Trabajo duro, garbanzos y jazz a bordo

El centenario buque-escuela Elcano invita a casi 90 viajeros'civiles' a vivirdurante cuatro días en sus entrañas, en una travesía entre Marín y Cádiz

DIEGO ÍÑIGUEZ

El barco espera al final de la rada, en el puerto de la base naval. Cinco palos, la silueta esbelta de un bergantín-goleta. De cerca es altísimo: hasta la guinda mide casi 50 metros, el puntal pasa de ocho. La pasarela no es de madera y no cruje, no nos echarán por ella a los tiburones. La cubierta está llena de viajeros expectantes y familiares que se despiden con una sonrisa ante la suerte de los que empezamos el mejor programa de cultura de la Defensa: cuatro días en el Juan Sebastián de Elcano, entre la Escuela Naval de Marín y Cádiz.

Nos alojan en las literas de los guardiamarinas, que desembarcaron el día anterior tras su crucero de instrucción. Han pasado cinco meses durmiendo en estos rectángulos de paredes metálicas, con apenas un palmo entre la nariz y el techo. Cada movimiento no meditado trae un golpe y la preocupación de haber molestado al de arriba o al de abajo. Cambiarse en los espacios entre las literas y las minúsculas taquillas parece un ejercicio de taichí. Es sobria la vida a bordo de los guardiamarinas… Escuchamos hablar mucho de ellos, con cariño y fingida dureza: entre protestas de que no sabían esto, hacían mal aquello y han dejado desconfigurado el ordenador, están encantados de que su nota de entrada sea la de Medicina, de que además de oficiales vayan a ser ingenieros, de contar con ellos para estudiar mejoras en el barco.

Subimos a ver la partida. La sirena es potente y grave. Dejamos atrás la ría, la isla de Ons. Los invitados nos miramos con curiosidad. Somos casi 90, muchos saben navegar, todos seguimos el 'briefing' de la mañana –la ruta, el tiempo, el aparejo, la estimación de supervivencia de quien caiga al agua...– y las conferencias sobre navegación que imparten los oficiales con buen humor. Quien en lo sucesivo se oriente con el sextante quizá evite el error de tomar como referencia la estación espacial internacional, el objeto celeste que más brilla.

El barco está limpísimo, pero los marineros no dejan de sacar brillo a cada metal para que refulja a la llegada. No hay olores, la cocina está arriba y completamente abierta. La comida es buena: el día de los garbanzos picantes el cocinero recibe un aplauso. Otro cuando, al fondear, él y sus cuatro ayudantes se tiran al mar vestidos.

Cada día, al caer la tarde, la unidad de música ofrece un concierto en cubierta. Tiene un repertorio clásico –pasodobles, habaneras– y moderno: jazz, canciones que conocen la dotación y los invitados. La última noche se unen una invitada que resulta ser mezzosoprano y una marinera roteña de voz extraordinaria. La comitiva que recorre el barco tocando 'Paquito el chocolatero' parece la de 'Los sueños' de AkiraKurosawa. Su ensayo del homenaje a los caídos pone la carne de gallina. «El buen ambiente es fundamental en un barco o la convivencia resulta imposible», nos explica nuestro particular Ulises.

Una sociedad autosuficiente

Un barco es una sociedad autosuficiente, con muchos oficios: la dotación puede hacer casi todo lo necesario durante la travesía o repararlo. Hasta el pan es excelente. Una sociedad con todos los recursos de la civilización: la ley, el estudio, la jerarquía –pero también la integración en un proyecto común en el que cada uno es importante–, la actividad incesante, la música, los ritos y las recompensas, el recuerdo de una Historia naval asombrosa.

Por la noche, en el puente, el oficial de guardia nos explica el sentido de aprender a navegar como hace siglos, en el primer contacto largo con la mar: más tarde habrá tiempo de conocer otros barcos y los sistemas de combate modernos. Fue la gran idea de hace cien años, cuando se decidió construir el Juan Sebastián Elcano en un astillero de Cádiz. El equilibrio entre tradición y modernidad se aprecia en muchos detalles, también estéticos: el puente no esta cubierto –el oficial va en mangas de camisa, nosotros bien abrigados–, pero tiene todos los instrumentos modernos para la navegación. Las maniobras con las velas se hacen a mano, requieren mucho trabajo de «motor gallego» (aunque se oye más otro acento: «Pisha, ya se ve Cai»...). Nos enseñan a usar señales de bengala y pistola, aunque lo que impresionan son las antenas.

Preguntamos sobre la nueva formación de los guardiamarinas, que además de la enseñanza de la Escuela Naval cursan una ingeniería mecánica. Unos no la ven imprescindible: ya se estudiaban muchas de las materias y si la sociedad se abre, como las anglosajonas, a emplear a oficiales después de 15 o 20 años de servicio, lo hará por su experiencia, su compromiso y su fiabilidad. La mayoría la ve bien, aunque sea a costa del estrés de esos años. Y todos celebran que entren tan buenos estudiantes.

La tradición también deja paso en los uniformes: a diario, el azul para faenas ha sustituido al blanco, que reforzaba la higiene en tiempos insalubres. Y en la integración de las mujeres, porque quien sube al mayor popel cuando izan la vela es una marinera. Da la impresión de que la proporción de mujeres supera a la media de las Fuerzas Armadas.

Toda la dotación se toma muy en serio las dos funciones del barco, la de escuela y la de embajada. Cada integrante contesta a nuestras preguntas con una cortesía tan extraordinaria como la paciencia con que vigilan que no acabemos en el mar cuando subimos a los palos o en el fondo cuando nos bañamos frente a Rota. Nos enseñan que irse al carajo es subir la cofa de un palo alto y entendemos qué es navegar a palo seco. En la popa hay siempre un guardia vigilando por si hay un hombre (o una mujer) al agua. Aprendemos que los contramaestres que dirigen las maniobras con sus chiflos son suboficiales que sabrían gobernar el barco.

Descartada la idea de construir un barco nuevo, el Elcano cumplirá un siglo en 2027 habiendo navegado más millas náuticas que cualquier otro buque-escuela y sin llevar ya animales vivos para leche y carne. Los guardiamarinas siguen viviendo espartanamente, aprendiendo todos los trabajos de a bordo en una jornada durísima, estudiando en las sillas giratorias ancladas al suelo de su cámara, haciendo guardias, desplegando y recogiendo las velas en lo alto de un palo.

Aprenden con la intensidad de la convivencia y la compenetración y encuentran un reducto de vida interior al que retirarse donde apenas hay espacio para cada uno. Cuando sean ellos comandantes, conocerán la soledad del mando… y seguramente seguirán subiendo al palo sin asegurar, bajando a pulso al mar por una soga o encabezando con un bombo la procesión musical de los jueves. Y vivirán una de las raras profesiones que sigue siendo, más que un oficio, una vocación y una vida.

A la llegada a Cádiz se van sumando barcos medianos y veleros ligeros, los 'harrier' y los buceadores de la Armada… Es una romería. En el puerto espera mucha gente, una banda que dialoga con la del barco, los padres, madres e hijos de los tripulantes que llevan más de cinco meses embarcados. La mejor pancarta es la que reza: «¡Bienvenida a casa, mami!».