y, sobre todo, los derechos alcanzados para mujeres y hombres en este tiempo sin guerras en nuestro territorio es lo que querrán conculcar. Aprovecharán el río revuelto para su particular ganancia de pescadores. Comenzarán no nombrando la violencia machista, un matiz, un cambio de términos, argumentarán; luego nombrarán el riesgo de la diversidad, y la libertad individual que representa, para seguir con el control de nuestros cuerpos, nuestra sexualidad y nuestros placeres.

No sé si existe tal cosa como un artículo preventivo, ni siquiera la eficacia que podría tener, lo que sí sé es que, antes de que nos martilleen para dividirnos y replegarnos, yo le doy la mano a quienes queramos seguir sumando en un mundo de posibilidades entre iguales y alejadas de la violencia.

Hay momentos para las diferencias y sus matices y otros, escasos pero vitales, para la unidad y su grandeza.

Siento que nos necesitamos enormes para defender lo hasta aquí logrado y brindarnos un futuro sin retrocesos en la igualdad. Para frenar el comercio de mujeres y niñas en las fronteras de esta y todas las guerras y seguir sosteniendo como bandera el derecho a vivir en paz.