Voces, palabras

Entre amigos y edades que se cumplen

22/12/2018
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Durante nuestro deambular por la vida vamos almacenando recuerdos, pues los años abren nuevos... y a veces precipitados caminos. Algunos de aquellos son producto, precisamente, de la natural disposición para relacionarnos con el entorno (Gáldar, por ejemplo). Otros están directamente asociados a seres humanos, aunque también es cierto que al paso del tiempo son cientos los olvidados, pues de su existencia muy poco recordamos: acaso sombras, ficciones... (Por suerte se impone la vida sobre la nada.)

Sirva un ejemplo: lápidas de cementerios llevan inscritas frases acaso sinceras en su momento (quizás reflejos de agradecimientos por beneficios testamentarios)... pero absolutamente invalidadas años después. Así, recuerdo una de ellas tras la última visita al silencio sepulcral (no como protagonista, sino acompañante): tras el R.I.P. (Requiescat In Pacem, ‘Descanse en paz’) figuraban nombre y apellidos del difunto e incluso la juvenil edad nonagenaria, angelical criaturita, casi en testosterónica pubertad testicular. A continuación, un texto: «Tus hijos, nietos y biznietos nunca te olvidaremos». Emotivo sentimiento, pero a la vez perenne mentira: lleva diez años enterrado (más exacto, ennichado). Sin embargo, su decadencia física (la del nicho, claro, no del homérico pollillo) me trasladó a tumbas centenarias.

En efecto. El perpetuo morador durante el último decenio –con halagüeñas perspectivas de continuidad- solo tiene animalescos acompañantes, las arañas, hábiles tejedoras ya casi dueñas absolutas de todo: nadie ha limpiado, adecentado o enjuagado el grisáceo mármol desde trienios atrás. Más: algunas letras de los apellidos han sido borradas por la acción natural, como cantó Pedro Lezcano tras ver su nombre en un colegio de Jinámar: al paso de los años algún niño «de una buena pedrada echará abajo / mi apellido paterno. / Y quedará Colegio Pedro, a secas. / ¿Quién será este don Pedro? / El profesor de turno / contestará perplejo: / -Yo lo sabía antes, / pero ya no me acuerdo».

Aquel R.I.P. tan destacado tiene, además, connotaciones religiosas: son las iniciales de tres palabras latinas, lengua milenaria en la Iglesia católica (Buck Mulligan, al comienzo de Ulises -1922-, novela de Joyce, eleva al aire el cuenco de espuma para el afeitado y entona: Introibo ad altare Dei -‘Entro al altar de Dios’-, como el sacerdote en la misa. Y contestábamos desde la Acción Católica, galardón del ibérico solar: Ad Deum qui laetificat juventutem meam -‘Al Dios que es la alegría de mi juventud’-).

Algunos, estimado lector, no estarán de acuerdo conmigo. Pero donde figure un R.I.P. latino debe quitarse el español D.E.P. (‘Descanse en paz’), pues al inquilino el primero lo hace más universal, más globalizado, incluso hasta más cósmico. A fin de cuentas la lengua del Lacio dio lugar a once descendientes románicas. Y lo mismo catalanes, rumanos, sardos, franceses, italianos, portugueses... pueden charlar con el yacente (de cúbito prono o supino). E incluso podrían darle alguna palmada (simbólica, eso sí: fémures, tarsos, húmeros, cúbitos... no soportarían efusivos manotazos, se desharían. Ya se sabe: Pulvis es et in pulverum reverteris –‘Polvo eres y en polvo te convertirás’).

Por otra parte la construcción latina representa la habilísima estratagema propagandística de la Iglesia medieval: la vida es un valle de lágrimas. Venimos a ella para sufrir y padecer. Y cuanto más trágica y dolorosa sea, mayores méritos para la otra, la eterna: cuando muramos, pues, descansaremos en paz (in pacem). Ya lo dejó escrito Jorge Manrique (siglo XV), acaso como epílogo de un tema medieval hondamente caracterizador: «Partimos cuando nascemos, / andamos mientras vivimos, / e llegamos / al tiempo que fenescemos; / así que cuando morimos, / descansamos». Y lo recuerda año tras año la Iglesia, a veces con personales decadencias memorísticas.

Por contra –ya hay visión nada patética de la vida- Garcilaso (siglo XVI) invita a goces y placeres, incita a las delicias juveniles: «Coged de vuestra alegre primavera / el dulce fruto, antes que el tiempo airado / cubra de nieve la hermosa cumbre». La muerte, pues, ya tan próxima, no será el descanso eterno: muy al contrario, traduce el final de todo lo placentero que la vida ofrece. Pero como poetiza Quevedo (siglo XVII), el cuerpo podrá morir; no obstante, llama, venas, medulas que ardieron... «serán ceniza, mas tendrá sentido; / polvo serán, mas polvo enamorado».

Y si se trata de profesiones en las cuales la masa (como conjunto de seres humanos) es el elemento de trabajo, el número de personas conocidas y tratadas se multiplica hasta alcanzar cifras muy altas. La memoria, entonces, se vuelve selectiva y sucede lo normal: es imposible mantener vivos todos los rostros de conocidos con quienes durante la vida profesional mantuvimos alguna relación.

En el caso de los profesores, un valor añadido: el paso de la niñez a la primerísima juventud transforma fisonomías y estructuras de los alumnos de Primaria. Igual sucede en los jóvenes, alumnado que tuve a lo largo de mis decenios en el aula: cambian físicamente desde los 16 o 17 años hasta los 40, evolución a veces casi total (cogen peso, pierden pelo o encanece, se dejan barba...).

Pero es más intenso en las jóvenas de tales edades pasadas cuyas figuras han dejado vaqueros, camisetas, adidas y tímidos afeites para cambiarlos por otros elementos acaso más sofisticados, la moda va imponiendo. Y si por medio se han dado una o dos maternidades, el cambiazo puede ser absoluto por natural.

Sin embargo cuánta satisfacción da encontrarlos por calles, teatros, cines... exquisitamente vivos para la vida, pletóricos de ímpetus todavía juveniles, casi veinteañeros, cargados de ilusiones... La vibración vital es suya, se la tienen ganada, ¡adelante, siempre adelante! Me satisface cuando me escriben, me saludan al paso o desde lejos esbozan serenas sonrisas cuyas naturalidades relajan y distienden... Quizás recordarán algo bueno de mí y de mis clases, pues su bondad les ha hecho olvidar cabreos, incomodidades o cierta antipatía a un profesor exigente («¡El jodío barbas»...!)

Sí. Pero a veces la Muerte traiciona «como del rayo» sobre alguno en plena juventud... Y eso duele desde las entrañas.