l presidente turco, Recep Tayyip Erdogan. / Afp

Erdogan dinamita la reunificación de Chipre

El presidente turco insta a abandonar el diálogo y defiende la creación de un Estado independiente en el norte

GERARDO ELORRIAGA

Resulta muy poco probable que usted haya barajado la posibilidad de disfrutar de su jubilación en el norte de Chipre. Pero, ¿por qué no? Es un lugar pacífico y seguro que ofrece villas y apartamentos abordables económicamente y, sin embargo, lujosos, según relata un vídeo promocional, difundido en la red, que también destaca su precio «inferior al de Mallorca, Ibiza y cualquier otro destino de España». El 'spot' también indica que la adquisición está aprobada por la Comisión de Bienes Inmuebles del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, como si se tratara de otra garantía más que añadir a los excelentes acabados de la vivienda.

Nadie menciona que esta república no posee el reconocimiento internacional. Ahora bien, esa carencia podría repararse. El presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, constante animador de la política internacional, anuncia la intención de apoyar su definitiva independencia y, de esta manera, finalizar medio siglo de infructuosos intentos para reunificar la isla. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, ya ha respondido negando tal posibilidad.

Las tortugas chipriotas y los antiguos habitantes del barrio marítimo de Varosha, en la ciudad de Famagusta, tienen mucho que perder con este apoyo de Ankara al Gobierno turcochipriota. El pulso al mundo ha comenzado con la intención de abrir el paseo marítimo, que permanecía clausurado según los acuerdos firmados entre los Gobiernos del norte y del sur. Las desiertas playas donde los reptiles desovan volverán a acoger turistas y se complica aún más la posibilidad de retorno para aquellos que hace 47 años abandonaron sus casas.

Chipre es el mejor secreto del Mediterráneo Oriental, según la publicidad que las inmobiliarias locales difunden en Reino Unido, su antigua metrópoli. En efecto, la opinión pública desconoce que en los años sesenta accedió a la independencia como el hogar de dos comunidades. Desgraciadamente, las fricciones eran constantes entre la mayoría, cristiana y de cultura griega, y una minoría, musulmana y origen turco, fruto de migraciones.

La 'enosis', la aspiración de unirse a Grecia, luchaba contra la 'taksim', el deseo de crear un Estado turco. El Ejército dio un golpe de Estado en 1974 para forzar la primera. Estambul reaccionó invadiendo Chipre en dos fases aquel verano. La operación Atila se escudó en el Tratado de Garantía, que pretendía preservar la soberanía y la integridad del país. En realidad, el ataque dividió y proporcionó al colectivo el 37% de la superficie insular, el doble de la que controlaban, en el norte y noreste. La ocupación provocó un drama humano. Las fuerzas ocupantes desalojaron a 150.000 grecochipriotas, que constituían el 80% de los habitantes de la zona. Al año siguiente los contendientes firmaron un intercambio de poblaciones y 60.000 musulmanes que residían en el sur cerraron sus viviendas e iniciaron el camino contrario. La limpieza étnica culminaba.

El norte se declaró independiente en 1983, uniéndose a otros Estados 'de facto' que carecen de reconocimiento internacional como Somalilandia o Abjasia. La entidad creada se volvió dependiente de Turquía para sus relaciones comerciales o, incluso, el suministro de agua y electricidad. Atila condicionó el futuro de los turcochipriotas en un sentido completamente diferente al previsto. El aislamiento y la falta de recursos empujaron a muchos a emigrar. En las décadas posteriores, 130.000 abandonaron su tierra en dirección a Europa. Hoy, los expatriados en Gran Bretaña y Turquía superan ampliamente a aquellos que permanecen en su lugar de origen.

La demografía suele ser una perversa herramienta política. El norte de Chipre ha sido objeto de estrategias destinadas a manipular su composición humana. La ingeniería social ha recurrido a la llegada de decenas de miles de colonos de la Anatolia rural, religiosos y conservadores, para contrarrestar el peso de la población nativa, mucho menos maleable y liberal. Los censos realizados hasta la fecha son cuestionados y no hay siquiera certeza sobre su balance y composición. Algunas fuentes aseguran que la población, cada vez más polarizada, se divide al 50% entre oriundos y emigrantes y generaciones posteriores.

Rechazo al plan de Ankara

El recelo perdura, a pesar de que desde 2003 se han abierto pasos entre los dos territorios. Hace una semana, Erdogan visitó Chipre para exponer su plan rupturista. No obtuvo el clamor unánime que esperaba a un plan que sancionaría legalmente una agresión militar. Porque el nacionalismo insular, desplegado en gigantescas banderas y efigies de Ataturk, aparece contrarrestado por un flujo constante de ciudadanos del norte que estudian, trabajan y demandan documentos grecochipriotas para acceder a servicios y viajar por el mundo.

Los pasaportes se han convertido en todo un arma de presión. El régimen griego otorga documentos de identidad a todos aquellos que pueden probar su ascendencia chipriota anterior a 1974, lo que supone un atractivo nada despreciable. Pero hay más. Varios periodistas turcochipriotas fueron encarcelados tras desvelar que su gobierno pretendía repartir 50.000 pasaportes para influir en el padrón electoral y que la orden para hacerlo procedía del continente.

Los números son definitivos en este conflicto. Las últimas conversaciones intergubernamentales, realizadas en 2017, también fracasaron por la demanda de regreso definitivo de los 35.000 soldados turcos que permanecen en la isla. La voluntad de Estambul también se antoja decisiva. El futuro de Chipre, de sus habitantes, incluidas las tortugas, depende, al parecer del orgullo del antiguo imperio, quizás de sus vaivenes nacionalistas o, tal vez, de los intereses de sus dirigentes.