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No solo el de la capital, también nuestro Neptuno, el que, imponente, ejerce de vigía en la playa de Melenara, lució este fin de semana el rojiblanco por el triunfo liguero del Atlético de Madrid. Porque el equipo colchonero, después de Barça y Madrid, es el que más adeptos guarda en todos los rincones del país. Una universalidad conferida por el sentimiento de equipo obrero, humilde entre los grandes. El que incordia a los poderosos. El que suele perder tras pelear de manera conmovedora hasta el final. El pupas de toda la vida.

Y yo, cada vez más desapegado al Barça -solo Pedri y el recuerdo de Messi hace que mantenga la afección- por las vergüenzas de sus directivas y la progresiva pérdida de la filosofía, me alegro de esta ruptura del clásico binomio. Aunque llegue por el alarmante descenso de calidad, refrendado en Europa, de blancos y blaugranas. Aunque el Atleti, con las inversiones en fichajes y sueldo de sus galácticos tenga de modesto casi lo que el fútbol de nuestra pobre UD de divertido. Pero al menos así recuperamos la emoción de antaño. Y si hubiese sido el Sevilla, bético como soy yo, el que campeonara, pues mejor aún. A falta de público en los estadio que de calor a este espectáculo que, tras reinar en otras etapas, pasa por un bache en nuestro país, la emoción supla al descenso del talento.

Aunque sea por la reivindicación de Luis Suárez, al que quisieron jubilar en el Barça y con sus goles, fruto más de fe que calidad a sus 34 años, y pese a coleccionar mil trofeos, ahí estaba llorando exhausto en el césped mientras hablaba con su familia tras ser el héroe de otro título. Esa es la victoria que de verdad identifica.

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