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Directo El Parlamento hace balance de la transformación de los puertos y el mercado inmobiliario
¿Dónde estabas?

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A la última ·

Viernes, 10 de septiembre 2021

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Por mucho que se empeñe Carlos Gardel en aquello de que veinte años no es nada, lo cierto es que dos décadas dan para mucho. Veinte años son tiempo suficiente para que se organicen cinco Olimpiadas, para que una tecnología como internet cambie por completo en modo en que entendemos el mundo, para que Leticia Sabater transite el camino que separa la infancia de la decadencia, para terminar de cargarnos un planeta, para que una pandemia global lo ponga todo patas arriba o para que una niña que a principios de siglo aún jugaba con Playmobils ya sea más vieja que su madre cuando la tuvo a ella. Aunque es verdad que el tiempo corre cada vez más deprisa, no es menos cierto que las cosas se transforman, como poco, a una velocidad análoga. Por eso los acontecimientos históricos nos resultan útiles: son catalizadores de otras vidas, DeLoreans sin fecha de caducidad, cápsulas anacrónicas que impiden que lo vivido se termine de ahogar en el mar abierto del recuerdo.

Sabemos que el 11 de septiembre de 2001 fue histórico porque todos recordamos dónde estábamos en el momento del segundo impacto contra la Torre Sur. La memoria es un artefacto de funcionamiento extraño: nos resulta difícil evocar con precisión los rasgos de personas que un día fueron importantes para nosotros y que ya no están; y, sin embargo, al pensar en un atentado a miles de kilómetros de casa no nos cuesta rememorar la barra del bar, el Nokia de pantalla verde, el estampado noventero del sofá, el color del vestido, la marca de la tele. A veces no hace falta un Ministerio del Tiempo para asomar la cabeza por la ventana del pasado, mirar de reojo a la persona que fuimos y preguntarle, en voz baja, si ha merecido la pena.

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