Jaula y arco iris

Cataluña, algunos puntos sobre el 21D

24/12/2017

Las elecciones nacidas de las turbulencias de la DUI y del 155 no han cambiado sustancialmente la situación de Cataluña. Con una participación record, el independentismo resiste y conserva la mayoría absoluta, Ciudadanos aglutina el voto constitucionalista, situándose como fuerza política con mayor número de votos y de escaños, y los movimientos internos en los respectivos bloques hunden al PP y a la CUP, los dos extremos que, curiosamente, compartirán ahora el grupo mixto del Parlament.

Los que, como el que esto escribe, manteníamos alguna esperanza de que fuera factible una alternativa transversal, ajena al frentismo y capaz de representar las dos sensibilidades nacionales de la sociedad catalana, tenemos muy poco que celebrar. Los números no dan porque la ciudadanía así lo ha decidido. Como demócrata, respeto lo que las urnas mandatan, me guste más o menos.

«La CUP, por su parte, vuelve casi a los niveles de su ingreso en la vida parlamentaria catalana, allá por 2012»

Ese Gobern de izquierdas no es posible al imponerse el eje nacional sobre cualquier otro y, además, salir bastante debilitadas las formaciones progresistas. Las dos fuerzas ganadoras, Ciudadanos y JxC, representan a la derecha, sus intereses y sus programas, su austeridad y recortes en políticas sociales, aunque arropados por distintas banderas. Aunque eso no significa que ese factor haya sido el más relevante a la hora de que los votantes eligieran sus respectivas papeletas.

premio a cs. En el bloque unionista, Ciudadanos se come al PP y evita el crecimiento del PSC-PSOE de Iceta. Su enfrentamiento nítido al soberanismo ha sido premiado por una parte muy significativa del electorado catalán, que considera que Ciudadanos es quien mejor ha defendido ese espacio españolista y, asimismo, y no es menos importante, quien tenía más posibilidades de vencerles en la urnas. Pero el conjunto de votos (casi 1,9 millones frente a los 1,6 de 2015) y escaños de Ciudadanos, PSC-PSOE y PP son insuficientes para producir un cambio y continuarán en la bancada de la oposición.

Ahora bien, que Arrimadas regañe a PSC y PP por no crecer y, por tanto, no facilitar su investidura es una pataleta sin el menor fundamento. Si ella ha alcanzado los 37 escaños, además de la incorporación de nuevos votantes por el notable incremento de la participación (aunque menor que el que vaticinaban algunos sondeos), es, sobre todo, por el trasvase del voto conservador. Dicho de otra manera, si el PP llega a mantener el tipo -y el PSC a crecer como señalaban algunos sondeos-, Cs sería segunda o tercera fuerza política, en torno a 30 actas.

Lamentarse del sistema electoral, como también hizo la candidata, no viene a cuento. Por un lado, porque en esta ocasión le regaló unos tres escaños. Por otro, por el hecho constatado de que no es, en modo alguno, ni el peor ni el más injusto y desequilibrado de los autonómicos.

Si nos fuéramos al País Vasco es probable que los naranjas puedan obtener representación en Álava, como lo hacía UPyD, precisamente por un modelo que sobre representa a esta circunscripción (donde vale 3,5 veces más el voto que en Vizcaya), mucho más que el diferencial que hay entre Barcelona y Lleida (2,25). No digo nada si comparamos con Canarias, donde los diferencial llegan al 17 (El Hierro-Tenerife) o al 5,48 entre La Palma y Gran Canaria.

El PSC-PSOE, ni chicha ni limoná, pese a los intentos de Iceta de presentarse como el más dialogante del ámbito del 155. Aguantan apenas el tipo, ganando un escaño respecto a 2015, algo muy lejos de sus expectativas para estos comicios. Los dos grandes partidos estatales, PP y PSOE, tienen conjuntamente solo 20 escaños en el Parlament, es decir, el 14,81% de la Cámara. En 2012 eran 39 y en 2015, 27.

soberanismo. El otro bloque, el soberanista, incrementa también sus votos, pasando de los 1,96 millones de 2015 a los 2,06 millones del 21D. ERC y JxC, mejoran el resultado de JxS. Conjuntamente habían logrado 62 escaños en 2015 y este 21 de diciembre suman 66.

«Tras cumplir los ciudadanos y ciudadanas con su masiva presencia en los colegios electorales, les toca ahora hacerlo a las formaciones políticas. Logrando establecer un Gobierno que responda a las necesidades de la plural ciudadanía catalana».

El exilio de Carles Puigdemont ha causado más efecto electoral que la permanencia en prisión de Oriol Junqueras. ERC, favorita en todos los sondeos, ha sido derrotada, no solo por Ciudadanos, sino también por su directo competidor nacionalista. Puigdemont ha salido muy reforzado de la contienda y es difícil que sus hasta hace bien poco socios de Ejecutivo le puedan cuestionar su opción de regresar al palacio de la Generalitat, temas judiciales al margen.

La CUP, por su parte, vuelve casi a los niveles de su ingreso en la vida parlamentaria catalana, allá por 2012. Si en 2015 atrajo votantes de ERC a los que se les atragantaba JxS por la presencia de los herederos de Convergencia, las nuevas circunstancias han ocasionado un importante destrozo en los cuperos: pierden más de 140.000 de los 336.000 votos de entonces. Pero sus cuatro escaños pueden ser muy determinantes.

Y, en medio del bocadillo, CeC, que debe estar realizando una ofrenda floral a La Moreneta por los resultados. Y no porque estos sean positivos. La fuerza que ganó las últimas generales en Cataluña en estas autonómicas ha quedado en quinto lugar, reduciendo sus votos y escaños con relación a los comicios de 2015, pese a tener mejor candidato que entonces y haber intentado ser conciliadores, sin posicionarse claramente a favor de ninguno de los bloques. Pero no le toca jugar el papel de árbitro, que hubiese tenido consecuencias demoledoras, hiciera lo que hiciera, en Cataluña y en el conjunto del Estado.

Tras cumplir los ciudadanos y ciudadanas con su masiva presencia en los colegios electorales, les toca ahora hacerlo a las formaciones políticas. Logrando establecer un Gobierno que responda a las necesidades de la plural ciudadanía catalana y que no deje de lado la agenda social, neblinada por el proceso. Buscando soluciones para la relación, hoy conflictiva, entre Cataluña y España que no sean una repetición de los acontecimientos recientes. En mi opinión, solo desde una reforma constitucional y el avance hacia un estado federal hay posibilidades de romper la actual parálisis.

El pasado junio señalaba en este mismo medio que eran rechazables tanto el inmovilismo suicida como las decisiones a las bravas, “posiciones que no conducen a ninguna parte. Que solo generarán malestar, frustración y distanciamiento”. Seis meses después, con todos los acontecimientos que han enturbiado aún más la situación de Cataluña, me reafirmó en esa posición. No cabe cerrar los ojos y hay que buscar soluciones que permitan, desde el respeto a las diferencias, un proyecto común.