Pablo Casado.

De máster a fontanero

El principal error de Casado ha sido no saber leer que el partido de la legislatura se jugaba en frenar la demolición del régimen del 78

JUAN CARLOS VILORIA

Pablo Casado ha dilapidado en tres años y medio todo el capital político embolsado como candidato de la tercera vía en unas primarias a cara de perro entre dos pesos pesados del PP: Soraya Saéz de Santamaría y Dolores de Cospedal. El disciplinado y cortés militante (Palencia, 1 de febrero de 1981), procedente del vivero de Nuevas Generaciones y diputado por Ávila, se encontró casi de la noche a la mañana con la púrpura y el poder del primer partido de la oposición. El último encargo de Mariano Rajoy en 2015 había sido el de que gestionara la comunicación de los populares, hasta que en julio de 2018 fue elegido para presidirlos. En estos tres años ha condensado una carrera que, en condiciones normales, viene a llevar un par de décadas. Pero él la ha recorrido al revés. En lugar de empezar como fontanero y terminar como líder, empezó tocado por el dedo de los elegidos y gran esperanza del PP para terminar enredándose en la trastienda como un simple 'aparatero', vigilando a todos los que le podían hacer sombra con el pretexto de la ejemplaridad.

Y, sin embargo, empezó bien. Acogido como sangre fresca y regeneradora de un pasado con claroscuros, lanzó un potente discurso liberal conservador para enfrentarse al social-populismo. Apostó por confrontar valores, ideas y memoria con el Gobierno de Sánchez, hasta el punto de confiar a Cayetana Álvarez de Toledo la portavocía del grupo popular en el Congreso de los Diputados. Todo lo que no había hecho Rajoy, ocupado en sacar al país de la crisis económica.

De puertas hacia dentro, formó un núcleo duro dirigido por el diputado murciano Teodoro García Egea e hizo una severa limpieza orgánica de cargos procedentes de etapas anteriores. Casado llegó a reconocer en privado que había delegado todo el poder interno en García Egea para poder fajarse en la lucha política con Pedro Sánchez. Pero esta decisión acabaría condicionando de manera determinante su trayectoria.

La influencia de García Egea y su empeño en controlar el grupo parlamentario desde la secretaría general le llevó a prescindir de la brillantez de Álvarez de Toledo en favor del perfil comedido y discreto de Cuca Gamarra. Esa fue la primera crisis interna a la que tuvo que hacer frente Casado, aunque lejos de remitir a un problema de personas anunciaba un giro en la estrategia para ocupar el centro y asumir el marco mental de la izquierda progresista y el nacionalismo. Es decir, que el centro-derecha debía aceptar que solo llegaría al Gobierno con una mayoría del PP porque pactar con Vox sería dudosamente democrático.

El 22 de octubre de 2020 Casado siguió el guion rompiendo con Santiago Abascal en una cruel intervención acusándole de «pisotear» la sangre de las víctimas. A la vista de los acontecimientos electorales posteriores, en los que Vox no hizo más que crecer, la polarización de los votantes del centro-derecha no facilitó que el PP se convirtiera en la casa común, sino más bien al contrario. Y para mayor contradicción, Sánchez seguía intensificando sus pactos, no solo con Unidas Podemos en el Gobierno de coalición, sino reforzado con los independentistas de ERC y Bildu.

Se le pueden lanzar variados reproches a Casado en la gestión interna y política del PP, pero, esencialmente, el error principal es que no ha sabido leer el partido. En una coyuntura excepcional con fuerzas muy poderosas socavando el sistema de la Monarquía parlamentaria como fórmula para centrifugar el Estado, ha actuado como si solo el PP fuera el que se jugaba llegar a la Moncloa en una repetición de la dinámica de Felipe-Aznar o Rajoy-Zapatero. Remedando el eslogan de Donald Trump, «el PP first». Cuando el partido iba de frenar la demolición del régimen del 78 con el concurso de toda la derecha.

Con todo, no hay que olvidar la parte de responsabilidad de la herencia de Rajoy, impotente para frenar una moción de censura que no vio venir y dejó K.O. al PP. Y la inhibición del expresidente en el pulso entre Saénz de Santamaría y Cospedal que dejó el camino libre a un cuadro medio bien mandado, listo para los recados, sonrisa de las tertulias, prometedor a largo plazo, pero sin el cuajo político para enfrentarse a un 'equipo Frankenstein' con los colmillos más retorcidos que un sacacorchos. En plena obsesión por controlar el partido, el grupo parlamentario y los gobiernos regionales y con el 'fenómeno Ayuso' emergiendo en Madrid como la gran vengadora de la derecha humillada, el líder despertó los peores demonios en Génova. Y ahí se gestó el último gran despropósito de Pablo Casado.