Acostumbrados a vivir entre la basura

«Como nadie ha hecho nada durante años, la basura provoca un efecto llamada para los desalmados»

Alberto Artiles Castellano
ALBERTO ARTILES CASTELLANO

El geógrafo grancanario Lorenzo Quesada presentó su tesis doctoral en la Universidad de Sevilla titulada Localización y caracterización de los vertederos ilegales en las Islas Canarias. Modelado espacial y temporal de la ocurrencia de vertederos ilegales, con la calificación de sobresaliente cum laude con mención internacional. En su excelente trabajo se analizaron 286 vertederos ilegales en Gran Canaria través del trabajo de campo y ortofotointerpretación que realizó en 2016, reflejando una radiografía desoladora de una isla que vive de su imagen y del turismo. Trabajos como el de Quesada confirman con datos una realidad que se ha normalizado en las últimas décadas en el archipiélago. Porque las montañas de escombros no son exclusivas de Gran Canaria, de hecho el galdense contrapone esta isla a la realidad de La Palma, con 153 vertederos ilegales. Una cifra alarmante para una marca que vive del turismo de naturaleza y que tiene una industralización inferior.

El detallado, esclarecedor y premiado estudio de Quesada ratifica años de inacción institucional y de falta de concienciación ciudadana. En muchos puntos del archipiélago, y de Gran Canaria concretamente, es fácil encontrar los enseres de una vida (o varias) esparcidos en tierra de nadie. Invernaderos convertidos en escenarios de una película de terror. Sacos de azulejos pasados de moda abandonados en la clandestinidad de una noche cualquiera. Un sofá rojo. Dos sillas verdes un poco más allá. Álbumes de fotos ajados por el tiempo, el sol y el viento. Un colchón. Dos. Tres. Cuatro... El tambor de una lavadora, parte de lo que fue una cocina, neumáticos por doquier. También objetos de labranza, cajas de frutas y verduras, restos de rafia, recuerdos de lo que un día fue un vergel. La despensa que alimentó a la isla.

El plástico ganó a la vida. Desde el aire, casi a ras de suelo, la estampa es apocalíptica. Un campo de minas inerte en terrenos de la cumbre o en la costa, a golpe de vista del turista. Como nadie ha hecho nada durante años de desidia, la basura provoca un efecto llamada para desalmados e irresponsables. Como si de un imán se tratase, la porquería se ha normalizado. Convivimos con ella. Tanto que para los lugareños ya no chirría ver cauces de barrancos cubiertos de muebles viejos y restos de obras, así como mares de plástico donde antes se cultivaba, forman parte de una fotografía habitual a la que nadie extraña.

El Cabildo invirtió en los últimos meses millones para recoger la basura, pero pronto esos solares volverán a lucir igual. Es cuestión de educación. Como decía el refrán, «no es más limpio el que más limpia, sino el que menos ensucia».