Vigilancia. Un agente francés monta guardia frente a la entrada de la sala de espectáculos Bataclan mientras ésta permanece cerrada a raíz de los atentados de hace seis años. / EFE

Regreso al infierno del Bataclan

El Tribunal de París se abre al dolor de los supervivientes de los ataques de noviembre de 2015 durante la fase más dura del juicio por aquellos atentados

BEATRIZ JUEZ Corresponsal. París

Más de un mes después de arrancar el juicio por los atentados del 13 de noviembre de 2015, los supervivientes explican en el Tribunal de París cómo vivieron los ataques, sus heridas físicas y psíquicas, los amigos y familiares que perdieron en la matanza, las operaciones quirúrgicas a las que se sometieron, las secuelas y los altibajos en su recuperación. Este diario ha asistido a una de las sesiones de este juicio, donde las emociones están a flor de piel. Escuchar los testimonios no es fácil.

Esa noche murieron 130 personas y 350 resultaron heridas en una serie de ataques yihadistas coordinados en París y en Saint-Denis, a las afueras de la capital francesa. Los atentados fueron reivindicados por el grupo terrorista Estado Islámico. La matanza y la toma de rehenes en la sala de conciertos Bataclan ensombreció, por el gran número de víctimas, lo ocurrido en las inmediaciones del Estadio de Francia en Saint Denis, donde se disputaba un partido de fútbol amistoso entre Francia y Alemania, y en las terrazas de varios cafés y restaurantes de París, escenarios de otros tiroteos.

En el Bataclan tocaba la banda estadounidense Eagles of Death Metal. La cerveza corría. La gente bailaba, cantaba y se divertía. Había muy buen ambiente, según recuerdan varios testigos en un momento del juicio. De repente, tres terroristas yihadistas entraron en la sala y sembraron el horror con sus kalashnikovs al grito de 'Allahu akbar' (Alá es el más grande). «Francia no tiene nada que hacer en Siria. El primero que se mueva, le mato», dijo uno de ellos, según declara Irmine, superviviente de la matanza.

«Estaba en una sala de conciertos y lo que veía era una fosa común», recuerda un testigo

Las primeras balas salieron de sus cargadores a las 21.40, cuando el grupo tocaba la canción 'Kiss the Devil' (Besa al diablo). La música paró de repente. Disparos. Gritos. Muerte. El caos se apoderó de la sala. El Bataclan se transformó en una gran morgue. Murieron 90 personas esa noche en el local.

Con lágrimas en los ojos y voces entrecortadas varios supervivientes cuentan, con mayor o menor dificultad, lo que vivieron aquella noche en la mítica sala de conciertos parisina. Algunos detalles hielan la sangre. El juez que preside el tribunal pide a la prensa que no publique los apellidos de las víctimas. Los 14 acusados presentes en la sala -otros seis están huidos de la Justicia- parece que siguen con atención las declaraciones de los testigos. Uno se pregunta qué pasa por sus cabezas al oír los testimonios. Las mascarillas, obligatorias en el tribunal por la pandemia de covid-19, esconden sus emociones. Difícil saberlo.

Irmine, que perdió un amigo en la matanza, se gira en el estrado y se dirige directamente a los acusados. «Me pregunto qué es lo que pasó en casa de los asesinos que están ahí para que dispararan contra inocentes. Si pasó algo en su niñez. Porque la gente contra la que dispararon era gente real». Irmine, que resultó herida por las balas que le rozaron el pecho, asegura que tiene «cicatrices en la piel, el corazón y el alma». Nadie parece inmutarse en el banquillo de los acusados con su testimonio ni con el de otras víctimas.

Jean-Marc, otro superviviente de 40 años de edad, fue al concierto con cinco amigos. Cuenta que vio cómo los terroristas disparaban contra el público y a la gente caer muerta o herida a su alrededor bajo las balas. No podía escapar ni protegerse. Se hizo «el muerto hasta el final del ataque».

«Nos sentíamos totalmente impotentes. De cara al suelo. No sabíamos qué hacer. Nos preguntábamos si nos tocaría o no la próxima bala. Aliviados de no ser el siguiente objetivo, sabiendo que era en detrimento de otra persona. Fue inhumano», explica Jean-Marc emocionado.

Olor a pólvora y sangre

Thibault, por su parte, estaba convencido de que esa noche iban a morir en el Bataclan. Él y su esposa, Anne-Laure, lograron sobrevivir gracias a que se escondieron con más personas en el falso techo de los servicios. «Instinto animal. Disparaban contra nosotros como a conejos», cuenta Anne-Laure.

Varias víctimas recuerdan el olor de pólvora y sangre fresca que impregnó la sala de conciertos, los gritos de los heridos, la agonía de los que estaban a punto de morir, los cadáveres apilados y el sonido de los móviles de las víctimas, a las que sus familiares y amigos llamaban incesantemente sin obtener respuesta y sin saber si estaban vivos o muertos.

«Era absurdo. Estaba en una sala de conciertos y lo que veía ante mis ojos era una fosa común», describe Pierre-Sylvain, al que una bala le perforó la cara, pero logró salvar milagrosamente el ojo. Lo que vivió esa noche en el Bataclan, junto a su compañera Hélène, fue un «infierno», «un espectáculo indescriptible», según sus propias palabras. «Estábamos a la merced (de los terroristas). Ejecutaban a la gente en el suelo», explica Pierre-Sylvain, quien tras el atentado evita los lugares concurridos y no utiliza el transporte público.

Voluntarios asisten a los heridos en plena calle. / AFP

«Somos víctimas de guerra, aunque no estamos en el frente»

Las cicatrices de algunos de los supervivientes son visibles, como las de Gäelle, con el rostro aún deformado por las balas, pese a las múltiples operaciones a las que se ha sometido en estos seis años. Tras lograr sobrevivir al ataque, esta parisina se dio cuenta que era «una víctima de guerra entre (las plazas de la) Bastilla y Republique. Sin embargo, no estuve en el frente, sino en una sala de conciertos», cuenta Gäelle.

Otras cicatrices, las de aquellos que salieron físicamente ilesos de los ataques, son invisibles, pero igualmente dolorosas. Tras los atentados, las víctimas y sus familiares recibieron ayuda médica, psicológica o psiquiátrica. Muchos sufrieron pesadillas y trastorno por estrés postraumático (TEPT). Algunos se sienten culpables por estar aún vivos. Muchos todavía no lo han superado.

Para Pierre-Sylvain, el juicio es «el principio para seguir adelante». Considera que permitirá crear «un relato colectivo en un espacio sacralizado» y, a todas las víctimas, hablar a lo largo de los nueve meses que durará el proceso, de modo que «la carga sea mejor compartida».