Demasiados decibelios

Emilio González Déniz
EMILIO GONZÁLEZ DÉNIZ

No sé si me falla la memoria o es efecto del pasado confinamiento. Nunca tuve la impresión de que Las Palmas de Gran Canaria fuese una ciudad ruidosa, y eso que vivo en una zona muy transitada por guaguas y gente. De alguna manera, salvo una alarma de un coche que se disparaba accidentalmente, nunca pensé que la ciudad era ruidosa. Llegó el confinamiento y, de repente, solo faltaba que apagasen la luz de las calles. Todo era silencio, y con el toque de queda no pasaban ni coches, o eso me lo parecía. En algunos momentos, en las noches me zumbaban los oídos de puro silencio.

Antes de que se cumpliera el final del Estado de Alarma, el 9 de mayo, la ciudad se había animado algo, pero si ya el silencio no era hiriente como en el confinamiento, sí que había un silencio relativo, sobre todo por las noches, puesto que a partir de cierta hora estaba prohibido salir o circular, aunque siempre había quien se saltaba la norma. Pero llegó el 9 de mayo y acabó el Estado de Alarma. Fue como si hubiera descorchado a la vez mil botellas de champán, ese ruido que antes del 14 de marzo de 2020 pasaba para mí desapercibido, ahora tronaba en mis oídos.

Además, quitaron la obligatoriedad de las mascarillas en exteriores (salvo situaciones determinadas), y fue como si le quitaran las manos de la boca a la gente. Noto que se habla a gritos, o al menos me lo parece, y todo el mundo parece empeñado en que se note su presencia, sea guagua, coche, moto, persona o perro. Otros parecen confabulados para armar ruido y bulla porque sí. Frente a mi casa hay un a tienda que vende objetos de gran tamaño, y es como una maldición que cada día, sábados incluidos, desde primera hora de la mañana los operarios se hablan a voces mientras cargan y descargan los furgones a golpes. Luego, a las ocho de la mañana, ni operarios, ni furgones, ni ruido. Parece hecho adrede.

La zona donde yo vivo tiene las calles con el asfalto en muy malas condiciones, baches y grietas, y eso que hay una vía de mucho tránsito. En el tramo que está cerca de mi casa se dejan los neumáticos, la caja de cambios para reducir y los amortiguadores, y claro, ruidos, ruidos, ruidos. ¿Esto era así antes del 14 de marzo del año pasado o es que se han empeñado en hacer de la nuestra la ciudad más ruidosa del Mundo? Porque, a veces, como la guinda del pastel, se escuchan las bocinas gigantes de algunos barcos, que según mi abuela es para pedir práctico y entrar a puerto, como si hoy no hubiera tecnología para comunicarse sin necesidad de ese escándalo.

Antes la gente salía de cena, de fiesta o simplemente a tomar un café; pasaban, pero no lo notabas. Ahora es como si se quisiera demostrar que habido parranda, y a cualquier hora pasa un grupo de personas gritando, cantando o dando palmas. Y ya me parece que no es solo una impresión mía, porque he hablado con otras personas, de mi zona y de otras, y se quejan de lo mismo. Paseando por Las Canteras, la playa es un griterío, y ocurre en las zonas concurridas, como Triana o los centros comerciales.

Nunca me ha gustado el reguetón, pero ahora le tengo pura fobia. Pasan los coches a cualquier hora del día o de la noche con la radio a toda pastilla con el guineo repetitivo del reguetón, hasta el punto de que queda por encima del volumen de una conversación que yo mantenga en mi casa. Hace unos días, tuve que esperar a que el coche musical (es un decir) se alejara para continuar la conversación telefónica que mantenía, y el interlocutor al final me dijo que si estaban bombardeando mi casa. Por eso me dirijo a quien corresponda en el ayuntamiento para que se modere el ruido, y si hay que hablar con los capitanes de los barcos que piden práctico, pues se habla. Vale, los camiones de la basura son inevitables, pero hasta ahí. Demasiados decibelios.