Protesta musulmana con rezos en una calle de París

Hijos de Francia, enemigos de la República

El polvorín galo Macron busca actuar en barrios desfavorecidos con fuerte presencia musulmana y controlar sus mezquitas, de donde en los últimos años han salido decenas de terroristas yihadistas galos. Visitamos la Cité de Rougemont, en Sevran, uno de los suburbios conflictivos cercanos a París

PAULA ROSAS

El local que ocupaba la mezquita es ahora un solar salpicado de basura y mala hierba. Enfrente, los comercios han echado la persiana o han sido tapiados. Está la autoescuela Chez Omar, y la pequeña tienda de alimentación general que vendía «productos exóticos». Aún puede verse la oferta de 'una pizza comprada=una gratis' de Pata Pizza, cuyos muros están cubiertos de grafitis. Desde una de las paredes, Clint Eastwood frunce el ceño bajo el sombrero y apunta con su pistola.

Entre las torres de la Cité de Rougemont, al noreste de París, solo la farmacia sigue abierta. Imran recuerda la pequeña mezquita Tawhid (monoteísmo), a la que algunos en el barrio conocían como la 'mezquita de Daesh'. Al menos quince jóvenes se radicalizaron en ella y partieron a Siria. Solo regresaron cinco. «La gente en el barrio hablaba, no se fiaba demasiado», explica desde detrás del mostrador mientras despacha un larga lista de medicamentos a un vecino mayor. «Pero los chavales que venían no eran del barrio», intenta aclarar.

Uno de ellos era Quentin Roy. A principios de enero de 2016 sus padres, Véronique y Thierry, recibieron un mensaje que cambió sus vidas para siempre. Quentin, de 23 años, había muerto como 'mártir' en Irak, en un atentado suicida. Desde su adolescencia feliz, como chaval amante del fútbol, que tocaba el piano y que soñaba con convertirse algún día en entrenador, a su conversión al islam y posterior radicalización, pasó poco más de un año. La mezquita Tawhid se cruzó en su camino. También en el de otros infelices como Samba, Iliès, Sassim o Mehdi, que cayeron seducidos por la propaganda yihadista.

El fenómeno de la radicalización, que centró la atención mediática francesa con los atentados de 2015, tiene múltiples raíces y está lejos de ser un asunto del pasado. «Que haya menos señalamientos no significa que se produzcan menos radicalizaciones. Al contrario. Están ahí y lo peligroso es que no siempre las vemos», explica a este diario la antropóloga jurídica Zohra Harrach. Las crisis sanitaria, advierte, ha exacerbado además los riesgos, «ya que ha revelado la fragilidad de ciertos territorios, un terreno que puede convertirse en caldo de cultivo para el radicalismo ya que, cuando algunas personas pierden el sentimiento de pertenencia, de tener una existencia social y política, pueden caer en manos criminales».

La radicalización sigue siendo un objeto desconocido. Surge como una reacción, casi nunca como una acción, y Harrach la define como una ecuación que relaciona una dimensión individual con otra colectiva. La vulnerabilidad social, la edad -especialmente la adolescencia-, pero también los traumas o la acumulación de traumas a lo largo de generaciones pueden ser factores que propicien ese salto, advierte la actual directora del Área de acompañamiento judicial y educativo de la 'Sauvegarde de Seine Saint-Denis', la primera asociación de protección de la infancia en este departamento de la región capitalina.

Rehabilitación de jóvenes

Harrach ha pilotado durante cuatro años en el departamento uno de los principales proyectos franceses para rehabilitar a jóvenes que han caído en las garras de la mentalidad terrorista. Jóvenes que venían de Sevran, donde se encuentra Rougemont, o de Trappes, desde donde partieron 80 chavales hacia los territorios del 'Califato', ese infierno en la tierra que los reclutadores les vendían como lugar mitológico. La mitad de la población de este municipio a 25 kilómetros al suroeste de la capital tiene menos de 25 años, la tasa de paro supera el 20% -la nacional estaba en torno al 8% antes de la crisis del coronavirus- y los adeptos al salafismo, una de las ramas más rigoristas del islam, son cada vez más numerosos y visibles.

Bourtzwiller, en la ciudad alsaciana de Mulhouse, es otro de esos barrios. Vecindarios donde el repliegue del Estado ha favorecido un avance del islam político más extremista. Emmanuel Macron lo utilizó el pasado mes de febrero como trampolín para lanzar desde allí su plan de lucha contra el «separatismo islamista». Una campaña que busca actuar en barriadas desfavorecidas con iniciativas educativas y deportivas, pero también con un mayor control de las mezquitas y los colegios musulmanes para combatir a aquellos «que en nombre de la religión quieren separarse de la República y dejar de cumplir sus leyes», dijo el presidente entonces.

