Crisis sistémica

El récord de audiencia del discurso del rey no es fruto de una pasión inaudita por la causa monárquica sino un síntoma de esa enorme expectación social

Rafael Álvarez Gil
RAFAEL ÁLVAREZ GIL Las Palmas de Gran Canaria

Viene una época de cambios, desde que se expanda la vacuna. La pandemia ha sido una guerra sin bombas y cuando proceda la reconstrucción (término mal empleado pues no ha habido derrumbe de edificios e infraestructuras) habrá rebumbio político y económico, la propia de la posguerra, que vaticina que iremos a otra era. Es tal el grado de incertidumbre que los propios partidos no saben a qué atenerse: se ciñen al tacticismo, al corto plazo. Nada más. Pero también ocurre algo similar en el universo de los medios de comunicación. Las líneas editoriales se tornan más transversales, o procuran serlo. Diarios que apoyaban antaño a un candidato ya no lo hacen tanto o modulan su querencia. Es normal. Cada sistema político tiene sus propios referentes mediáticos, aconteció en la Segunda República, en la dictadura (sin prensa libre, era propaganda) y en la Transición y consolidación de la democracia. Pero ocurre que las premisas, antes sólidas, se desmoronan.

Durante el debate de la sesión de investidura de Pedro Sánchez en enero de 2020, este le dijo al grupo parlamentario de EH Bildu, cuando terció su turno de intervención, que creía que no había una crisis sistémica. Error. La hay. Tanto que precisamente Sánchez encarna en su propio itinerario desde que se hizo con las riendas del PSOE, antes y después del episodio de la gestora, el progresivo derrumbamiento del régimen del 78 desde que estallara el bipartidismo reinante al calor de los comicios europeos en 2014 y, sobre todo, las elecciones generales de diciembre de 2015. Sánchez se ha movido en sus resultados electorales cosechados siempre por debajo del PSOE de Joaquín Almunia (125 escaños), recolecta precaria que forzó su dimisión. No ha logrado concitar, ni lo hará, las amplias mayorías sociales de Felipe González y José Luis Rodríguez Zapatero. Hay causas que se le escapan (crisis de la socialdemocracia europea, recesiones económicas, desmantelamiento de las clases medias urbanas...) pero otras son responsabilidad suya (zigzagueo en la estrategia, o ausencia de la misma, repudio del 'felipismo', liderazgo camaleónico...). Por eso el 2021 ahondará en el ritmo político vertiginoso que conocemos desde hace años. Lo que ha cambiado España en tan solo una década, desde 2010, es manifiesto.

El récord de audiencia del discurso del rey no es fruto de una pasión inaudita por la causa monárquica sino un síntoma de esa enorme expectación social en la que todo se cuestiona. Incluso, y en primera fila, a Felipe VI. Y mientras esté abierto ese debate, con eso solo, ya la Casa Real está a la defensiva y pierde enteros. Felipe VI requiere de una estabilidad y de un silencio informativo que no existe. Y todo apunta que iremos conociendo más escándalos perpetrados por Juan Carlos I. ¿Qué hizo o dejó de hacer durante los ochenta y noventa mientras el españolito medio (y los políticos y medios) miraban hacia otro lado? Hay asuntos que cuando se abren en canal, nadie los detiene. Lo de antes, la hegemonía del bipartidismo, no regresará. La crisis de la Segunda Restauración afecta a todos los sectores porque es sistémica. Aunque Sánchez no quiera o no sepa detectarlo. Y, ciertamente, tampoco le interesa. Por eso juega al escapismo. Pero los réditos electorales no son indefinidos.