Por si le interesa

Del cosas de niños al ‘bullying’

20/02/2019

Gaumet Florido

Suelo ver la botella medio vacía antes que medio llena, un pesimismo genético por herencia materna con el que tamizo buena parte de mi visión de la realidad. Pero hay veces en las que me toca reconocer que en algo hemos cambiado y que, además, lo hemos hecho en la buena senda. Es lo que siento cuando echo mano de la memoria, o mejor, cuando me la refrescan en tertulias familiares o de amigos, y se me vienen a la mente algunos lamentables episodios que me tocó vivir, afortunadamente, y perdonen el egoísmo, no en primera persona, de lo que entonces llamaban cosas de niños y que eran acosos crueles y despiadados a críos que, hoy por hoy, deben tener hasta secuelas.

Hoy, aunque el problema persiste y sigue siendo grave, hay otra conciencia. La administración se lo ha tomado en serio

Ahora me parecen sacados de una película de terror, pero eran pura y vívida realidad y estaban a la orden del día. Uno como chiquillo rezaba para que no le tocara. Llegué a ver, por ejemplo, cómo metían a un niño en un contenedor de basura y lo paseaban por el colegio, haciéndole creer que lo iban a dejar caer por la escalera de la cancha. A otro, ya en el instituto, lo encerraban en un armario y le daban golpes sin tino. Lo tiraban al suelo, lo pateaban, y el adolescente gritando, desconsolado... O le escribían todo tipo de insultos en la pizarra. Los fuertotes, los amos de la cañada, los abusadores, organizaban capoteadas. Así les llamaban. De repente señalaban a un niño y una turba enfervorecida de hormonas revueltas y testosterona, cual marabunta de zombis, se lanzaba a darle golpes a mano abierta, unos encima de otros. Y la criatura, empequeñecida, se protegía, encogida, agazapada, arrinconada.

Eso me tocó verlo a mí, pero mis hermanos, ahora por la treintena, vivieron episodios a mi juicio tanto o más humillantes. Como cuando la cogían con una chiquilla y una enloquecida masa de locos y locas la cosían a escupitajos. O cuando acometían verdaderas persecuciones en masa para moler a golpes a un compañero. En una ocasión, la víctima, presa del pánico, llegó a entrar como alma en pena, pidiendo auxilio a gritos en una tienda cerca de casa. Y mientras tanto, nadie parecía hacer nada.

Entonces se decía que eran cosas de niños. No actuaban ni las familias ni las comunidades educativas. Yo al menos no recuerdo ninguna intervención específica de los centros en los que estuve. En cambio, hoy, aunque el problema persiste y sigue siendo grave, hay otra conciencia. La administración se lo ha tomado en serio y ha fijado incluso protocolos de actuación. Me ha tocado vivir alguna iniciativa como padre y he notado la diferencia. Hubo un conato de bullying y se paró a tiempo. ¿Cómo? Con dinámicas de grupo, haciendo hablar a los chiquillos sobre lo que estaba pasando y cambiando formas de comportamiento. En esto al menos hemos cambiado a mejor.