El líder de la principal banda armada de Haití, Jimmy Cherizier, alias 'Barbecue', vestido de militar y armado, camina por una calle de Puerto Príncipe. / EFE

Las pandillas secuestran Haití

El rapto de 17 misioneros es una metáfora del control y la violencia que ejercen las bandas ante el vacío de poder en el país

GERARDO ELORRIAGA

Haití es un fragmento de África en mitad del Caribe. El origen de sus habitantes, los indicadores socioeconómicos, más propios de aquel continente que del corazón de América, y la inseguridad, comparable a la que sufre la República Centroafricana, la convierten en un pedazo desafortunado de la región subsahariana. Hasta hace poco, los medios parecían ajenos a su turbulencia. El mundo tan sólo supo de las dimensiones del crimen organizado en la isla cuando diecisiete misioneros norteamericanos fueron secuestrados el pasado 16 de octubre. Pero, cuatro meses antes, 10.000 habitantes de la capital, Puerto Príncipe, habían huido de sus casas ante el fragor de los combates entre bandas por el control de los barrios.

La violencia es consustancial a la historia de este país surgido de la insurrección de su población esclava, aquella que penaba en las plantaciones de azúcar bajo dominio de los terratenientes galos. La Revolución Francesa prendió una llama que dio lugar a la libertad, pero también a una elite de naturaleza corrupta y cruel que ha protagonizado una historia sumamente convulsa.

El país nació en 1803 y su primer dirigente, Jean Jacques Dessalines, se proclamó emperador y ejecutó a 5.000 'blancs', los últimos europeos que permanecían en el país. La antigua metrópoli bloqueó el comercio con la colonia, exigió indemnizaciones e hipotecó su futuro. Las grandes haciendas se repartieron en minúsculas parcelas de subsistencia. La miseria enraizó; la inestabilidad, también. Los golpes de Estado se han sucedido durante dos siglos.

LA CLAVE:

  • Un amplio poder. Las mafias forman una Administración paralelay proporcionan servicios que el Estado no ofrece

Haití también es un remedo de la Colombia más oscura, la de los años de plomo. Hay una violencia a cara descubierta y otra soterrada de raíz política. El país disimula una dictadura camuflada a través de un Ejecutivo que gobierna por decreto, con el Parlamento ausente y un sistema judicial inoperante. Sobre el último presidente, Juvenel Moïse, recaían sospechas de complicidad con bandas armadas y aún no hay ninguna sospecha sobre quienes decidieron su asesinato el pasado 7 de julio.

La impunidad es una espiral que tampoco se detiene. No hay indicios de los ejecutores de Monferrier Dorval, presidente del Colegio de Abogados abatido en agosto de 2020. Este experto en Derecho Constitucional era un firme partidario de la restitución del Estado y preconizaba el rearme ético. Un año después, el periodista Diego Charles falleció tiroteado cuando abría la puerta de su casa. La dirigente opositora Antoinette Duclair, que lo había acompañado, fue asesinada en su propio coche. Nadie sabe quién manda matar. Tan sólo se sospecha que las bandas ejecutan esas órdenes.

Haití es, asimismo, un alumno aplicado de El Salvador. Algunos de sus partidos se hallan asociados a grupos paramilitares, verdaderos escuadrones de la muerte empeñados en aplicar el terror para sojuzgar a la población. Los 'tonton macoutes' fueron los precedentes de las actuales bandas. Sus gafas espejadas los dotaban de un aire amenazador que incrementaban con sus largos machetes. François Duvalier, 'Papa Doc', utilizó su poder y la imaginería vudú, ligada a la idiosincrasia nativa, durante su implacable dictadura en los años sesenta.

Los antiguos sicarios fueron el germen de las actuales bandas. Se habla de 150 organizaciones activas repartidas por todo el territorio, pero con especial relevancia en la capital, donde dominan los 'bidonvilles', los suburbios más miserables. El control de las principales rutas entre el norte y el sur, y de los accesos a puertos y aeropuertos, les proporcionan grandes recursos. Su influencia llega a todos los planos de la vida económica y algunos cálculos estiman que el 35% del país se halla bajo su dominio directo.

Extorsión y venta de droga

Estas mafias actúan como una Administración paralela proporcionando servicios públicos que el Estado no ofrece y practicando la extorsión, la venta de drogas o el secuestro como otras formas de financiación. Su ambición les otorga visibilidad. El G9 es una alianza de pandillas de Puerto Príncipe con un año de vigencia. Su coordinador, Jimmy Chérizier, alias 'Barbecue', se ha convertido en uno de los hombres fuertes, aunque tiene que bregar con disputas territoriales internas.

Este antiguo policía está considerado cercano al fallecido Moïse, circunstancia que incrementa la sospecha en torno al íntimo vínculo entre la autoridad y el crimen organizado en un país que prácticamente carece de fuerzas armadas de relevancia. Pero hay más. Los 400 Kawozo, banda secuestradora de los misioneros, es una de las facciones más violentas y también existen los Fantom 209, antiguos policías.

Haití es un país de pesadilla, un Estado fallido como el somalí. La pobreza y la violencia han hecho emigrar a una quinta parte de la población. La ruina del Palacio Presidencial se ha convertido en una metáfora de su desestructuración. La residencia fue destruida por una rebelión en 1869 y antes objetivo de un atentado que mató a Cincinnatus Leconte, su inquilino, en 1812. En los sesenta quedó transformada en una mansión fastuosa gracias al buen gusto de la familia Duvalier, espléndida con las arcas públicas. El terremoto de 2010 provocó su desplome y el del frágil sistema social de la ex colonia francesa. Ninguno de los dos se ha recuperado.

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