Aula sin muros

Al límite de una nueva adicción

21/10/2018

Hace un tiempo la ONU, siguiendo informes y la recomendación de la Organización Mundial de la Salud, declaró que el uso reiterado de móviles, tabletas y demás artilugios de alta tecnología puedan ser considerados como una adicción, tan peligrosa como la de las drogas o el alcohol.

Una noticia de final del verano, respecto a los móviles, ha despertado el interés y la curiosidad del mundo del fútbol de alta competición: el nuevo seleccionador de la Roja, selección nacional de fútbol, aconsejado por el psicólogo que forma parte de su cuadro técnico, ha prohibido que los jugadores hagan uso, se entretengan en sus pequeños plasmas, a ciertas horas, porque impide el diálogo y la comunicación entre los jugadores.

Nada extraño a cualquiera que observe como transcurre una conversación, copeo o comida entre amigos o el momento en que una familia se sienta a la mesa sin que los hijos dejen de responder al incesante silbido de los pequeños artilugios.

Me remito a algunas de las últimas noticias sobre el uso de móviles y smarphones, en especial en niños y adolescentes. Por ejemplo, que existe una gran mayoría que duerme con el móvil cerca de la cama y el pupitre de estudios. Que es una, si no la más, forma de pasar su tiempo de ocio y tiempo libre. Y una costumbre que ha remitido, más ser una prohibición que por convencimiento, de llevarlo, mezclado con libros y material escolar, en las mochilas.

El parlamento francés ha prohibido su uso en los niveles de Educación Primaria, Secundaria y Bachillerato de las escuelas y colegios de la República. En España, hasta el momento no hay normativa y se deja la iniciativa a los consejos escolares y juntas de profesores de las comunidades autónomas. La polémica suscitada, en el inicio del presente curso escolar, acerca de la propuesta del Gobierno de Canarias sobre la implantación de juegos de alta tecnología en las escuelas terminó con el paso de la papa caliente a la dirección y los consejos escolares del centro escolares.

«Los adolescentes de hoy, los famosos posmillennials ya han superado el impacto, asumen estar adheridos a sus móviles como una prolongación de sus manos»

Hace un tiempo escuché como un adolescente de 14 años se ufanaba de que, al volver recuperar su móvil que sus padres le habían retirado, durante tres días, por haber suspendido en una evaluación se encontró con más 300 mensajes de WhatsApp. Ya existen estimaciones de que, en cientos de hogares, niños y adolescentes pasan más de cuatro horas diarias colgados a sus tabletas y móviles.

Hace un tiempo que la ONU, siguiendo informes y la recomendación de la Organización mundial de la salud, declaró que el uso reiterado de móviles, tabletas y demás artilugios de alta tecnología puedan ser considerados como una adicción, tan peligrosa como la de las drogas o el alcohol.

La señal de alarma ya ha saltado en los hogares y escuelas. Otros indicadores de que estamos ya al límite de una auténtica adicción son que disminuyen los contactos sociales con sus iguales, se resiente el bolsillo de los padres y, sobre todo, que aparecen reacciones de ira, irritación, inquietud y ansiedad cuando, por alguna razón técnica, no tienen a su alcance alguno de los artilugios que les conecta, de forma virtual, con el mundo o con una amiga o amigo al que pueden ver con solo cruzar la calle.

Al respecto un informe de la OCDE da cuenta de que el 69% de los jóvenes reconocía sentirse mal cuando no tenían el móvil a su alcance. Como contrapunto, un joven que llamó a una emisora, después de un bloqueo, por un fallo técnico en las redes, afirmó que ahora se había percatado de lo maravillosa que era su familia.

Tal como ocurre con el resto de otras adicciones asistimos ante el síndrome de abstinencia o el conocido mono.

Como escribió, respecto a la red social Facebook, el experto en Mercado-tecnia Adam Alter: «En 2004 Facebook era divertido, en el 2008 era adictivo». Existen informes de toda solvencia de que los adolescentes de hoy, los famosos posmillennials, (no entiendo como se emplea el anglicismo cuando me parece más nuestro, hasta más poético, los nacidos después del milenio), ya han superado el impacto, el desajuste que siempre trae lo nuevo, que ya asumen estar adheridos a sus móviles y tabletas como una prolongación más de sus manos y asiento en las neuronas.

Que estos adolescentes del nuevo siglo parecen más satisfechos de sus estudios e integrados en el hogar, entre otras razones porque los padres de hoy distan mucho de ser los de generaciones anteriores donde campaba el autoritarismo, la falta de diálogo, cuando no la vara, pero que, por el contrario, se encuentran más solos, hay un mayor índice de adolescentes deprimidos necesitados de tratamiento, entre los que abundan los que manifiestan ideas suicidas.

Todo lo cual hace que el uso de un instrumento que propicia el contacto sea, en muchas ocasiones, más un inconveniente, un riesgo que una ventaja. Tanto que ha sembrado cierta alarma entre expertos y comunidad educativa que lo consideren como una autentica amenaza para la salud de menores y adolescentes cuya máxima responsabilidad, en última instancia, corresponde a las propias familias. A tenor de estos datos y advertencias es posible que algunos padres desistan de la promesa hecha a sus hijos de comprarles el último y más caro invento de móvil como regalo de Navidad, Reyes o cumpleaños.