El presidente de EE UU, Joe Biden, sigue desde la Casa Blanca la cumbre climática de líderes. / AFP

EE UU reducirá sus emisiones durante esta década

Países amigos y enemigos acudieron a la Cumbre Climática de Líderes que organizó virtualmente el presidente Biden

MERCEDES GALLEGO

La palabra clave de la cumbre era «Together» (Juntos). Joe Biden no podía llegar a sus primeros cien días en el Gobierno sin cumplir la promesa de lanzar alguna iniciativa valiente para combatir el cambio climático. Pero como las medidas a tomar son controvertidas, era mejor esperar al Día de la Tierra y rodearse de la comunidad internacional.

Bajo su tutela, Estados Unidos quiere recuperar el liderazgo que ha perdido con Donald Trump, quien retiró a la aún principal potencia mundial de los acuerdos de París negociados por Obama, e incluso George W. Bush, que le sacó del Protocolo de Kyoto. Biden se ha sentado al volante con John Kerry de copiloto, artífice de los acuerdos de Paris, y ha puesto a su país por delante con un compromiso audaz: reducir las emisiones de carbono un 50% o 52% con respecto a los valores de 2005 a lo largo de esta década, para limitar el calentamiento global de la Tierra a un máximo de 1.5 grados centígrados por encima de los niveles preindustriales. «Si lo hacemos respiraremos mejor, literalmente y figurativamente», prometió.

La Casa Blanca estima que eso le dará autoridad moral para forzar la mano de otros países contaminantes en la cumbre de Glasgow de noviembre, cuando se espera la eclosión de estas buenas intenciones. La meta es ambiciosa pero no imposible. Supone casi el doble de lo que se marcó Barack Obama para el año 2025, mermada por la contracción de la era Trump.

Aún así, el año pasado las emisiones de carbono bajaron un 21% gracias a la pausa de la pandemia, pero este año se espera que la actividad contaminante vuelva a niveles parecidos a los de 2019, cuando las emisiones de EE UU eran un 13% menos que las de 2005. De hecho, su vecino canadiense sólo se comprometió este jueves a reducirlas un máximo del 40% o 45% para esta misma década. «Hay poco tiempo, pero estoy convencido de que podemos hacerlo y creo que lo haremos», prometió el mandatario estadounidense.

Pero en las 29 páginas que ha enviado a la ONU anunciando su compromiso no dice cómo lo logrará. Solo que hay «múltiples avenidas», cualquiera de las cuales desatará la ira de sus críticos y hasta de sus bases. Los unos, convencidos de que forzar una transición de las energías fósiles a las renovables torpedeará la recuperación económica cuando más se necesita. Los otros, escépticos ante la autenticidad de su compromiso.

Los ecologistas exigen más audacia

De entre los muchos activistas que se han concentrado estos dos días en Washington para protestar en el marco de la cumbre virtual destacaban los del grupo Extinction Rebellion, que empujaron hasta la Casa Blanca carretillas llenas de excrementos de vaca al grito de «Bullshit!» (¡mentiras!, literalmente «mierda de toro»). Los ecologistas creen que el objetivo tiene que ser mucho más audaz y reclaman emisiones cero para el 2025, dentro de apenas tres años y medio.

Las mujeres de Code Pink añaden que, si de verdad hay intención de reducir las emisiones, habría que empezar por el Pentágono, ya que «lo más sucio es la guerra». A las fuerzas armadas estadounidenses le atribuyen más contaminación que a las de 140 países juntos, según el consumo de combustible del Pentágono y de todas las compañías subcontratadas que contribuyen a la maquinaria militar, para qué hablar de la desforestación del Amazonas a la que contribuyen con sus inversiones empresas como BlackRock.

El Gobierno de Biden también se compara con la comunidad internacional, pero a la hora de aunar fuerzas contra el cambio climático no discrimina, porque «ninguna nación puede resolver esta crisis por su cuenta». Allí estaban, de forma virtual, los aliados tradicionales como el canadiense Justin Trudeau, la canciller alemana Angela Merkel, el británico Boris Johnson y el francés Emmanuel Macron, pero también los líderes de las potencias con las que se enseña los dientes, desde Xi Jinping a Vladimir Putin. El chino, el mayor contaminante del mundo, hablaba de la madre naturaleza y ponía la meta todavía más alta al apuntar a la neutralidad de carbono. El ruso subía la apuesta y proponía absorber todos los gases que se han emitido ya a la atmósfera.

Sorprendía que mientras su Ministerio de Asuntos Exteriores conminaba al embajador estadounidense John Sullivan a marcharse a consultas, previo intercambio de expulsiones diplomáticas, Putin estuviera dispuesto a bailar al ritmo de Biden. «En esto estamos todos de acuerdo«, puntualizó al respecto el secretario de estado estadounidense Anthony Blinken, que compartía la mesa redonda de la Tierra instalada en el salón del Este para esta cumbre virtual, junto al presidente y el zar para el clima John Kerry.

Por el peso de las energías fósiles en su economía, Rusia se juega más que nadie, así que Putin prefiere formar parte de las decisiones y perfilar la narrativa. Tanto de cara a la oposición interna como a la comunidad internacional, su intención era «dejar claro que Rusia está genuinamente interesada en galvanizar a la comunidad internacional en este y otros retos globales».

Su propia agenda

Biden respeta la agenda de todos, porque sabe que «esta es la década decisiva» y porque él también tiene su propia agenda. Donde unos ven árboles, él ve «puestos de trabajo», admitió. Los que proporcionará el plan de infraestructura de dos billones de dólares que intenta venderle al Congreso. «Dentro de nuestra respuesta al cambio climático descansa un extraordinario motor de creación de empleo y oportunidades económicas, listo para ser encendido».

Su antiguo jefe, Barack Obama, también lo pensaba, pero a pesar de haber obtenido 830.000 millones de dólares para neutralizar los efectos de la crisis de 2009 y estimular la economía, el tren bala que iba a conectar San Francisco con Los Angeles o Miami con Orlando sigue sin pasar por ninguna estación. Empresas como Fisker, que iba a construir coches eléctricos con 528.7 millones de dólares en préstamos estatales, o Solyndra, que recibió 535 millones para fabricar paneles solares, acabaron declarándose en bancarrota.

Obama 2.0 no es una versión muy distinta de la anterior, al menos en cuanto al discurso de Biden, que lideró personalmente algunas de esas inversiones estatales. «Veo una fila de trabajadores poniendo miles y miles de líneas de transmisión de una red de energía limpia, moderna y resistente», soñaba este jueves al abrir la cumbre. «Veo trabajadores taponando cientos de miles de pozos de petróleo y de gas abandonados que tienen que limpiarse. Veo obreros de automoción construyendo la próxima generación de vehículos eléctricos y electricistas instalando medio millón de estaciones de carga en las autopistas (.)«.

En este caso, soñar sí cuesta dinero, pero como dijo, «no tenemos otra opción. Hay que hacerlo».