Momento en el que se anunció la concesión del premio Nobel de Economía. / EFE

Como anchoas en una pizza

Gaumet Florido
GAUMET FLORIDO Las Palmas de Gran Canaria

Quién se lo iba a decir a Fukuyama, aquel politólogo que en el contexto de la caída del comunismo soviético, llegó a proponer su famosa hipótesis del fin de la historia. Sostenía que esta, en tanto que lucha de ideologías, había terminado, y que la democracia liberal se había impuesto. Quizás se dejó llevar por la euforia que le provocó el fin de la URSS, que yo, por cierto, habría compartido, como habría celebrado la desaparición de los sistemas fascistas, pero infravaloró en exceso la fuerza movilizadora de las ideologías. O más bien, la capacidad de ciertas elites para instrumentalizarlas en beneficio propio.

Para lograrlo necesitan un caldo de cultivo. Si no, no funcionan. Ya lo tuvieron en la sociedad pauperizada de entreguerras en el siglo XX y ahora la han vuelto a encontrar entre los despojos que dejó la crisis del 2008. Luego, puestos en faena, solo tienen que tensar la cuerda hasta donde puedan. Ahora justo estamos en esa fase. Lo hacen unos y otros, y en ese impulso radicalizador, las ideologías, en su concepción más extrema, lo manchan todo.

Son como las anchoas en una pizza. No te dejan apreciar el resto de sabores. Ha pasado con el Nobel de Economía otorgado al trabajo científico y teórico de tres economistas que ahora se ven envueltos en el pim pam pum de los dos bandos. Dan igual sus méritos. Solo importa cómo lo patrimonialicen unos y otros.

Picasso ya no es un genio de la pintura. Para unos es un rojo hipócrita que cobró por El Guernica; para otros, un adalid internacional de la república. Y el Papa Francisco. Para los nostálgicos del franquismo, el hijo de Satán. Y para los otros, los que desprecian el pacto del 78, un símbolo de que otra iglesia es posible. No hay casi cualidades ni trayectorias que se libren de ese maniqueísmo.