El presidente del Partido Popular, Pablo Casado. / efe

Casado deja todos sus cargos en una ceremonia de reconciliación

El líder desalojado hace un canto a su legado antes del «hasta siempre» para no quedar como un pie de página en la historia del PP

Lourdes Pérez
LOURDES PÉREZ Sevilla

Hay muchos malos tragos posibles en política. Y luego está tener que dirigir unas palabras en tu propio funeral, ante un auditorio que, salvo contadísimas excepciones, no solo te ha abandonado, sino que ha ido destapando tus carencias estratégicas y organizativas y las dudas sobre tu capacidad real para alcanzar la Moncloa. Esa es la cicuta que se ha bebido en Sevilla un Pablo Casado que se ha despedido de los suyos con terno oscuro, sonrisa tan emocionada como de circunstancias y un discurso temido por lo que pudiera condolerse, pero que ha derivado en una ceremonia de reconciliación con los compromisarios aplaudiéndole en pie tras anunciar que da «un paso al lado» para dejarlo todo: su escaño en el Congreso y cualquier responsabilidad orgánica. «Es un orgullo ser vuestro compañero y un honor haber sido vuestro presidente. Hasta siempre», ha cerrado su ciclo de menos de cuatro años, después de declararse «amigo» de Alberto Núñez Feijóo. En el auditorio no le escuchaba Teodoro García Egea, su mano derecha. El foco de todas las iras en la quiebra intestina que se ha cobrado la cabeza de ambos.

Hasta que ha consumado su marcha, a un destino aún por despejar y colocándose a disposición de su sucesor para «lo que necesite» pero alejado de Génova 13, todo lo vivido en la tarde sevillana se ha prestado a metáforas lacerantes, crueles, para el líder empujado a dimitir. Frialdad en las intervenciones en el plenario, apenas salvadas por las menciones del ceutí Juan Vivas y los elogios a modo de epitafio de los expresidentes Aznar –«allí donde estés»– y Rajoy.

Distancia en la recepción a su llegada, cuando salieron en su busca los nuevos número dos y tres del partido, Cuca Gamarra y Elías Bendodo. Recelos a la espera de conocer el contenido de su canto del cisne en quienes le han rodeado camino del estrado, arropado por Feijóo y con dos besos a Isabel Díaz Ayuso que el realizador de las imágenes del cónclave ha hurtado a los periodistas que aguardaban expectantes el reencuentro inevitable de los enemigos íntimos. La imponente sala que acoge el congreso, un despliegue del poderío que conservan los populares,solo se ha templado conforme su hasta hoy presidente ha ido desgranando el mensaje final. Y la alabanza al partido y los presentes, el gesto agradecido de Casado, ha suavizado la agitación del estandarte que ha querido dejar fijado con su legado político. Hasta el punto de que, por momentos, ha parecido antes el discurso de un presidenciable que de un purgado.

Si dicen que uno no conoce a su pareja hasta que se divorcia, Casado pudo comprobarlo en su versión partidaria en las apenas 72 horas que mediaron entre su intento de mantenerse en el despacho más noble del PP a que los barones, algunos de los cuales le deben el cargo y con Feijóo al frente, le señalaran la puerta de salida de la que ha sido su casa política y desde la que aún aspiraba a la Moncloa. Quien dejará de ser en horas el líder del primer partido de la oposición ha despachado lo que, sin duda, ha de sangrar aún para él con que este ha sido un tiempo «agridulce» que superó por su «enorme gratitud» hacia sus correligionarios. A ellos les ha agradecido el calor recibido cuando estuvo a punto de perder a su hijo recién nacido. A partir de ahí, Casado ha renunciado a sus galones, pero no a hacer una postrera glosa a su legado. Al «reformismo de alta intensidad».

Galería.

El presidente saliente ha apuntado en su cuenta de resultados haber llevado al PP «a las puertas» de la Moncloa tras sobrevivir a la OPA de Ciudadanos y a «los que vinieron después y les hemos dejado las cosas claras», en una alusión velada a Vox que es común en este cónclave; a la ultraderecha, si existe, no se la menciona. De haber luchado contra la corrupción, con el telón de fondo de su duelo de espionajes y contratos dudosos con Díaz Ayuso. Y de haber dotado al partido de un «ambicioso programa» para retornar al poder que ha detallado como si él estuviera aún en condiciones de llevarlo a cabo. Casado ha definido al PP como la sigla que encarna «la tercera España», la que no quiere evocar el guerracivilismo y la que «madruga», otros revés implícito dirigido a Abascal y los suyos. Y no podía faltar en el adiós la alusión a su militancia enlazada con el secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco, en un homenaje a los caídos por las balas y las bombas de ETA frente a las «cesiones insoportables» del Gobierno de Sánchez a «los herederos» de los terroristas.

En una alocución trufada de citas a Cervantes, Cánovas, Max Weber o Adolfo Suárez, con el sudor perlándole la frente y las lágrimas, si las había, a recaudo, Casado ha pedido a los suyos que mantengan sus «principios» ante aquellos que, según ha enfatizado, pretenden que el PP desista de ellos para que no gane las elecciones. «Nos hemos dejado la piel por España», ha rematado, antes de deslizar el único recado a su sucesor: que no borre a todo su equipo en la nueva dirección de los populares. Feijóo ha salvado a la navarra Ana Beltrán, casi la única en guardar fidelidad al presidente que ha librado su última batalla para no ser un mero pie de página en la historia del PP.