OPINIÓN

Borrell y el poder de la bandera

09/10/2017

Hay personas que prestigian especialmente la política, la engalanan y la tornan más atractiva. Como también hay jugadores capaces de hacer el fútbol un deporte con más brío y apasionante. Son aquellos que en cualquier campo profesional tienen el talento (y la humildad) de marcar diferencias. Uno de esos dirigentes es Josep Borrell. Daba gusto escucharlo ayer al final de la multitudinaria manifestación en Barcelona. El expresidente de la Eurocámara y exministro socialista siempre se ha distinguido por ser una mente lúcida. También las hay en el PP como en el nacionalismo, a efectos prácticos es lo mismo. Lo importante es que en los momentos decisivos son los que consiguen con su ingenio poner negro sobre blanco y advertir qué nos pasa. Borrell es inteligente y sabe que sus palabras, en ocasiones, incomodan. Lo fácil para la masa (sea independentista o no, amante de las focas o coleccionista de sellos) es no cuestionarse nada, lo arduo es que alguien (sea Borrell u otro) te obligue a pararte, recapacitar y, si se tercia, ajustar tu opinión. Por lo que Borrell hizo un último ejercicio propio de la magistratura de la persuasión en aras de que Carles Puigdemont y sus correligionarios reflexionen sobre este camino enfilado al abismo y lo detengan a tiempo antes de que el martes el proceso pueda convertirse en irreversible y, en palabras de Mariano Rajoy, sobrevengan males mayores.

«El expresidente de la Eurocámara y exministro socialista siempre ha distinguido por ser una mente lúcida».

La unidad territorial merece manifestarse. Y, a la luz de los acontecimientos, tiene eco en los medios de comunicación y logran dirigir la agenda política. Ojalá ese ritmo e intensidad de manifestaciones lo mantuviéramos todos, unos y otros, cuando se trata de salir a la calle para reivindicar mejores empleos o más presupuesto para la sanidad y la educación pública. La cita que hubo no hace mucho en Las Palmas de Gran Canaria a cuenta de la reforma del sistema electoral canario fue un éxito dado que no es un tema que suscite excesivas pasiones. El resto se limita a encuentros en la plaza de España de la avenida José Mesa y López para celebrar los ascensos de la Unión Deportiva Las Palmas y poco más. Si en los peores años de la crisis económica hubiéramos salido a la calle de la misma manera, seguramente Rajoy, Angela Merkel y Mario Draghi hubieran sido más sensibles a las problemáticas sociales. Claro está, el hándicap es que estas causas, por justas o románticas que sean, no tienen su propia bandera. Esa misma que solicita a lo largo de la Historia sacrificios en nombre de la patria. Un patriotismo de hojalata. Una legión de vidas consumadas revestidas de uniformes militares deshilachados o manchados de sangre tras escuchar el himno nacional pertinente. El mismo, por cierto, que nos lanza ahora a ocupar la calle.

Columnista de

CANARIAS7

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