Fallo de diseño

Rosa Palo
ROSA PALO

Los cables se conectaron al revés. Esa es la explicación que han dado los responsables de la puesta en órbita del satélite español Ingenio para justificar el fracaso de la misión. Que ya es mala suerte ponerle Ingenio a un satélite y que se te vaya a hacer puñetas por un fallo humano; es como llamar León a tu hijo y que te salga un sin sangre. Pero a lo que iba, que me pierdo yo también, como el satélite: me fascina que, en lugar de atribuir el error a un fallo de diseño y de excusarse en un discurso trufado de indescifrables vocablos tecnológicos, se achaque el desastre a la simpleza de un par de cables mal conectados. Lo leo y veo a Tony Leblanc vestido de astronauta en la base de la SANA (Sociedad Anónima de Naves Aeroespaciales) equivocándose con los enchufes. Ya ves, una cosa tan tonta, y se van al garete doscientos millones de euros en ocho minutos. Ni Lola Flores jugando en el casino perdió tanto en tan poco tiempo.

Unos cables conectados al revés pueden explicar muchos errores. Los del satélite y los nuestros, esos que te vienen a la cabeza cuando te estás lavando los dientes y te dejan un sabor acre en la boca que no te quita ni la clorofila del dentífrico. Tenemos una mala conexión en algún lado que nos lleva a cometer equivocaciones, y otra mala conexión que nos impide olvidarnos de ellas, condenándonos a revivirlas. Pero eso no es un fallo humano, sino de diseño: nos proyectaron sin la posibilidad de pulsar dos teclas al mismo tiempo y deshacer nuestras faltas, sin darnos la oportunidad de eliminar la memoria del disco duro; al contrario, las equivocaciones las recordamos con nitidez 4K. Y ni siquiera nos han puesto Photoshop para borrarnos las arrugas sin pasar por quirófano.