Dolores y el comisario

Como en aquellos culebrones, hay en estos audios un esmerado casting de voces y un libreto lleno de sorpresas

Pío García
PÍO GARCÍA Logroño

En casa de mi abuelo había un aparato de radio formidable, que ocupaba una mesilla entera. Había sido arrinconado por la televisión, pero conservaba ese aire soberbio y aristocrático, casi displicente, de las viejas estrellas de Hollywood. Se manejaba con unas rueditas situadas en la parte inferior. Tenía una pantalla amarillenta con nombres de ciudades remotas: Londres, Bogotá, Buenos Aires, Caracas. Las conversaciones entre Cospedal y Villarejo que ha exhumado el diario 'El País' tienen algo de serial radiofónico de la posguerra y me hubiera gustado mucho escucharlas en ese aparato, que acabó perdido entre mudanzas y herencias. Como en aquellos culebrones, hay en estos audios un esmerado casting de voces y un libreto lleno de sorpresas. Un locutor de dicción ampulosa anuncia el programa del día: 'Dolores y el comisario. Capítulo 2.458'. Se escucha a continuación la voz de Dolores y es una voz de niña bien, de señora educada en colegios de pago que quiere ocultar algo. Hay en su tono una sombra de drama, el asomo de un desliz, un presagio de tormenta. Nos la imaginamos con media melenita, elegante, guapa, inquieta. Está hablando con el comisario, un tipo chabacano, con la voz rota por los whiskis y los farias. Uno juraría que en esos momentos el comisario está bebiéndose un cubata en vaso de tubo en cualquier puticlub de carretera. Chocan los hielitos. El comisario tranquiliza a Dolores y le dice que sí, que va a estar al loro, mientras guiña un ojo a la camarera, que lleva las tetas al aire.

Hay en este fantástico serial un encuentro de dos mundos, un mezclarse los altos y los bajos fondos, la última constatación de que 'Torrente' no era una gamberrada, sino cine documental del bueno.