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Antonio Miguel Carmona. Efe
La deselegancia

La deselegancia

A la última ·

Lunes, 4 de octubre 2021, 23:00

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Hablaba ayer mi compañera Rosa Palo, en este mismo espacio, de lo poco elegantes que pueden llegar a resultar según qué accidentes mortales. Sin embargo, ningún elemento obstructor de las vías respiratorias —ni una araña, ni un hueso de pollo, ni una avispa— puede competir, en lo que a falta de distinción se refiere, con algunas de las más comunes causas de otro tipo de defunción: la muerte política. Para tratar el tema, Marc Giró nos regala una expresión de imagen precisa, casi onomatopéyica: 'precipitarse en la deselegancia'. Se precipitó en la deselegancia Iván Redondo, en su entrevista con Évole, al enrocarse en la charlatanería formal para no brindar a la ciudadanía ni una sola justificación material de las decisiones tomadas durante su mandato en la sombra; y ofrecer, por el contrario, toda una retahíla de estupideces versallescas que en nada responden a los damnificados por la crisis sanitaria, el desmantelamiento de las pensiones o la subida de la luz: si no tienen pan, que coman pasteles.

Y hablando de luces, otro que se ha precipitado de lleno en la deselegancia es Antonio Miguel Carmona, que ha pasado de candidato a la alcaldía de Madrid a vicepresidente de Iberdrola España después de haber despotricado contra las puertas giratorias en cada mítin o tertulia que se le puso por delante: «Ya no son puertas giratorias. Son puertas, ventanas, tejados…» Entonces tenía razón en todo, pero —qué lástima— se olvidó de mencionar los enchufes. De los fondos reservados que Margarita Robles entregaba a la Casa Real en metálico, o de todos esos que aparecen en los papeles de Pandora, mejor ni hablamos; porque la honestidad, como la lentejuela, sólo resulta elegante si brilla.

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