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Iborra, junto a su compañero Javier Cuenca, que lo define como su maestro en el grupo de observadores aéreos r.c
Un guerrillero contra el narco

Un guerrillero contra el narco

El aduanero fallecido hace una semana en una persecución entre Málaga y Cádiz acumulaba 42 años de servicio y era el que más hachís había intervenido en España

juan cano / alvaro frías

Málaga

Sábado, 17 de julio 2021

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José Luis andaba pendiente del móvil. Aún no sabía si tenía que volar esa noche. «Si al final no salgo, me voy con los niños al cine», le dijo a Vanessa, su mujer. El teléfono sonó minutos después y frustró el plan. Despegaban a las doce. José Luis Domínguez Iborra, al que sus compañeros del Servicio de Vigilancia Aduanera (SVA) conocían como el Iborra, le dio un beso a su pareja y otro a la hija de ésta, que más tarde lo lloraría como se llora a un padre. «Cuidaos», les dijo antes de dirigirse a la base aérea. Vanessa le da vueltas ahora a esa palabra porque José Luis nunca se despedía así. Y porque fue la última que escuchó de él.

La patrullera Águila IV llevaba un rato detrás de una lancha a 40 millas al sureste de Sotogrande, a la altura de Estepona. El Argos I, un helicóptero Eurocopter AS-365N Dauphin de Vigilancia Aduanera, acudió en su apoyo. La tripulación estaba compuesta por piloto, copiloto y un observador aéreo, el único de los tres que es funcionario de la Agencia Tributaria. Los pilotos pertenecen -así ha sido siempre- a una empresa subcontratada por Hacienda. El observador, esa noche, era Iborra.

Su misión, la que tantas veces había repetido a lo largo de su vida, consistía en controlar la cámara térmica de la aeronave, provista de un 'joystick' para seguir en el mapa a los malos. Iborra era los ojos del 'pájaro'. «La patrullera tiene un alcance de un par de millas, pero nosotros, desde el helicóptero -comenta Antonio, hermano de José Luis, también funcionario del SVA y observador aéreo durante tres décadas- podemos verle una muela picada a un tío que está cargando fardos en Marruecos».

Iborra tenía que interpretar los ecos en la cámara térmica y distinguir por sus movimientos el tráfico lícito de los contrabandistas. Después debía adivinar su rumbo y calcular la mejor maniobra de aproximación del helicóptero para seguir, a oscuras, la estela de la goma en el mar. «La experiencia le llevaba a anticipar lo que iba a hacer el malo. Si él decía 'ahora no', era porque en ese momento no se podía. Sus decisiones no eran discutidas», afirma el jefe del SVA en Algeciras, Lisardo Capote. «Dudo que haya alguien con más avistamientos -añade- y que haya participado en más incautaciones que él».

José Luis Domínguez Iborra con su hermano Antonio / José Luis Domínguez Iborra en el Servicio de Vigilancia Aduanera (SVA)
Imagen principal - José Luis Domínguez Iborra con su hermano Antonio / José Luis Domínguez Iborra en el Servicio de Vigilancia Aduanera (SVA)
Imagen secundaria 1 - José Luis Domínguez Iborra con su hermano Antonio / José Luis Domínguez Iborra en el Servicio de Vigilancia Aduanera (SVA)
Imagen secundaria 2 - José Luis Domínguez Iborra con su hermano Antonio / José Luis Domínguez Iborra en el Servicio de Vigilancia Aduanera (SVA)

Desde la patrullera vieron cómo el Argos I se aproximaba a la lancha. La acechó por la popa, descendió y cuando estaba a unos tres cables -unos 600 metros- encendió el foco de proa. Pero, de pronto, empezó a descender hasta caer al mar. Las hélices levantaron una 'tormenta' de agua.

El Águila IV abandonó la persecución y fue en busca del helicóptero. No tardaron ni dos minutos en llegar. El Argos I había volcado y estaba panza arriba. La tripulación aún seguía dentro. Segundos después, salieron el piloto y el copiloto. Pero faltaba Iborra.

Dos marineros de la patrullera se lanzaron al agua. Los cuatro se sumergieron varias veces hasta que el copiloto gritó que había tocado algo. En la siguiente inmersión, sacaron al observador y lo llevaron nadando hasta la embarcación. Iborra llegó a tener pulso y a respirar. Pusieron rumbo a toda máquina a Sotogrande, pero a cinco millas del puerto entró en parada. Sus compañeros siguieron haciéndole maniobras de reanimación durante más de una hora hasta que, a las cuatro y media de la madrugada, los médicos les ordenaron que pararan.

«Estará en una movida»

Vanessa se desveló a las 5:24. Lo recuerda porque cuando sus padres enfermaron y ella empezó a dormir mal y a consultar constantemente la hora, José Luis le compró un reloj que se iluminaba en el techo de la habitación. «Así no tendrás que mirar el móvil», le dijo. Palpó el otro lado de la cama y vio que no había llegado. «Pensé que estaría liado en alguna movida». Así es como los aduaneros llaman a la faena de cada noche.

