El Rey Juan Carlos I sanciona la ley orgánica por la que se hace efectiva su abdicación del trono español, en presencia de la Reina Sofía y los Príncipes de Asturias, en una ceremonia celebrada en el Salón de Columnas del Palacio Real, el 18 de junio de 2014. / EFE/Alberto Martin

La Corona no remonta a los ocho años de la abdicación

La monarquía parlamentaria divide a derecha e izquierda y ocupa uno de los ejes del debate político por la conducta Juan Carlos I

Ramón Gorriarán
RAMÓN GORRIARÁN Madrid

Este jueves se cumplen ocho años del anuncio de la abdicación de Juan Carlos de Borbón. El momento, se pensaba entonces, era delicado para la Corona. Además de la cacería en Bostwana, los problemas de salud del jefe del Estado y la irrupción en primer plano de su amante, jugaban a favor del movimiento el hundimiento en las encuestas de la confianza en la institución, las elecciones europeas celebradas en mayo de aquel 2014 preludiaban el final del bipartidismo y estaba en marcha un proceso de renovación en el PSOE cuyo desenlace era un albur.

Ocho años después, la situación es objetivamente peor. Sí, el 'caso Nóos', con Iñaki Urdangarin en el medio, era un quebradero de cabeza, pero eran cosquillas frente a la que se organizó una vez que trascendió la fortuna oculta y los negocios ilícitos de Juan Carlos de Borbón.

Una de las razones que pesó en la balanza de la renuncia fue la necesidad de un cambio generacional que actuara de revulsivo para garantizar las continuidad de la monarquía parlamentaria. La situación, sin embargo, no ha mejorado. El 'tsunami' Juan Carlos ha barrido los intentos de acuerdo, lentos y tímidos, a ojos de los expertos, para modernizar la institución.

El amplio criterio negativo de la población no parece haber cambiado, aunque es una apreciación empírica porque los sondeos del CIS no abordan el asunto. El único que se hizo con Felipe VI al frente de la Casa Real data de abril de 2015 y, si bien constata una ligera mejoría, suspende en la confianza ciudadana. Y eso que el estudio se realizó antes de que emergieran con toda su potencia las actividades financieras del exjefe del Estado, las investigaciones judiciales y su expatriación a Abu Dabi.

Pero un efecto colateral de la crisis ha sido el resquebrajamiento de la unidad de acción de los dos grandes partidos para afrontar la situación. PSOE y PP han sido durante décadas los bastiones de la Casa Real. El propio Juan Carlos de Borbón decía durante sus años de reinado que sin el apoyo socialista y su decidida defensa de la monarquía parlamentaria, la Corona no hubiera tenido la estabilidad de la que gozó durante décadas.

Transversalidad necesaria

El escenario, empero, se ha convertido en motivo de enfrentamiento entre el PSOE y los populares. No por la viabilidad de la institución en sí, que el Gobierno de Pedro Sánchez defiende con ardor, sino por la actitud de Juan Carlos de Borbón. El asunto se ha convertido en un nuevo frente de confrontación que divide a derecha e izquierda. Lo que nunca quiso la Zarzuela, que sabe que en la transversalidad está la clave de bóveda de su existencia. La historia es el mejor referente de ello. Cuantas veces en los siglos XIX y XX la derecha patrimonializó su defensa el desenlace fue republicano.

La irrupción de fuerzas como Podemos, con su cerrado rechazo a la monarquía parlamentaria, secundado por unas fuerzas independentistas en auge, han reabierto un debate cerrado en la Transición. PP, Vox y Ciudadanos son adalides del rey emérito, contraponen los méritos del pasado a sus «supuestos comportamientos irregulares». Identifican la Corona con la Constitución y la unidad nacional. La izquierda republicana, en cambio, considera imposible disociar la conducta impune del ex jefe del Estado de la institución. El resultado es que la monarquía se ha situado en medio del debate político, el lugar que nunca quiso ocupar,

EL PSOE se ve atrapado entre dos fuegos. No puede ignorar los casos de corrupción del emérito, su militancia mucho más republicana que sus dirigentes no lo permitiría, pero tampoco puede hacer tabla rasa de décadas de apoyo a la institución. Una opción que partiría el país en dos y pondría en el disparadero toda la estabilidad del sistema nacido en 1978. Por eso distingue entre el comportamiento «poco ejemplar» de Juan Carlos de Borbón y la conducta «ejemplar» de Felipe VI.

Ocho años después de la abdicación se ha demostrado que aquella operación no ha dado por ahora el resultado buscado.