Jaula y arco iris

Borrando voy, borrando vengo

04/07/2018

En vez de «volando voy, volando vengo», como en la canción de Kiko Veneno que tan magistralmente interpretó Camarón, estos días veraniegos se está imponiendo el «borrando voy, borrando vengo». Al menos en lo que hace referencia a Twitter. Lo que escribí ayer o hace cinco años puede poner en riesgo mi designación para un cargo público. Eso parece pensar cada vez más gente, visto como se las gastan en las redes sociales cuando se produce un nombramiento o se atisba que alguien puede ejercer determinada responsabilidad.

Entonces, centenares de personas ávidas de sangre se dedican a margullar en las mismas en busca de ocultos tesoros en forma de frases desafortunadas e inoportunas de las que sus autores hoy podrían arrepentirse; y que pueden obligarles a una dimisión fulminante en el recién estrenado cargo o, incluso, a que renuncien a él previamente. Como si todos no cargáramos a lo largo de nuestra trayectoria vital con una pesada mochila de aciertos y errores. Y no tuviéramos derecho a rectificar y a cambiar de opinión. Aunque es cierto que hay pecados veniales y otros mucho más graves, y que a mi juicio inhabilitan para una responsabilidad pública, como el racismo, el machismo o el aplauso o justificación de los defraudadores fiscales.

Coherente. La pesada losa de los tuits comienza a ser un problema. Y si no que le pregunten a Andrés Gil y Ana Pardo de Vera, que compitieron arduamente en trabajos de eliminación: algo más de 13.000 tuits el primero, superando los 21.000 esta última, menos contenta, por lo que parece, con su trayectoria tuitera. Fueron, al parecer los dos candidatos en liza tras rechazar Podemos a Arsenio Escolar, en mi opinión con más trayectoria profesional y menos significado políticamente. Por cierto, Escolar no tuvo que realizar tareas de eliminación de tuits, probablemente por ser más mesurado y coherente; tal vez por eso no pasó la criba.

Pero, en todo caso, el guirigay que se ha organizado en la renovación de RTVE ha sido del todo impresentable. Y las dos grandes fuerzas de la izquierda, PSOE y Podemos, han repetido sin inmutarse los graves errores que han llevado a la tele pública a ser un juguete en manos del Gobierno de turno. Se podía empezar peor, pero era difícil, había que ponerle mucha voluntad, mucho esfuerzo, enormes dosis de vieja y anquilosada política.

El poco decente intercambio de estampas. Las declaraciones de Pablo Iglesias en un programa confirmando, tan contenido como casi siempre, que ya tenían elegido al nuevo presidente de RTVE, sin que dispusieran de la mayoría necesaria para ratificarlo. La forma en que han quemado a varios de los posibles candidatos. La sensación de que les importa poco el servicio público, los buenos profesionales y la misión que debe cubrir una televisión que da la impresión que quieren controlar para sus intereses partidistas. Olvidando de golpe lo que criticaban hasta hace muy pocas semanas.

«Considero que se debió pensar desde un principio en alguien, preferentemente de la casa, y con los criterios de profesionalidad, capacidad de dirección y gestión»

oportunidad perdida. Lo que hemos observado estas jornadas constituye una oportunidad perdida para mostrar otras formas de hacer las cosas y apostar, de verdad, por una tele pública al servicios de los ciudadanos y ciudadanas, así como del relevante sector audiovisual. Y los errores están ahí, por mucho que resulte absolutamente obsceno que el PP critique un proceso que ellos hicieron con procedimientos similares y que ha llevado a RTVE a cotas mínimas de credibilidad, a situaciones de auténtica vergüenza por su manipulación y partidismo.

Es cierto que, en general, este ha sido el comportamiento de los gobiernos sean del signo que sean. Con muy pocas excepciones. Como la del presidente Zapatero que logró el nombramiento de Oliart y abrió una de las etapas de más prestigio e independencia de RTVE, con Fran Llorente al frente de los informativos. Y, aquí en las Islas, cuando Román Rodríguez, resistiendo las presiones de su partido de entonces, nombró en la televisión canaria a una persona, Paco Moreno, sin la menor proximidad a su formación política y solo avalada por su gran experiencia y profesionalidad; luego su sucesor, Adán Martín, haría justamente lo contrario, situando al frente de la RTVC a su jefe de gabinete, sin el menor disimulo.

Lo que hemos podido observar estas semanas resulta tan lamentable como desmoralizante. Como me decía un amigo, muestra una enorme endeblez democrática y confirma el intento de burdo control de los medios de comunicación públicos. Además, el candidato o candidata a la Presidencia, así como el conjunto del Consejo, debieran contar con el mayor consenso posible. Se me dirá que PP y Ciudadanos harán lo que sea para boicotear el proceso. Vale, lo doy por descontado. Pero es que ni siquiera se molestaron en hablar con el resto de las formaciones que le apoyan en el Parlamento, las que posibilitaron el éxito de la moción de censura contra Rajoy.

Considero que se debió pensar desde un principio en alguien, preferentemente de la casa, y con los criterios de profesionalidad, capacidad de dirección y gestión. No con los de simpatía a este u otro proyecto partidario. Como bien ha señalado el lúcido y veterano periodista Agustín Valladolid: «Hay que respetar a los trabajadores de RTVE, sí, pero hay que respetar sobre todo a la sociedad española». En mi opinión, en el caso que nos ocupa no se ha hecho en modo alguno. ¿El cambio en la tele consiste en pasar de que la dirijan máximos directivos peperos a muerte a que lo hagan otros podemitas o socialistas hasta la médula? ¿Es una reproducción actualizada de aquellas posiciones de 2016, cuando Iglesias exigió controlar los ministerios de Economía, Defensa, Educación, Justicia o Interior?

Viendo la lista de propuestos y propuestas al nuevo Consejo de Administración, echo en falta gabilondos, es decir cabezas bien amuebladas, sensatas y prudentes, y menos partidismo y sectarismo, como el que destilan varios de los aspirantes. No soy diputado en las Cortes, pero si lo fuera me negaría a ofrecer mi voto a favor de un órgano en cuya composición no se busca el consenso ni que estén los mejores, sino los más afines a los partidos que han tejido un acuerdo incalificable, con modos y maneras muy propios de la casta que antes denunciaban. Con nocturnidad y alevosía. Nueva política 1, Las Palmas 2.