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Cada vez que desaparece alguien que está en la memoria colectiva –como ahora acaba de suceder con el entrañable y magnifico José María Íñigo- suele decirse que estamos cerrando un período de la historia. Y en cierto modo es así, pero ocurre con tanta frecuencia que siempre estamos en el final de una época, y casi nunca está claro si, al mismo tiempo, es el comienzo de otra. A veces se percibe por hechos puntuales que son distintos a lo habitual, como que le concedan el Premio Nobel de Literatura a un cantante como Bob Dylan, lo cual puede hacer que nos preguntemos por qué no tienen el mismo galardón la bailarina Anna Plisetskaya, Pablo Picasso o la tenista Steffi Graf. Con la nueva idea de que la literatura puede estar en todas partes, cualquier disciplina puede alcanzar un premio literario... Bueno, no todas, creo que la literatura queda fuera. Con este nuevo manejo de los conceptos, quienes escriben podrían optar a un Grammy, a un Oscar o incluso al Balón de Oro. Como cantó el mentado Dylan, los tiempos están cambiando.

Esto significa que hemos entrado en una etapa en la que no se valora el pensamiento, la imaginación y la creación de mundos de ficción para explicar el nuestro. Eso ya se hace en una canción, en un cuadro y hasta en un meme que te llega por whatsapp. Ese tiempo en soledad frente a la página de un libro que ha sido pensado para tratar de indagar en el ser humano ya no se lleva. Sé que muchas voces –incluso de escritores- entienden que es muy justo que Bob Dylan sea Premio Nobel, porque ha llevado a sus letras los sentimientos, las grandezas y las miserias del ser humano, y con esa teoría ya son candidatas seguras las chirigotas y las murgas carnavaleras. Vale, tienen que ser con poco cachondeo, como Violeta Parra, Chabuca Granda, Atahualpa Yupanqui, Serrat, Georges Brassens y la bolerista Consuelo Velázquez, autora de Bésame mucho. Ah, no, tampoco, que estos no cantan en inglés ni hablan de la metrópoli del imperio. Como mucho, habrían tenido alguna posibilidad Leonard Cohen y Bruce Springsteen. He podido observar que, en el fondo, la rabiosa modernidad a toda costa consiste en un incurable complejo de inferioridad combinado con grandes dosis de esnobismo.

Nos dijeron que se cerraba una época cuando murió Franco y nos lo repitieron la noche que cayó el Muro de Berlín, la fatídica mañana neoyorkina en que fueron derribadas las Torres Gemelas del World Trade Center y cuando se desinfló la burbuja que dio inicio a la bestial crisis económica que hizo que se parara en seco medio mundo. Pero no es cierto, ni siquiera con estos hechos de enorme transcendencia se cierra una época, porque todo remite a la misma lucha de siempre, opresores y oprimidos, la lucha de clases que los neoliberales dicen que es una antigualla. En eso tienen razón, es muy antigua, pero sigue ahí, pues mientras unos se desangran en la pobreza cercana a la esclavitud, otros tratan de mentirnos como si no fuese muy visible la injustica, la desigualdad y la maldad intrínseca de un sistema que ha pervertido los valores, porque si las nuevas generaciones no aprenden a pensar les será más fácil seguir dominando. Como en 2019 van a otorgar dos Premios Nobel de Literatura porque este año no se concede (ya saben el lío que hay en la Academia Sueca), propongo que le den uno a Kim Kardashian y otro a Maluma, y así cubren incluso la cuota de género.

Pensándolo bien, sí que estamos entrando en una nueva era, la de la ignorancia promovida desde las grandes multinacionales de la sociedad de la información, que encima obtienen ganancias multimillonarias vendiendo basura. Toda esta sucesión de cosas son en realidad la consecuencia de un hecho anterior y causa de otros subsiguientes. Que se haya muerto José María Iñigo no cierra ninguna época desde el punto de vista colectivo, aunque deje un gran hueco en la memoria de millones de persona a quienes su nombre invoca la nostalgia; “cómo a nuestro parecer, / cualquiera tiempo pasado / fue mejor”, y es que los versos de Jorge Manrique demuestran cuán necesario es formar el pensamiento, por eso no quieren que se aprenda a pensar. Y seguimos cabalgando el zapping cerebral, que el Mundial de Rusia ya está aquí.

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