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A Vladímir Putin no le vence ningún desconocido. EFE
¡Sorpresa en Rusia! ¡Putin ha ganado las elecciones!

¡Sorpresa en Rusia! ¡Putin ha ganado las elecciones!

Es curioso que los países autoritarios que tanto critican a las democracias occidentales se vean obligados a organizar teatros para legitimar su autoritarismo

Miércoles, 20 de marzo 2024, 10:08

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El presidente del Consejo Europeo, Charles Michel, fue el primer dirigente en felicitar a Vladímir Putin «por su contundente victoria en las elecciones». No en vano, publicó su irónico tuit incluso antes de que se celebrasen los comicios del pasado fin de semana. Y no se equivocó. Con un 87% de los votos y una participación de récord, Putin se asegura un quinto mandato de seis años con el mayor apoyo desde la caída de la Unión Soviética. Si lo termina, será el mandatario que más tiempo ha estado al frente del país en los dos últimos siglos, más incluso que Josef Stalin.

Sobre el papel, Rusia es un país sin fisuras, unido en torno a la figura de Putin. Da igual que invada Ucrania, porque los rusos están convencidos de que ese país pretendía atacar Moscú; o que lance un órdago tras otro a Occidente, lo cual se traduce en sanciones económicas que, como siempre, afectan a los más vulnerables. Da igual que arremeta contra el colectivo LGTBI, porque la propaganda ha logrado hacer creer que es una peligrosa plaga; o que envíe a todo el que se le opone con la mínima posibilidad de éxito al exilio, la cárcel o la tumba. La poloniocracia de Putin «hace al país más fuerte». O eso creen.

Por eso, hoy nos acercamos a la necesidad que las dictaduras tienen de montar un enorme teatro para hacerse pasar por democracias, aunque no engañen a nadie. Estos son los temas que trataremos:

  • El teatro democrático que los dictadores desdeñan.

  • Ilegalizar partidos, la estrategia perfecta.

  • Haití se desmorona (de nuevo).

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  1. Más Putin que Stalin

    El teatro democrático que los dictadores desdeñan

En Rusia, como en China, Corea del Norte o Cuba, los dirigentes desdeñan el sistema democrático liberal. Y, sin duda, muchas de las críticas que le hacen son legítimas: que los ciudadanos votan a la opción menos mala, que los dirigentes incumplen compulsivamente sus promesas, que el ámbito empresarial es el poder fáctico en la sombra, y un largo etcétera. El problema es que en los regímenes autoritaroios a menudo se reduce la democracia al hecho de depositar una papeleta en la urna. Lo curioso es que luego, para justificar su régimen, muchos instalan urnas como elemento central de un gran teatro destinado a legitimarlo.

Putin, sorprendido de su victoria.
Putin, sorprendido de su victoria. AFP

Nadie con dos dedos de frente puede tomarse en serio las elecciones rusas. Pero también es falso que Putin no cuenta con un importante respaldo de la población rusa. Porque a menudo obviamos el impacto que tiene en la forma de pensar de la ciudadanía un régimen autoritario que la bombardea constatemente, y desde siempre en este caso, con información y opinión convenientemente sesgada y/o manipulada. Desarrollar un pensamiento diferente supone un esfuerzo titánico.

A pesar de eso, se han producido actos de rebeldía que, en esta coyuntura, rozan el heroísmo: gente que ha introducido tinta en la urna, o que ha tratado de pegarle fuego al colegio electoral, con más bien poco éxito. También ha habido muchos que, siguiendo las directrices del difunto Alexey Navalny, fueron a votar al mediodía, en masa, algo que el Gobierno ya había advertido de que podría considerar eso manifestaciones ilegales.

La democracia no es solo votar.
La democracia no es solo votar. AFP

Saben que la democracia no es solo votar. La democracia es contar con un Estado de Derecho en el que el poder judicial sea independiente y pueda castigar incluso al Gobierno. Con una prensa libre que se comprometa con la verdad. Con un poder económico que esté supeditado al político, y no al revés. Con un sistema educativo que impulse el pensamiento crítico y una sociedad que acepte la diversidad de ideologías y opiniones. Y, lógicamente, que la clase política sirva a los intereses de la ciudadanía.

Muchos pensarán, «pues entonces en España no vivimos en una democracia». Todo no es blanco o negro: la realidad es una paleta de grises, un degradado de imperfecciones que se deben tratar de ir corrigiendo. Y Rusia aparece en la zona más oscura de ese espectro. Desafortunadamente, no es la única: los diferentes índices que tratan de clasificar la calidad democrática del mundo coinciden en señalar que se está dando una regresión generalizada en este ámbito. Y que, posiblemente, este año se dé un importante paso atrás, ya que unos 2.000 millones de personas votarán en un centenar de elecciones por todo el planeta, y a ellas concurren muchos autoritarios de diferente grado también.