A las 6:40 llamaron a la puerta. Ella adivinó una silueta que no era la de su marido. «Vanessa, ábreme», le dijo el piloto del helicóptero accidentado. «¿Y mi marido?», preguntó ella. Él negó con la cabeza. «Ese fue el día que me arrancaron el corazón», expresa Vanessa, la tercera mujer de Iborra, 17 años más joven.

«Ahora te estoy hablando desde su despacho, donde tiene sus uniformes, sus maquetas... Él vivía por y para su trabajo, pero cuando estaba en casa, estaba en casa. Era un padrazo». Mientras se seca las lágrimas, bromea con que no le ha dejado nada más que niños. Iborra tenía tres de sus dos primeros matrimonios: Adrián (31), Alejandro (de 28, que oposita para aduanero) y Chema (25); cuando se conocieron, Vanessa criaba a su hija Andrea, que ya es una mujer. Después tuvieron a José Luis (13), que también quiere seguir los pasos de su padre.

La investigación tendrá que aclarar la causa del accidente, para lo que es fundamental haber reflotado la aeronave. La famosa caja negra, que es roja, registra todos los parámetros de vuelo y, por otra parte, tiene un disco duro que, por protocolo, graba las imágenes que capta la cámara y las conversaciones que se producen en la cabina.

El mensaje de Pérez-Reverte

El domingo, las ediciones digitales de los periódicos amanecían con la noticia de un aduanero fallecido. Horas más tarde, el escritor Arturo Pérez-Reverte se encargaba de sacarlo del anonimato en Twitter con un mensaje que pretendía honrar a un amigo con el que compartió horas de vuelo en el Estrecho y la Costa del Sol. Iborra era uno de sus personajes en la novela 'La reina del sur' (2002). El otro era el legendario piloto Javier Collado. Ese binomio, José Luis y Javier, ha aprehendido más hachís que nadie en España, en Europa y seguramente en el mundo.

«Me va a costar encajar esto», expresa Collado al otro lado del teléfono. Iborra era uno de sus mejores amigos y con él compartió, calcula, 14.000 o 15.000 de las 20.000 horas de vuelo que tiene a sus espaldas. «Sencillamente, era el mejor en lo suyo. Pero además era humilde. Le gustaba lo que hacía y te lo ponía todo muy fácil. No solo era bueno localizando el objetivo, también lo era siguiéndolo. No lo perdía nunca. Si él detectaba una goma, que los narcos se diesen por jodidos», dice Collado.

«También era muy operativo -añade el piloto-, lo veías saltar desde el helicóptero a una playa llena de narcos y pensabas: 'Pero este tío, que es funcionario...' Era un tipo bragado, pero al mismo tiempo muy noble».

Luis Baltar, compañero y amigo de Iborra durante 35 años, es el responsable nacional del Sindicato Independiente en la Agencia Tributaria (SIAT): «Fue y seguirá siendo un referente en Vigilancia Aduanera». Lo llevaba en la sangre. Su padre, ahora octogenario, fue patrón de embarcación de Aduanas en Huelva, donde la familia echó raíces. José Luis era el mayor de tres hermanos (el martes habría cumplido 63). Le sigue Antonio (60), que decidió prejubilarse en marzo. «Vi que las cosas iban degenerando, nos jugábamos demasiado la vida y cada vez primaba más pillar la droga que otra cosa. Intenté que mi hermano también lo hiciera después de 42 años de servicio, pero no lo conseguí». Poco antes de dejar su trabajo, Antonio le dijo a su jefe en la base de Jerez: «Espero que no me toque, porque va a pasar algo». Respira hondo y añade: «Y mira, me ha tocado».

El grupo de observadores aéreos nació con José Luis Iborra, que fue pionero. Antonio siguió sus pasos. «Éramos un grupo de amigos que hacíamos lo que nos gustaba. Pillabas unas cuantas embarcaciones, un puñado de fardos y entendíamos que hacíamos algo beneficioso para la sociedad. Tenías que ver cómo le brillaban los ojos a mi hermano después de una movida. Me decía: 'Hermano, esto es la guerra y nosotros estamos en la trinchera'. Era un guerrillero», cuenta Antonio. Entonces, el hachís entraba en pateras con motores de 70 caballos cargadas con 300 kilos de media. Nada que ver con los 'fórmula uno' del mar que cruzan ahora el Estrecho.

«Él ha hecho de todo. Ha saltado desde el patín del helicóptero a una embarcación a 40 nudos para abordarla y detener a los malos. También ha sacado a mucha gente del mar. En algunas persecuciones, los narcos tiran al agua a uno de los suyos para obligarnos a parar a socorrerlo. Para nosotros siempre ha primado la vida de los demás antes que el alijo, porque si a ese hombre no lo sacas en ese momento, pierdes su posición y se muere. Yo le decía siempre: 'Hermano, te estás jugando el tipo por un tío que entra por una puerta del juzgado y sale por la otra'. Y él me respondía: 'Sí, pero por lo menos mis hijos no se encuentran esto (el hachís que intervenía) en la calle». Su mujer cuenta una frase que da fe de su carácter incorruptible: «Me decía que prefería estar toda la vida comiendo pan con mantequilla antes que pasarse al lado oscuro».