El lenguaje usado por Macron no es banal. Desde 2018, un dispositivo designa «barrios de reconquista republicana», territorios donde la delincuencia y el tráfico de drogas campa a sus anchas, y que son terreno abonado para la radicalización. Por el momento, 47 vecindarios en todo el país han recibido esta calificación, que les otorga un mayor despliegue policial. Entre 10 y 35 agentes de proximidad que no salen del barrio, que conocen mejor sus problemas y que llegan a ganarse la confianza de los vecinos.

La terminología, advierte sin embargo Zohra Harrach, encierra sus peligros: «Solo se reconquistan territorios perdidos o enemigos. ¿Quiénes son entonces los habitantes de esos barrios? ¿Hijos de la República o enemigos de Francia? Hay que tener mucho cuidado con el discurso de las autoridades políticas, porque las consecuencias pueden ser desastrosas».

Distritos enteros de Trappes y de Sevran forman parte de esos «barrios de reconquista». Algunos, como Bourtzwiller son objeto de una especial vigilancia por el avance del islamismo radical y lo que en Francia denominan «repliegue identitario».

Nadia Remadna conoce bien a qué se refiere esa definición. De origen argelino, separada, esta mediadora escolar reconvertida en activista ha criado sola a cuatro hijos en la 'banlieu' parisina de Sevran. Alarmada porque un día descubrió a su hijo con un compañero rompiendo las fotos de un álbum familiar en el que las mujeres mostraban los brazos o piernas desnudas, Remadna decidió actuar. Lo relata en un libro, 'Cómo salvé a mis hijos', con un antetítulo que define bien la angustia de muchas familias en barrios como el suyo: «Antes temíamos que nuestros hijos cayeran en la delincuencia. Ahora tenemos miedo de que se conviertan en terroristas».

Cámara oculta

En 2016, Remadna alcanzó cierta notoriedad en Francia con un vídeo grabado con cámara oculta en el que desvelaba lo que para muchas mujeres de las 'banlieus', esos barrios periféricos, no es ninguna sorpresa: hay cafés donde no son bien recibidas. «Es mejor que espere fuera, señora, aquí solo hay hombres», le espeta en el vídeo un parroquiano al entrar a uno de esos establecimientos vetados a las mujeres, y le recuerda que «estamos en Sevran, no es París». Cuando ella le replica que Sevran está en Francia, el vecino contesta que «aquí hay una mentalidad diferente, es como en el pueblo», en referencia a la Argelia originaria de ambos.

El 'comunitarismo', ese repliegue identitario, es la bestia negra de la muy laica Francia, un país que, en palabras de Macron, no puede aceptar «que se rechace dar la mano a una mujer por ser mujer», que se emitan «certificados de virginidad para casarse» o que se desescolarice a niños «por razones religiosas». Dentro de ese nuevo plan para luchar contra el repliegue, el Estado quiere saber qué pasa y qué se predica en las mezquitas y en las escuelas musulmanas, y cómo se financian. Para ello, Francia dejara progresivamente de acoger a imanes enviados por otros países, como Argelia y Turquía, para favorecer la formación de los suyos propios.

Solo en el departamento de Seine Saint-Denis, el Ministerio del Interior ha cerrado quince establecimientos «radicalizados» desde 2018, entre ellos escuelas clandestinas, lugares de culto y salas de deporte. En Rougemont, después del cierre de la «mezquita de Daesh» llegaron las máquinas a demoler los resquicios de ese pasado oscuro, del que los vecinos aún desconfían.

Políticas de vivienda

«Este es un barrio de familias trabajadoras, muy tranquilo, lo único que queremos es criar a nuestros hijos en paz», admite Rashida, que charla animadamente con otra madre a la salida del colegio. Al otro lado de la calle, un cartel del ayuntamiento anuncia las obras que deberán realizarse en los próximos meses en el terreno que en su día ocupaba la sala de rezos. Una galería comercial y un lavado de cara que ya ha empezado en algunos bloques de viviendas, para dejar atrás un pasado doloroso.

El urbanismo, advierte Zohra Harrach, no es inocente. «Las políticas públicas de vivienda de las últimas décadas» son culpables de las situaciones de hoy, donde ciertos barrios se han convertido en guetos en los que nadie quiere vivir, «desertados por los servicios públicos, con viviendas sociales insalubres, en los que, como mucho, encuentras una oficina de correos, y a veces ni siquiera eso». Zonas donde se dejó de apostar por la mezcla de distintas categorías socioprofesionales, y de las que acabaron huyendo las clases medias por la falta de servicios.

«Vivimos una época de auténtica descomposición social, en la que las vulnerabilidades sociales son enormes y muchos desarraigados tienen un sentimiento de humillación». Y eso, argumenta Harrach, «es terreno propicio para la radicalización».