Medidas de seguridad durante las elecciones en Moscú.
Medidas de seguridad durante las elecciones en Moscú. AFP

El populismo y el autoritarismo están en auge, y eso debería preocuparnos más que las dictaduras autocráticas. Esas pueden caer por cualquier razón. Igual Putin se contamina con su propio polonio, o alguien le abre una de esas peligrosísimas ventanas por las que tantos se caen en Rusia. Pero incluso sin Putin, Rusia tardará mucho en ser una democracia gris claro. Porque, como sucede en China, el gran problema es la falta de una alternativa en territorios sin ninguna tradición democrática. No hay partidos asentados con bases y estructuras sólidas, ni instituciones acostumbradas a lidiar fuera de la corrupción. Es lo que vemos en Ucrania.

En el mundo occidental, sin embargo, la degradación de la democracia es mucho más difícil de revertir. Porque es un proceso paulatino que va elevando la temperatura del agua de ese pozo en el que está tan pancha la rana. Hasta que se cuece, claro. Ahora que comienzan a sonar de nuevo tambores de guerra en Europa, y que se acercan las elecciones de la UE, convendría reflexionar al respecto.

  1. Política tailandesa (y no solo)

    Ilegalizar partidos, la estrategia perfecta

Sin duda, la ilegalización de partidos políticos es uno de los elementos que más se repiten en los países que dan pasos atrás en su implementación de la democracia. Es la forma suave de acabar con competidores o ideologías que resultan peligrosas para el poder establecido. Lo hemos visto en nuestro país, y continúa sucediendo fuera. En Tailandia, por ejemplo.

El Move Forward Party combatirá su disolución.
El Move Forward Party combatirá su disolución. AFP

El Move Forward Party (Partido Caminar Hacia Delante) ganó las elecciones generales que el país asiático celebró el año pasado con el objetivo de dar carpetazo al enésimo golpe de Estado de los militares. Es un Podemos tailandés, un partido joven, progresista, que arremete contra instituciones tan establecidas como la monarquía. Ha cavado su tumba tratando de modificar el artículo 112 del código penal, el que establece condenas por lesa majestad a quienes insultan a la corona. El pasado mes de enero, un hombre fue sentenciado a 50 años de prisión por sus comentarios contra el actual sátrapa -porque lo es- en Facebook.

El Tribunal Constitucional -un grupo de casposos, seamos sinceros- determinó que esa intención violaba la Carta Magna, y ahora la Comisión Electoral sostiene que el partido busca destruir la monarquía constitucional tailandesa y, por ello, ha solicitado al Constitucional que lo disuelva. Aunque el partido ha anunciado que se defenderá, porque no tiene «ninguna intención de acabar con la monarquía», todo apunta a que esa petición se consumará.

El elegante señor de la izquierda es el rey de Tailandia.
El elegante señor de la izquierda es el rey de Tailandia.

Así se demostrará que el MPF tenía razón cuando criticaba el artículo 112 por ser «una herramienta para arremeter contra la oposición». De hecho, será la segunda vez que se ilegalice un partido en poco tiempo, porque en 2020 ya sucedió con su predecesor, Future Forward, cuyos líderes también fueron inhabilitados. Es lo mismo que hace Putin, pero con suavizante.

  1. Un país en ruinas

    Haití se desmorona (de nuevo)

Y luego el mundo está salpicado de estados fallidos en los que no gobierna nadie, como Haití. Lleva desde el terremoto de 2010 en ruinas, y la situación empeora. Sin líderes políticos en su territorio (el dimitido primer ministro Ariel Henry está en Puerto Rico porque ni siquiera logró aterrizar en su país y el presidente fue asesinado en su casa en 2021) y con bandas armadas en control de calles en las que los saqueos de todo tipo de edificios, públicos y privados, es continuo, rige el 'sálvese quien pueda'. Y lo que está claro es quienes no pueden salvarse: la mayoría de los once millones de habitantes, a quienes amenazan el hambre y la enfermedad.

El día a día en Haití EFE/AFP
Imagen principal - El día a día en Haití
Imagen secundaria 1 - El día a día en Haití
Imagen secundaria 2 - El día a día en Haití

Arrancará ahora, si la violencia lo permite, un período de transición en el que se creará un consejo presidencial temporal que, aparentemente con la intervención de terceros países, tratará de devolver la paz a Haití. Sinceramente, hay pocas posibilidades de que prospere. Y son situaciones como esta las que legitiman giros autoritarios como el que Najib Bukele ha protagonizado en El Salvador, donde prefieren encerrar y matar a los delincuentes -y a algún que otro inocente que se ha convertido en daño colateral- antes de que las mafias se hagan con el control total del país.

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