Para el Iborra, en el curro no había término medio, «y no es la primera vez que ha tocado el agua con las orejas», recuerda Antonio. El 29 de septiembre de 2005, el Argos salió a controlar el Capricornio I, un yate de 10 metros de eslora que había zarpado de Larache (Marruecos) cargado de hachís. «Era un día de sol y moscas, con el mar completamente en calma», describe Javier Cuenca, uno de los observadores que acompañaba a Iborra en aquella operación, y al que define como su «maestro». Tras un par de intentos, localizaron la embarcación. «Los bultos se veían en la bañera».

El yate navegaba muy abierto, a unas 90 millas de Marruecos y otras tantas de España. A ese rumbo los aduaneros lo llaman «ir para el mundo» (mar adentro, hacia el Atlántico), sin perfilarse hacia una costa concreta. Lo abordaron a las cuatro de la tarde. Iborra saltó el primero, después Cuenca y luego el tercer observador. Colocaron los grilletes a la tripulación (dos marroquíes y dos algecireños, tío y sobrino) y trataron de gobernar la nave, que transportaba 2.000 kilos de hachís. Entonces, vieron que tenía una de las dos turbinas rota y que daba vueltas constantemente hacia el lado de babor. El Argos se quedó con ellos para escoltarlos mientras llegaban refuerzos.

«Nos estamos hundiendo»

A las siete de la tarde, entró una levantera terrible. Cuando empezó a anochecer, Iborra vio que el agua rebosaba la sentina y ya no salía por los aliviaderos de la bañera. «José Luis me dijo: 'Javier, nos estamos hundiendo'. No tenemos constancia de lo que pasó, pero él tenía la teoría de que alguien de la tripulación había abierto una vía adrede (durante el abordaje) para hundir la mercancía». Le quitaron las esposas a los detenidos, buscaron chalecos para todos ellos -«menos mal que había suficientes, porque los marroquíes no sabían nadar»- y se fueron corriendo hacia la proa, porque la popa ya estaba hundida.

Eran las tres de la madrugada y el helicóptero, al límite de la autonomía de vuelo, se disponía a volver a la base de Rota para repostar. Hasta ese momento no sabían lo que pasaba abajo. Justo entonces vieron cómo se encendía una bengala roja en el yate. «La imagen que tengo en la cabeza es, en la penumbra de la noche, ver más de la mitad del barco hundido y los siete allí agarrados. Solo se veía la proa y poco más. Recuerdo que pensé: 'Esto es un sueño, ojalá despierte ya'». El piloto, quien habla, era Javier Collado.

El yate se fue hundiendo lentamente bajo sus pies hasta que el océano se lo tragó por completo. «Nene, yo veía cómo el barco se iba para el fondo, con las luces encendidas, y me acordaba del 'Titanic'. Pensaba: 'Dios mío, ¿saldré de esta?'», contaría después José Luis a su hermano Antonio.

Si la situación era angustiosa en el mar, con olas de varios metros, en el cielo no lo era mucho menos. «Había que tomar una decisión y yo no podía influir en el copiloto. Le dije: 'Mira, Héctor, pasa esto'», relata Collado. Estaban al límite de combustible y si seguían junto a los náufragos seguramente no habría viaje de vuelta. No hizo falta decirle la opción b: si se iban de allí, condenaban a los siete a una muerte segura porque hubiesen perdido su posición y habría sido imposible localizarlos después.

«La respuesta del copiloto fue: 'Javier, lo que tú decidas está bien hecho'. Yo sabía que no iba a poder vivir el resto de mi vida habiendo dejado allí abandonados a mis compañeros, mis amigos». En medio de la misión suicida, trazaron su propio plan de rescate: «Empezamos a ubicar en la cámara los mercantes que teníamos más cerca. La idea era, cuando acabase todo, irnos al lado de alguno y amerizar con el helicóptero para que nos evacuaran desde algún buque».

No hizo falta. «Cuando los recogió la patrullera, nos dirigimos a Rota y llegamos con todas las luces encendidas y el indicador de 'low fuel'. Nunca he terminado un vuelo con tan poco combustible», recuerda. La patrullera, a la que para colmo se le averió una turbina, logró rescatar a todos tras casi dos horas en el mar. «Si se llega a ir el helicóptero, yo no estaría aquí hablando contigo. Nos salvaron. Aguantaron hasta el final», afirma Cuenca.

«Al llegar a la base, cuando nos reencontramos, Iborra y yo nos dimos un abrazo y nos pusimos a llorar», confiesa Collado. La vieron muy cerca y los dos la esquivaron. Después, siguieron haciendo lo suyo, perseguir malos. Javier ha estado un tiempo en el dique seco y hasta se le habían caducado las habilitaciones para volar, pero acababa de actualizarlas para retomar su profesión. El lunes pasado tenía un vuelo. El observador iba a ser su amigo Iborra.

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