La burbuja de plástico

Rosa Palo
ROSA PALO

Teníamos que ver cosas más raras aún, y las hemos visto. El presidente de la República Checa, positivo en covid, se ha metido en una caja transparente para ir a la ceremonia de investidura del primer ministro. Te salta la imagen a los ojos y te viene a la memoria 'El chico de la burbuja de plástico', aquella peli de la ABC protagonizada por John Travolta que nos pusieron de pequeños en la televisión y que hizo que le tuviéramos más miedo a los gérmenes y a los virus que al hombre del saco. Mira, como ahora.

Para eso quédate en tu casa, memo. Al presidente, le digo. El coronavirus, como las penas, hay que llevarlas en soledad. Si no puedes ir a la investidura, no vayas; si no puedes salir a la calle con alegría sandunguera y con espíritu de anuncio de cervezas, no salgas. Que después llega la sobremesa, alguien mueve su silla, la pone al lado de la tuya y, con un par de orujos de por medio pero sin un «Ave María Purísima» introductorio, se derrama sobre el mantel de cuadros y te confiesa que se siente culpable porque no ve tanto a sus padres como debería, que su matrimonio es un desastre o que le pone la Pantoja. Y esa procesión que iba por dentro la saca a pasear acompañada por la banda de música local y por la corporación municipal al completo.

Es entonces, al pincharse la burbuja de tu compañero de mesa, cuando te das cuenta de que todos, hasta los más pichis y salerosos, andamos boqueando porque nos falta el aire. Y no por culpa de las mascarillas, que también. Si las penas con pan son menos, las compartidas lo son menos aún: «Lo he sabido después: lo vivo era lo junto», escribió Luis Rosales. De vez en cuando es un alivio romper la burbuja. La otra, digo. La de plástico ahí sigue.