Algo bonito que hacer

Rosa Palo
ROSA PALO

Tengo el wasap lleno de fotos de amigos y familiares que acaban de vacunarse. El teléfono es un despiporre de imágenes de hombros, signos de exclamación y emoticonos de aplausos y de brazos sacando bíceps. Y también de algún que otro ¡ole!, que las expresiones patrias te salen cuando menos te lo esperas sin necesidad de la Oficina del Español.

Durante año y medio, el wasap ha sido portador de malas noticias, de incertidumbre, de bulos sobre el coronavirus y de memes de Fernando Simón que ya habías visto en Twitter. Ahora, en cambio, trae alegría. No es una alegría desbordante, loca, de ganador de Eurovisión, ni siquiera del Festival de la Canción de Orejilla del Sordete, sino una alegría pequeña, un bulbo que comienza a abrirse, una niebla que empieza a disiparse y nos permite ver un palmo más allá de nuestras narices para poder planear algo supuestamente divertido que sí volveríamos a hacer, aunque solo sea por llevarle la contraria a Foster Wallace. Nada del otro mundo; planes tontos, intrascendentes, con los que rellenar los espacios que quedaron en blanco: ir a la playa, juntarnos para ver los partidos de la Eurocopa, reunirnos alrededor de una mesa en el jardín a picotear una tabla de quesos y acabar con las botellas de vino que no nos bebimos en Navidad. Vernos.

Mientras recibo la foto del último vacunado en el teléfono, zapeo por los canales hasta que me topo con una escena de 'La gran belleza' en la que Jep Gambardella le pregunta a una vieja amiga «¿Alguna vez nos hemos acostado juntos?». «Claro que no», responde ella. «Creo que es una gran injusticia. Debemos ponerle remedio. ¡Ah!, menos mal que todavía nos queda algo bonito que hacer», dice Jep. Sí. Nos quedan unas cuantas cosas.