Macarena Olona, en la Feria de Abril. / EP

Vox y la educación Ciencias Naturales

La señorita Macarena quiere implantar en sus clases una revolución educativa de verdad, recatada y decente, una revolución educativa sin cochinadas

Pío García
PÍO GARCÍA

La nueva profesora de Ciencias Naturales, la señorita Macarena, llega al colegio vestida de faralaes y con un clavel en el pelo para que no la tomen por chusma inmigrante. Aunque ella no es andaluza, lleva varios días escuchando a Los del Río en bucle para que se le pegue el acento. La señorita Macarena quiere implantar en sus clases una revolución educativa de verdad, recatada y decente, una revolución educativa sin cochinadas. Ha encontrado un libro de texto muy bueno, que milagrosamente ha conseguido escapar de la dictadura progre, y se lo ha mandado comprar a sus alumnos. Nada más llegar al aula pide a los niños que abran su nuevo manual de Biología y lean en voz alta el capítulo 38, versículos 9 y 10. Los chavales recitan en coro: «Onán, cada vez que se unía con su cuñada, derramaba su semilla en tierra. Aquello pareció mal a Yahvé, que lo hizo morir».

En clase se hace un silencio de estupefacción. Luis, un niño espabilado y con granos –lo que hace sospechar a la señorita Macarena–, levanta la mano y pregunta: «¿Seño, habla de la masturbación?» Macarena coge la regla (la de dibujar rayas, la otra no existe), echa a Luis al pasillo con cajas destempladas y les advierte a todos que en esa aula no se iban a estudiar porquerías sino solo cosas bonitas y honestas, como la fotosíntesis o los eclipses.

Horas más tarde, en el recreo, la señorita Macarena habla con sus compañeras y les dice, muy ufana, que hay que preservar incólume la pureza de los niños. En la otra esquina del patio, sus alumnos cogen los móviles que les han regalado sus padres por la primera comunión, teclean «masturbación» y miran con asombro vídeos que harían sonrojar a un legionario.