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Amigos de toda la vida

¿Tan difícil resulta dirimir las diferencias con la palabra y abogar por la sonrisa?

Vicente Llorca Llinares
VICENTE LLORCA LLINARES

Son amigos de toda la vida, de una larga vida. Uno de ellos se acerca renqueante, de hace unos pocos años para acá, a los noventa; y el otro, octogenario recién estrenado, luce una estampa envidiable y una salud solvente. En ambos el humor y el buen ánimo son marcas de la casa, siempre que los achaques lo permitan.

Uno apenas oye, lo que no le evita ser un buen conversador; el otro es un escandaloso, dicharachero y de carcajada sonora. El primero es del Real Madrid, «a muerte», se ve hasta los partidos de los juveniles; y el otro un colchonero acérrimo que no ha dudado en viajar para ver las dos últimas finales de Champion que disputó, selladas ambas con dolorosas derrotas, el equipo de su alma, «porque llegó a tener hasta diez canarios al mismo tiempo en su plantilla».

Ambos atesoran una experiencia vital intensísima, curtida en los muelles de la capital grancanaria, repleta de anécdotas, sabores y sinsabores. Su fresca memoria les permite recrear con exactitud cientos de episodios de la historia reciente de esta ciudad. Amantes de la zarzuela, hasta hace bien poco allá que se iban ambos a disfrutar del canto que les cautivó desde pequeños. De hecho, en alguno de sus encuentros no cuesta mucho arrancar al mayor una pieza, que entona con su voz profunda y sentida.

Han compartido alegrías, miserias, grandezas, pérdidas y encuentros. Tiempos de escasez y de bonanza. De sus bocas no oirán ningún despecho. Sin embargo, recientemente, por un quítame allá un gesto, seguramente por los dolores físicos de aquel día, uno se molestó con el otro y el otro con el uno. Y el dolor, el sentimental, se anudó en los corazones de los dos amigos de toda la vida y les estaba quebrando. No lo podían disimular.

Pero, la amistad, la verdadera amistad no se quiebra por un gesto. Bastó un nuevo encuentro, casual, para que se dijesen cuanto le había molestado lo del uno al otro y lo del otro al uno. ¿Cómo niños? No, como amigos de toda la vida, de una larga vida. Sellaron diferencias y se abrazaron. El más extrovertido incluso besó sonoramente en la mejilla al mayor y compartieron comida, otra vez risas, conversaciones y complicidades. Diferencias saldadas.

Viendo el mundo como anda, como se comporta la clase política, ¿tan difícil resulta tratarse como dos venerables amigos, dirimir las diferencias con la palabra y abogar por la sonrisa, el entendimiento y el buen ánimo?